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Reflexiones políticas


La Presidencia emana del pueblo o de los grandes, según la fortuna favorezca a uno u otro sector; porque si los grandes no se hallan en estado de resistir al pueblo, se inclinan ante él y le aceptan su presidente, para mejor satisfacer con su elección sus pasiones.
El pueblo, por su parte, al ver que no puede enfrentar a los grandes, cede su autoridad a uno solo, al Presidente, para ser por él representado y defendido.
El que llega a la Presidencia por el favor de los grandes tropieza para conservarla con más dificultades que quien la obtiene por el favor del pueblo, porque el primero tiene en torno suyo muchos que se creen sus iguales y a los cuales no puede gobernar de acuerdo a los intereses nacionales. Pero aquel a quien el pueblo eleva a la Presidencia, manda solo y encuentra pocas personas que no quieran obedecerle, tal vez ninguna.
Además, no se puede contentar siempre a los grandes y sí al pueblo, que es más razonable; aquellos solamente desean sacar provecho; éste solo pretende el progreso y bienestar.
El Presidente nunca puede asegurarse contra un pueblo enemigo, por tener que enfrentarse con muchos, mientras que a los grandes, por ser pocos, los domina.
Todo el mal que un presidente puede temer de un pueblo que ni le respeta ni le quiere, es verse abandonado por él; en cambio, algo más hay que temer de los grandes si se tornan enemigos, pues pueden alzarse contra éste a través de algún adversario o caudillo, tanto más cuanto que, para cuidar sus intereses, siempre se ponen a salvo y procuran captarse el favor del vencedor.
Para el Presidente es una necesidad vivir siempre con el mismo pueblo; pero no con los mismos grandes, a quienes puede elevar o descender según sea el interés nacional; colmarlos de honores o hacerles caer en desgracia.
Conviene examinar los dos aspectos bajo los cuales ha de considerar el Presidente a los grandes.
Los que le son realmente leales y se adhieren al destino que corra el Presidente y su gestión presidencial, deben ser colmados de honores y muy apreciados, siempre que no sean bribones ni rapaces.
Los que no quieren seguir dicho destino y lo hacen por cobardía o por ambición. Si es por cobardía, debe servirse de ellos si son excelentes consejeros, porque así se honra al Presidente en la prosperidad y nada ha de temer de ellos en la desgracia. Pero si es por ambición, debe suponer que miran más por ellos que por él y su gobierno, y debe desconfiar de ellos tanto como si fueran sus enemigos declarados, porque si cae en la adversidad, siempre ayudarán a hundirlo.
Así, pues, el que llega a Presidente con el apoyo del pueblo, tiene que procurar conservar siempre su cariño y serle leal, ya que el pueblo desea el progreso y el bienestar, pide ser oído y no ser oprimido. "Lealtad con lealtad se paga.."
El Presidente que tenga el valor y cierta destreza para enrumbar a la nación en las vías del verdadero progreso y del bienestar, y que lejos de dejarse abatir por la desgracia, sabe mantener el orden en el país, tanto por su firmeza como por sabias disposiciones, nunca se arrepentirá de haber confiado en el pueblo. "Vox Populi, Vox Dei".
(arquinde@cableonda.net)

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