Relación interfamiliar
Son muchísimos los años transcurridos desde que se instituyó legalmente el divorcio en Panamá. Y más antigua aún es la infidelidad de los hombres más que la de mujeres, con la irresponsabilidad de tener hijos fuera del matrimonio. Creo que más de atrás viene el hecho de que las mujeres soporten esa infidelidad y muchas lo vean como algo normal. Pero, hoy quiero enfatizar más en los divorcios y la relación interfamiliar que debe formarse a raíz de esta situación.
Cada vez que una pareja que se casa con tanta ilusión, se divorcia, son los hijos los que más sufren la separación de los padres. Que se va el padre de la casa, que es el que generalmente lo hace, que si ese padre quiere quitarle los hijos a la madre, que si la pareja no se lleva bien y la relación con los hijos es a través de jueces de menores, que si ambas parte o una de ella se casa nuevamente y tiene nuevos hijos, que si el padre o la madre se divorcian nuevamente, contrayendo matrimonio por tercera vez. En fin, no terminaríamos de describir la gran variedad de situaciones que se presentan desde que la pareja decide divorciarse. Claro que una de las partes, que generalmente es la mujer, sigue enamorada del ex marido y se queda sola para el resto de la vida, o lo hace por cualquier otra causa y prefiere no casarse nuevamente, por lo cual se convierte, en gran cantidad de veces en madre cabeza de familia porque los hombres no cumplen con sus obligaciones de padres.
Pero, con los divorcios, quienes más sufren son los hijos que se desambientan en su hogar, que viven sin la presencia del padre y con una madre que trabaja para mantener con dignidad esa casa, que se levantan sin una familia completa, que ven al padre cada X tiempo, porque así lo estipula el acuerdo entra las partes, léase los padres porque los niños no tienen arte ni parte en las decisiones.
Sin embargo, lo peor no es eso sino una mala relación entre los padres que afecta más aún a los hijos. Generalmente las mujeres no quieren hablarle a los hombres y se comunican con ellos a través de terceros; muchas veces no están satisfechas con la ayuda que le proporciona el hombre porque realmente no puede hacer más y su status de vida cambia económicamente con la separación. Luego el hombre se casa nuevamente y la mujer también, con el advenimiento de nuevos hijos que vienen a ser hermanos entre sí, pero depende de la relación de los adultos para que así mismo sea la de los niños.
Pienso que estas situaciones irremediables tienen que tomarse con madurez de ambas partes para que la relación interfamiliar sea lo más agradable posible. Los niños no deben ser partícipes de las peleas entre los padres ni ninguno de los dos debe inculcarles equivocadamente, inclinación hacia uno u otro; mucho menos odio o rencor hacia el padre; tampoco debe hacerlo hacia la nueva esposa o los nuevos hijos que llevan la sangre de uno de sus progenitores y, por lo tanto, son sus hermanos o hermanas. La presencia de una nueva mujer debe ser vista como natural por la primera, al igual que la presencia de nuevos hijos.
Entre mejor se lleven entre sí los divorciados, menos trauma causan a los hijos que ya de por sí deben vivir sin la presencia, generalmente del padre. No hay nada mejor que esa buena relación. No quiero decir que deban ser íntimas amigas, pero, cuando un amor se termina en una pareja, lo más normal es que traten de rehacer su vida. La mayor parte de las veces, esos nuevos personajes no tienen nada que ver con el divorcio. ¿Cuál es, entonces, el rencor hacia la nueva parte?
Repito, la madurez de los adultos ayuda a una mejor formación emocional de los hijos del primero y el segundo matrimonio. Somos los adultos quienes tenemos que fomentar la buena relación, la comprensión y el cariño entre esos hermanos que, queramos o no, lo son. No comprendo por qué no existe armonía entre las parejas y los hijos. No comprendo ni el odio ni el rencor que lo traspasan a los hijos hasta llegar a odiar a los padres por influencia negativa de las madres. Cuando esa mujer concibió esos hijos, lo hizo de un hombre que, gústenos o no, es el padre. Cuando se presente esta situación, llevémosla con madurez, con sensatez y pensando en el bienestar de los niños y de los mismos adultos que buscan vivir lo más en paz posible.
