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Reforma sanitaria y responsabilidad poblacional


La polémica sanitaria ha de proseguir, porque la población no permitirá que transcurra otro quinquenio sin que se tomen medidas. Para que la población encauce sus demandas es preciso orientarla en los temas que son el centro de la reforma: la rectoría, la gestión y la atención.

De la Rectoría es conocido que se ha diluido por la pretensión de trasladar responsabilidades de la esfera pública hacia ámbitos privados. En este escrito no la abordaremos.

La Gestión tiene que ver con los mecanismos gerenciales de acopio de insumos, su procesamiento con los otros recursos para producir resultados. Sabemos que los déficits en este sentido se magnifican por la renuencia a defender el presupuesto estatal contra la codicia de los proveedores y el despilfarro de los prestadores de servicios.

En ese sentido, resulta asombroso escuchar -todavía- razonamientos sobre la crisis del sistema que ponen el énfasis en la falta de financiamiento. Un razonamiento tal manipula una verdad inconclusa: Toda vez que las necesidades siempre serán superiores a las provisiones, en todos los ordenes de la actividad humana, demostrar eso en salud es abatir molinos cual gigantes. Si nos empeñamos en decir que son gigantes, siempre tendremos la razón. Pero, ¿es un peldaño lo mismo que una escalera, o sólo el inicio de la misma? En la ciencia de planificación, la reforma de los procesos será necesaria para que los presupuestos incrementados alcancen de verdad, sino todo será en vano.

Por lo anterior, la reforma de la Atención tiene prioridad, porque da paso a las capacidades sociales de ejercer contraloría.

¿Qué cosa exactamente debe ser reformada en nuestro sistema de atención? Nuestro actual sistema de salud está basado en la asignación de responsabilidades según funciones. Estas se cumplen parcial e insuficientemente. Los eslabones de la cadena de funcionamiento no son solidarios entre sí: lo que haga un profesional en una instalación de cualquier nivel, sólo le importa a él y al usuario, pero no repercute en la práctica profesional de un especialista que vea al paciente en cualquier otro nivel. En verdad lo que le importa a cada uno de los profesionales es el cumplimiento de las funciones que le fueron asignadas. El paciente, en lugar de ser el eje integrador de una práctica común, solamente es objeto de trabajo de cada funcionario en su respectiva área o  nivel.

Un sistema sanitario basado en la asignación de responsabilidades poblacionales opera en otro sentido: Los pacientes son parte de un núcleo territorial cuya salud colectiva es asignada a un equipo de primer nivel, éste se apoyará en especialistas de segundo nivel, y éstos en otros de tercer nivel. Se forma una cadena de responsabilidades compartidas entre todos. Al tercer nivel le importará que los equipos de base controlen bien su población y, viceversa, a la base le interesará que los especialistas atiendan rápidamente sus referencias, para que su propio desempeño sea correctamente evaluado.

Todo esto se puede hacer con gradualidad, pero con firmeza. No obstante, los críticos difieren acerca de si es pertinente hacerlo con los presentes condicionamientos neoliberales del Estado. Quienes dudan sostienen que una organización sanitaria correcta sólo es posible en un Estado Social. Al sostener esto, afirman que de una escalera únicamente es importante el último peldaño y no el primero. La vida les corregirá.

101 años de Panamá América

 
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