Reflexiones para sobrevivir la decadencia
LOS TREMENDOS acontecimientos que iniciaron este siglo han destruido en un abrir y cerrar de ojos las estructuras que hace apenas una década se creía durarían hasta el fin de la historia. Un puñado de fanáticos violentos reveló hasta qué punto eran vulnerables las instituciones de los países occidentales más poderosos. Los mismos que aún se reservan el derecho a vetar la voluntad del planeta por haber vencido a Hitler y a sus aliados cuando el circunstancial autor de estas líneas, recién nacía.
La implosión de la ex URSS ha sido el punto de inflexión. Pero la mecha se encendió en el mayo francés, cuando las ideas de Nietzsche -hasta entonces disfrutadas en el ambiente cerrado de la academia- pasaron a tener estado público. El nihilismo que con las manos de Zaratustra asesinaba a Dios, le daba las riendas del cielo al superhombre. Fue el producto de una mentalidad que, como la de hoy, transitaba por el minado campo de la genialidad y la locura. El superhombre irracional, por contrapartida, terminó con los soberbios efluvios de la razón ilustrada. Eros y Tanatos habían triunfado en la primavera de Francia y nadie se dio por enterado.
Dice Toynbee que las civilizaciones perecen cuando la moral de las costumbres se disipa al mismo tiempo que sus creencias y su fe. Las veintiuna que han perecido de la misma forma, parecen demostrarlo. La Ilustración, triunfante hasta los albores del siglo XX, había puesto en jaque perpetuo a la religión judeocristiana. La ideología sustituyó a la religión y el materialismo dialéctico a Dios. Poco después, la Ciencia le gana la pulseada a la Filosofía y a Marx. El psicoanálisis comienza su dictadura reduccionista y toda la mitología conocida hasta entonces explica la función de las tres esferas de la mente humana. La física descubre que masa y energía son intercambiables. El átomo, que la intuición de la Grecia antigua había imaginado con asombrosa fidelidad, fue desnudado por la física hasta en sus elementos más íntimos. Hiroshima y Nagasaki han sido evidencias irrefutables de su poder. El superhombre arrebató a Dios la omnipotencia de crear y de matar. El mundo conocido y el universo por conocer están, desde entonces y hasta hoy, en sus manos. Cuando nadie cree ya en el perdón de los pecados. Ni en los pecados.
Seríamos injustos e imprecisos si no reconociéramos que el Principio de Incertidumbre de la Física ha dado fundamento científico al relativismo filosófico que hoy, consciente o inconscientemente, gobierna al Occidente. Si la posición y la velocidad de una partícula dependen, instantáneamente, una de otra, se hace imposible determinar su posición exacta.
La verdad científica -como la filosófica- no puede, pues, ser absoluta sino relativa e incierta. Esta verdad incierta y dependiente de una probabilidad matemática entre lo verdadero y lo falso, ha reducido las expectativas de la eternidad, del infinito, del cielo y del infierno a la categoría especulativa de la literatura fantástica. Así, la explicación metafísica sobre la razón y el fin de la existencia, ha sido provocada por el profundo e inextricable instinto universal del temor a lo desconocido, verdadera causa de lo sagrado y -contrario a como se ha pretendido por veinte siglos- ajena a una revelación externa, construida alrededor de una narrativa que induce la creencia fundamental a la religión que da origen.
Ser o no ser ya no es, pues, la pregunta fundamental. Hoy sabemos que debido a aquel Principio de Heissenberg: somos y no somos al mismo tiempo. Que el Universo tiene principio y fin ha reducido las esperanzas de la humanidad a vivir la inmediatez del presente. Las cosas del pasado resultan tan insignificantes como el futuro que desconocemos. La decadencia está, pues, en que el hombre occidental no ha sabido, a través de sus instituciones religiosas y laicas, hallar o descubrir nuevos valores perdurables en un mundo por demás cambiante y renovado a la velocidad de la información instantánea. La ética se limita entonces a prescribir normas puntuales para la supervivencia y el bienestar material de la humanidad pero se halla filosóficamente imposibilitada de plantear respuestas consistentes hacia el futuro mediato. El resultado no puede ser otro que la repetición del pasado.
El retorno de los brujos y de las corrientes esotéricas ordena rescatar a ese dios secuestrado por las instituciones tradicionales que administran el monopolio de la fe. El dinero admite que en Dios confiamos, pero en realidad es el dinero el que nos gobierna y somete. Las ideas quizás no hayan muerto, pero se las ha relegado a la caverna de Platón. La sociedad decadente es gobernada por mediocres -cuando no por bribones- que por el don de su tontera y su venalidad son escogidos por una mayoría amorfa y abúlica sometida a su vez a una minoría opulenta y vana.
Estados Unidos de América ha sido la última potencia universal de Occidente. Hoy -en el siglo XXI- nace otra y por primera vez en los tiempos modernos, será el Oriente el que tenga la responsabilidad inédita de encausarnos por rumbos distintos. Tal vez repitamos la historia, tal vez volvamos a la Edad Media y tengamos que obedecer al señor feudal y postrarnos ante nuevos dioses, o quizá se encienda la luz que permita reconocernos como hijos distintos de una misma familia humana, donde la idea sagrada dependerá de la potencia psíquica que se tenga para concluir que la maldad, como la bondad, viven en relativa proporción con, en y de nosotros. Cultivar el espíritu en la templanza es el único don para sobrevivir con menos angustia la decadencia de estos tiempos.
