Relato de un embajador ecuatoriano
En el año de 1976, cuando me encontraba desempeñando las funciones de Director General de Extranjería de Ecuador, fui gratamente sorprendido con la llamada de un empleado subalterno de la Inmigración del Puerto de Guayaquil para solicitar instrucciones respecto al tratamiento que debía otorgársele a un grupo de políticos panameños que acababan de ser entregados en calidad de asilados políticos, a las autoridades de la mencionada dependencia, luego de llegar en un avión procedente de Panamá y quienes se encontraban en precarias condiciones, sin documentos, ropa, dinero, etc., por el inesperado viaje de algunas horas.
Sin sospechar siquiera que quien debía impartir las instrucciones del caso respecto a su destino y el de sus compañeros era quien suscribe la presente, el Dr. Rubén Darío Carles había mencionado mi nombre, quizás recordando que alguna vez durante su gestión ministerial de 1956 me prestó valiosos servicios en mi condición de funcionario de la Embajada y cónsul de mi país.
Para mi buena suerte, pues, me llegó la oportunidad de reciprocar las exquisitas atenciones que me había brindado el caballeroso amigo y ejemplar funcionario. El caso en que se encontraba incluido él y sus distinguidos compañeros de infortunio, correspondía con toda claridad al de asilo territorial y se encontraba bajo mi absoluta competencia, lo cual me permitió dar órdenes inmediatas hasta resolverles el problema total. Tales eran las de que se les extendieran las cortesías a que eran acreedores por sus altas calidades humanas, a fin de que pudieran resolver los problemas inherentes a su situación, porque aunque se encontraban en tierra hermana, o sea en la ciudad de Guayaquil, posiblemente la más unida a Panamá por varios vínculos, especialmente los de la sangre, el extrañamiento forzoso de una persona del lugar donde desenvuelve sus actividades cotidianas constituye uno de los peores castigos y es motivo de indecibles sufrimientos para ella y sus familiares.
Más que otra cosa ofrecí al grupo actuar rápidamente para definir lo antes posible su situación y realizar las gestiones conducentes a la obtención de los respectivos pasaportes panameños a los que tenían derecho.
Todo parecía marchar aceleradamente en pro de los asilados, entre los cuales recuerdo, además al Dr. Carles, al licenciado Guillermo Ford Boyd, hermano de un colega e íntimo amigo, Jimmy Ford; al Lic. Roberto I. Eisenmann, y muchos otros igualmente estimados. El proceso se interrumpió por la negativa de la Embajada de Panamá de conceder los pasaportes que solicitaba para todo el grupo, lo cual no pude vencer pese a las obstinadas representaciones que formulé a mi nombre y en el del canciller ecuatoriano.
Para terminar con esta enojosa situación, no me quedó otro remedio que el de recurrir a la amenaza en el sentido de que si hasta las cinco de la tarde de ese día no recibía la promesa de que se les proveería a los asilados los mencionados documentos de viaje en un plazo razonable, procedería a otorgarles pasaportes de refugiados, (pasaportes azules), a fin de que pudiesen abandonar Ecuador con el destino que a bien tuvieran, o permanecieran en el país por tiempo indefinido bajo las mismas garantías constitucionales acordadas a los nacionales, excepto las políticas. En efecto, no habiéndose cumplido la condición a la hora señalada, procedí a suscribir los mencionados documentos, cuyas fotografías y datos habían sido enviados por expreso por ciudadanos guayaquileños que les prestaban ayuda. En dos horas más los pasaportes se encontraban en manos de sus legítimos portadores.
Los agradecimientos, a los que creo no haber tenido derecho, ya que todo lo que había hecho era cumplir con mi deber de funcionario y de viejo amigo de Panamá, no tardaron en llegar. Viajó a Quito para expresarme a nombre del grupo su reconocimiento, el caballero y primo de Don Guillermo Ford, Terence Ford. A él le manifesté mi satisfacción por haber contribuido a aliviar la penosa situación por la que atravesaban, lo cual no constituía ni un grano de arena de reciprocidad de parte de los ecuatorianos frente al único caso de asilados panameños y los numerosos que han experimentado los ecuatorianos que se acogieron a la generosa hospitalidad tradicionalmente brindada por Panamá.
Las propias ONGs deben hacer un esfuerzo deliberado para un auto análisis institucional, negociar un código de ética de las organizaciones sin fines de lucro y ser vigilantes frente al surgimiento de ONG-Gubernamentales, de ONG-Móviles y de ONG-Lucrativas, entre otras formas que proliferan con el patrocinio gubernamental, de las agencias multilaterales y de las ONG-Transnacionales.
