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Reflexiones de Noviembre


Cada año, las celebraciones patrióticas de noviembre nos convocan para exteriorizar nuestro orgullo, nuestra alegría de vivir en un territorio que los panameños y las panameñas compartimos bajo el despliegue de una sola bandera, gozando del reconocimiento universal como nacionales de un país libre y soberano. También nos convocan a una necesaria introspección, en la cual prestemos un oído más alerta a las voces de quienes nos precedieron y a los rumbos que deben seguir quienes nos sucederán. El presente de los individuos y de las sociedades se desarrolla en un cuerpo social que se alimenta de lo que hemos recibido de nuestros antepasados y de lo que debemos transmitir a las nuevas generaciones.
Los panameños tenemos la suerte de contar con una tradición de síntesis que nos viene de nuestra misión de puente, de enlace, de comunicación. Esa capacidad de síntesis nos ayuda para intentar enlazar las tres etapas del tiempo. Para que esas tres etapas -pasado, presente y futuro- estén bien enlazadas en la conciencia colectiva, es preciso evitar graves fracturas en nuestro presente y evitar que el desatino o el azar se apoderen de nuestro destino.
Hay un tono grave en los pronósticos que formulan quienes tienen la capacidad de mirar mejor y más lejos. Pero nadie debe hacer de la catástrofe un signo de su existencia. Toda sociedad está obligada a vivir en un permanente rescate de la esperanza y esa esperanza debe fundamentarse en una voluntad férrea de esforzarse, de intentar, de atreverse a hacer lo que más conviene para la supervivencia y el desarrollo sano, fecundo y optimista.
En estos días hay diálogos nacionales que se llevan a cabo paralelamente, entre otros, sobre la educación, sobre el Seguro Social, sobre el transporte, sobre el futuro del canal, sobre la crisis económica, etc., etc. Todos estos temas son discutidos y tratados con miras a un consenso nacional sobre las mejores decisiones posibles. El consenso, aunque conlleve imperfecciones, deberá tener la fuerza, la virtud de constituir un equilibrio entre los intereses contrapuestos y no debe prestarse para malentendidos que con el correr de los días reclamen la reconsideración o la paralización de las decisiones y el retroceso en las acciones.
En medio de la actualidad del diálogo, todos los días se ve o se escucha a doctos o a ignorantes de la economía, a profesionales o aficionados de la política, que repiten casi mecánicamente que la crisis económica panameña no es sino una repercusión de la crisis mundial, que la corrupción panameña es soportable comparada con la de otros países, que los problemas sociales panameños son menores y menos graves que en otras latitudes.
En mi opinión, hay engaños en estas afirmaciones. Panamá no es ni una isla ni una excepción providencial de lo bueno o de lo malo que ocurre en el mundo. Pero tenemos la obligación moral de reconocer, de identificar y de intentar remediar lo que hay de intrínseco, de propio, de netamente panameño, en los males que nos afectan. La tendencia a diluir nuestros problemas en los problemas mundiales es una cara falsa de la moneda que se completa con la tendencia a reclamar aplausos y reconocimiento por logros conseguidos con derroche de recursos y señalados déficits de habilidades, o por realizaciones que tienen de antecedentes esfuerzos ajenos.
Lo que intento señalar es que la excepcionalidad, la especificidad de los problemas panameños no son un capricho de la mente rigurosa y que no deben ser tratados con fatalismo, ni con negligencia, ni con ineficiencia, ni marcados por la deshonestidad.
Los panameños debemos tener conciencia y actuar sobre la base de que en muchas cosas, para muchos problemas, tenemos que contar, antes que nada, con nosotros mismos.
Siempre he sentido que es por intermedio de la rima o de la trova que los panameños nos reconocemos mejor como tales. Uno de los contenidos espirituales de nuestro ser nacional es que tiene raíces en nuestra capacidad de vibrar al unísono por un verso, por una canción, por una saloma. Los panameños sólo soportamos el lenguaje abstracto cuando está envuelto en un verso, en una décima o en un son.
Nos contraría que la vida tenga tanto contenido prosaico de aderezo. Creo que ha llegado el momento de que le pongamos a nuestros problemas y a nuestros males una carga positiva del temperamento que nos caracteriza. Ha llegado el momento de ponerle el factor panameño a las tareas que debemos cumplir si queremos escapar de los peligros, de las posibilidades de vivir una vida sin cualidades, sin equilibrios básicos, sin armonías.
Como lo he dicho en otras ocasiones, lo cierto es que quizá ninguna otra nación se haya visto tan confrontada con factores y circunstancias que, contradictoriamente, contribuyeron a conformarla y a definirla al mismo tiempo que a someterla a pruebas severas para su subsistencia y conservación. Nadie mejor que ese ilustre e insuperable Patricio, Justo Arosemena, ha sabido desentrañar el rejuego de situaciones y fuerzas que dieron origen a la nacionalidad panameña al propio tiempo que concitábanse para hacerla desaparecer.
Ello explica, sin duda, el sentimiento nacional panameño que, contra una tesis inválida, no fue tardío en su germinación y en dar noticias de sí mismo. Coetáneamente con las demás provincias del imperio español en América, no pudo cuajar políticamente hasta el momento en que la revolución emancipadora hispano-americana, vencedora en la América Meridional debilitó el poder militar en el Istmo.
Es cierto también, como bien sabemos, que las condiciones históricas y políticas en que se produjo nuestra primera declaración de independencia, no tardaron en ser rechazadas, dando origen a los movimientos nacionalistas, que, propugnando por el Estado auténticamente panameño, confirmaron nuestra idoneidad y nuestra identidad no menos de cinco veces durante el siglo XIX, y que culminó con nuestro establecimiento como República soberana e independiente el 3 de Noviembre de 1903.
Toda esa historia contradictoria y controvertida, contribuyó a confirmar la presencia del ser panameño y a fortalecer la conciencia de nosotros mismos, que explica también el milagro de que sometidos a presión, materialmente incontrastable de poder extraño, el sentimiento nacional panameño lejos de debilitarse y desfallecer, se fortaleció y decantó en una dura lucha reivindicadora, sellada con la sangre de los mártires de enero de 1964, hasta lograr el establecimiento de las condiciones para la definitiva consolidación nacional en la etapa histórica que estamos viviendo, cuando los Tratados Torrijos-Carter hicieron florecer a la nueva República que perfeccionó su independencia el 31 de diciembre de 1999.
Panamá es el producto de lo que ha sido, de lo que ha llegado a ser y de lo que quiere ser. Pero esta ecuación nacional sólo cobra realidad a través de los esfuerzos, inquietudes y esperanzas de los hombres y mujeres que constituimos la sociedad nacional y que, con nuestros trabajos, podemos imprimirle determinado devenir.

101 años de Panamá América

 
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