Reflexión necesaria
Es probable que muchos vean todo lo acaecido desde el punto de vista de que sólo se trató de una protesta violenta, que fue organizada con anterioridad por un sindicato. Pero, muy por el contrario, lo sucedido es el reflejo de la gran frustración y sentimiento de impotencia que tiene una gran parte de la familia panameña que, día tras día, ve con desesperación cómo sus escasos ingresos no alcanzan a cubrir las más elementales necesidades de su familia. Es el reflejo de la frustración de un pueblo que ve cómo aquí hay enormes privilegios para los mismos de siempre; y que a la clase media y baja se le sigue exprimiendo más y más con nuevos impuestos, nuevas cuotas del Seguro Social y la constante alza de la canasta básica familiar.
Resulta tan doloroso saber que en Panamá los funcionarios se han acostumbrado a darle largas a los problemas para luego correr a encontrar las soluciones cuando la población se cansa y toma medidas drásticas como el cierre de calles, que termina perjudicando a terceros.
Pero quizás es todavía más doloroso el hecho de que ante sucesos tan graves como los que se han vivido, el país pareciera no contar con un capitán que sepa tomar las decisiones rápidas y efectivas con tal de lograr que la paz social siga imperando en nuestro Panamá.
Pareciera que cada vez que el país vive una situación difícil, el Sr. Presidente busca refugio inspeccionando escuelas, o peor aún, saliendo del país, para esconder su falta de experiencia y su indolencia ante los hechos que afectan a los más humildes.
Cómo poder aceptar que ante hechos tan graves como el asesinato de un humilde trabajador en las afueras de una institución hospitalaria, las autoridades encargadas de velar por la seguridad de los ciudadanos salgan a tratar de justificar lo injustificable.
No podemos quedarnos callados cuando el país entero vio en televisión cómo un ciudadano que protestaba, y que estaba en el suelo, fue pateado como en los mejores tiempos de la dictadura por agentes de la Policía Nacional. Esos hechos no deben ser tolerados en un país que se llame democrático, y los funcionarios que apadrinan este tipo de comportamiento demuestran que la camisa les queda grande cuando se trata de dirigir entidades que deberían velar por el respeto a los derechos humanos de todos los que vivimos en este suelo patrio.
Urge un gran diálogo nacional entre todos los sectores que componen la sociedad panameña, para lograr un equilibrio.
La deuda social es enorme y no podemos seguir hablando de un gran crecimiento de nuestra economía cuando los sectores más humildes no alcanzan a disfrutar en lo absoluto de la gran bonanza que muchos hacen alarde.
Todos queremos ver un país próspero, queremos ver un gran desarrollo de obras de infraestructura que eleven el nivel de vida de todos y no de unos pocos; queremos y exigimos que de una vez por todas se encuentre una solución a la pesadilla del transporte que sufren miles de panameños todos los días; queremos y exigimos que los gobernantes ejerzan ese mandato que les da el pueblo panameño en las urnas, pero no en función de los intereses de los copartidarios, sino de todos y sobre todo aquellos que menos tienen y que más necesitan.
Pretender ignorar el hecho de que si no hacemos los correctivos necesarios a la brevedad posible como sociedad, estamos sentados en un barril de pólvora que en cualquier momento podría estallar es pecar de ingenuos.
A todos los que aspiran a ser gobernantes o a seguir siéndolo, no sigan defraudando al pueblo para no tener que lamentarnos en un futuro de que surja en Panamá otro Hugo Chávez porque la paciencia de los panameños parece estar terminándose.