(drjcal@psi.net.pa)
La implosión de la ex URSS ha sido el punto de inflexión. Pero la mecha se encendió en el mayo francés, cuando las ideas de Nietzsche -hasta entonces disfrutadas en el ambiente cerrado de la academia- pasaron a tener estado público. El nihilismo que con las manos de Zaratustra asesinaba a Dios, le daba las riendas del cielo al superhombre. Fue el producto de una mentalidad que, como la de hoy, transitaba por el minado campo de la genialidad y la locura. El superhombre irracional, por contrapartida, terminó con los soberbios efluvios de la razón ilustrada. Eros y Tanatos habían triunfado en la primavera de Francia y nadie se dio por enterado.
Dice Toynbee que las civilizaciones perecen cuando la moral de las costumbres se disipa al mismo tiempo que sus creencias y su fe. Las veintiuna que han perecido de la misma forma, parecen demostrarlo. La Ilustración, triunfante hasta los albores del siglo XX, había puesto en jaque perpetuo a la religión judeocristiana. La ideología sustituyó a la religión y el materialismo dialéctico a Dios. Poco después, la Ciencia le gana la pulseada a la Filosofía y a Marx. El psicoanálisis comienza su dictadura reduccionista y toda la mitología conocida hasta entonces explica la función de las tres esferas de la mente humana. La física descubre que masa y energía son intercambiables. El átomo, que la intuición de la Grecia antigua había imaginado con asombrosa fidelidad, fue desnudado por la física hasta en sus elementos más íntimos. Hiroshima y Nagasaki han sido evidencias irrefutables de su poder. El superhombre arrebató a Dios la omnipotencia de crear y de matar. El mundo conocido y el universo por conocer están, desde entonces y hasta hoy, en sus manos. Cuando nadie cree ya en el perdón de los pecados. Ni en los pecados.
Seríamos injustos e imprecisos si no reconociéramos que el Principio de Incertidumbre de la Física ha dado fundamento científico al relativismo filosófico que hoy, consciente o inconscientemente, gobierna al Occidente. Si la posición y la velocidad de una partícula dependen, instantáneamente, una de otra, se hace imposible determinar su posición exacta.
La verdad científica -como la filosófica- no puede, pues, ser absoluta sino relativa e incierta. Esta verdad incierta y dependiente de una probabilidad matemática entre lo verdadero y lo falso, ha reducido las expectativas de la eternidad, del infinito, del cielo y del infierno a la categoría especulativa de la literatura fantástica. Así, la explicación metafísica sobre la razón y el fin de la existencia, ha sido provocada por el profundo e inextricable instinto universal del temor a lo desconocido, verdadera causa de lo sagrado y -contrario a como se ha pretendido por veinte siglos- ajena a una revelación externa, construida alrededor de una narrativa que induce la creencia fundamental a la religión que da origen.
Ser o no ser ya no es, pues, la pregunta fundamental. Hoy sabemos que debido a aquel Principio de Heissenberg: somos y no somos al mismo tiempo. Que el Universo tiene principio y fin ha reducido las esperanzas de la humanidad a vivir la inmediatez del presente. Las cosas del pasado resultan tan insignificantes como el futuro que desconocemos. La decadencia está, pues, en que el hombre occidental no ha sabido, a través de sus instituciones religiosas y laicas, hallar o descubrir nuevos valores perdurables en un mundo por demás cambiante y renovado a la velocidad de la información instantánea. La ética se limita entonces a prescribir normas puntuales para la supervivencia y el bienestar material de la humanidad pero se halla filosóficamente imposibilitada de plantear respuestas consistentes hacia el futuro mediato. El resultado no puede ser otro que la repetición del pasado.
El retorno de los brujos y de las corrientes esotéricas ordena rescatar a ese dios secuestrado por las instituciones tradicionales que administran el monopolio de la fe. El dinero admite que en Dios confiamos, pero en realidad es el dinero el que nos gobierna y somete. Las ideas quizás no hayan muerto, pero se las ha relegado a la caverna de Platón. La sociedad decadente es gobernada por mediocres -cuando no por bribones- que por el don de su tontera y su venalidad son escogidos por una mayoría amorfa y abúlica sometida a su vez a una minoría opulenta y vana.
Estados Unidos de América ha sido la última potencia universal de Occidente. Hoy -en el siglo XXI- nace otra y por primera vez en los tiempos modernos, será el Oriente el que tenga la responsabilidad inédita de encausarnos por rumbos distintos. Tal vez repitamos la historia, tal vez volvamos a la Edad Media y tengamos que obedecer al señor feudal y postrarnos ante nuevos dioses, o quizá se encienda la luz que permita reconocernos como hijos distintos de una misma familia humana, donde la idea sagrada dependerá de la potencia psíquica que se tenga para concluir que la maldad, como la bondad, viven en relativa proporción con, en y de nosotros. Cultivar el espíritu en la templanza es el único don para sobrevivir con menos angustia la decadencia de estos tiempos.
(drjcal@psi.net.pa)