Cada vez que una pareja que se casa con tanta ilusión, se divorcia, son los hijos los que más sufren la separación de los padres. Que se va el padre de la casa, que es el que generalmente lo hace, que si ese padre quiere quitarle los hijos a la madre, que si la pareja no se lleva bien y la relación con los hijos es a través de jueces de menores, que si ambas parte o una de ella se casa nuevamente y tiene nuevos hijos, que si el padre o la madre se divorcian nuevamente, contrayendo matrimonio por tercera vez. En fin, no terminaríamos de describir la gran variedad de situaciones que se presentan desde que la pareja decide divorciarse. Claro que una de las partes, que generalmente es la mujer, sigue enamorada del ex marido y se queda sola para el resto de la vida, o lo hace por cualquier otra causa y prefiere no casarse nuevamente, por lo cual se convierte, en gran cantidad de veces en madre cabeza de familia porque los hombres no cumplen con sus obligaciones de padres.
Pero, con los divorcios, quienes más sufren son los hijos que se desambientan en su hogar, que viven sin la presencia del padre y con una madre que trabaja para mantener con dignidad esa casa, que se levantan sin una familia completa, que ven al padre cada X tiempo, porque así lo estipula el acuerdo entra las partes, léase los padres porque los niños no tienen arte ni parte en las decisiones.
Sin embargo, lo peor no es eso sino una mala relación entre los padres que afecta más aún a los hijos. Generalmente las mujeres no quieren hablarle a los hombres y se comunican con ellos a través de terceros; muchas veces no están satisfechas con la ayuda que le proporciona el hombre porque realmente no puede hacer más y su status de vida cambia económicamente con la separación. Luego el hombre se casa nuevamente y la mujer también, con el advenimiento de nuevos hijos que vienen a ser hermanos entre sí, pero depende de la relación de los adultos para que así mismo sea la de los niños.
Pienso que estas situaciones irremediables tienen que tomarse con madurez de ambas partes para que la relación interfamiliar sea lo más agradable posible. Los niños no deben ser partícipes de las peleas entre los padres ni ninguno de los dos debe inculcarles equivocadamente, inclinación hacia uno u otro; mucho menos odio o rencor hacia el padre; tampoco debe hacerlo hacia la nueva esposa o los nuevos hijos que llevan la sangre de uno de sus progenitores y, por lo tanto, son sus hermanos o hermanas. La presencia de una nueva mujer debe ser vista como natural por la primera, al igual que la presencia de nuevos hijos.
Entre mejor se lleven entre sí los divorciados, menos trauma causan a los hijos que ya de por sí deben vivir sin la presencia, generalmente del padre. No hay nada mejor que esa buena relación. No quiero decir que deban ser íntimas amigas, pero, cuando un amor se termina en una pareja, lo más normal es que traten de rehacer su vida. La mayor parte de las veces, esos nuevos personajes no tienen nada que ver con el divorcio. ¿Cuál es, entonces, el rencor hacia la nueva parte?
Repito, la madurez de los adultos ayuda a una mejor formación emocional de los hijos del primero y el segundo matrimonio. Somos los adultos quienes tenemos que fomentar la buena relación, la comprensión y el cariño entre esos hermanos que, queramos o no, lo son. No comprendo por qué no existe armonía entre las parejas y los hijos. No comprendo ni el odio ni el rencor que lo traspasan a los hijos hasta llegar a odiar a los padres por influencia negativa de las madres. Cuando esa mujer concibió esos hijos, lo hizo de un hombre que, gústenos o no, es el padre. Cuando se presente esta situación, llevémosla con madurez, con sensatez y pensando en el bienestar de los niños y de los mismos adultos que buscan vivir lo más en paz posible.