*Especialista en Innovación Institucional.
(julio_guerra@hotmail.com)
Sin sospechar siquiera que quien debía impartir las instrucciones del caso respecto a su destino y el de sus compañeros era quien suscribe la presente, el Dr. Rubén Darío Carles había mencionado mi nombre, quizás recordando que alguna vez durante su gestión ministerial de 1956 me prestó valiosos servicios en mi condición de funcionario de la Embajada y cónsul de mi país.
Para mi buena suerte, pues, me llegó la oportunidad de reciprocar las exquisitas atenciones que me había brindado el caballeroso amigo y ejemplar funcionario. El caso en que se encontraba incluido él y sus distinguidos compañeros de infortunio, correspondía con toda claridad al de asilo territorial y se encontraba bajo mi absoluta competencia, lo cual me permitió dar órdenes inmediatas hasta resolverles el problema total. Tales eran las de que se les extendieran las cortesías a que eran acreedores por sus altas calidades humanas, a fin de que pudieran resolver los problemas inherentes a su situación, porque aunque se encontraban en tierra hermana, o sea en la ciudad de Guayaquil, posiblemente la más unida a Panamá por varios vínculos, especialmente los de la sangre, el extrañamiento forzoso de una persona del lugar donde desenvuelve sus actividades cotidianas constituye uno de los peores castigos y es motivo de indecibles sufrimientos para ella y sus familiares.
Más que otra cosa ofrecí al grupo actuar rápidamente para definir lo antes posible su situación y realizar las gestiones conducentes a la obtención de los respectivos pasaportes panameños a los que tenían derecho.
Todo parecía marchar aceleradamente en pro de los asilados, entre los cuales recuerdo, además al Dr. Carles, al licenciado Guillermo Ford Boyd, hermano de un colega e íntimo amigo, Jimmy Ford; al Lic. Roberto I. Eisenmann, y muchos otros igualmente estimados. El proceso se interrumpió por la negativa de la Embajada de Panamá de conceder los pasaportes que solicitaba para todo el grupo, lo cual no pude vencer pese a las obstinadas representaciones que formulé a mi nombre y en el del canciller ecuatoriano.
Para terminar con esta enojosa situación, no me quedó otro remedio que el de recurrir a la amenaza en el sentido de que si hasta las cinco de la tarde de ese día no recibía la promesa de que se les proveería a los asilados los mencionados documentos de viaje en un plazo razonable, procedería a otorgarles pasaportes de refugiados, (pasaportes azules), a fin de que pudiesen abandonar Ecuador con el destino que a bien tuvieran, o permanecieran en el país por tiempo indefinido bajo las mismas garantías constitucionales acordadas a los nacionales, excepto las políticas. En efecto, no habiéndose cumplido la condición a la hora señalada, procedí a suscribir los mencionados documentos, cuyas fotografías y datos habían sido enviados por expreso por ciudadanos guayaquileños que les prestaban ayuda. En dos horas más los pasaportes se encontraban en manos de sus legítimos portadores.
Los agradecimientos, a los que creo no haber tenido derecho, ya que todo lo que había hecho era cumplir con mi deber de funcionario y de viejo amigo de Panamá, no tardaron en llegar. Viajó a Quito para expresarme a nombre del grupo su reconocimiento, el caballero y primo de Don Guillermo Ford, Terence Ford. A él le manifesté mi satisfacción por haber contribuido a aliviar la penosa situación por la que atravesaban, lo cual no constituía ni un grano de arena de reciprocidad de parte de los ecuatorianos frente al único caso de asilados panameños y los numerosos que han experimentado los ecuatorianos que se acogieron a la generosa hospitalidad tradicionalmente brindada por Panamá.
El dilema entre autonomía o dependencia, tanto en relación con el gobierno y sus programas, como con la empresa privada y sus intereses es parte del quehacer cotidiano de las ONGs. Poseer una estrategia institucional de futuro y la definición y práctica colectiva de sólidos principios y valores, permitirá a las organizaciones discernir entre ser cooptadas o asimiladas por los "donantes" o mantener una actitud crítica e independiente al mismo tiempo que participan en esfuerzos conjuntos de desarrollo.
Las propias ONGs deben hacer un esfuerzo deliberado para un auto análisis institucional, negociar un código de ética de las organizaciones sin fines de lucro y ser vigilantes frente al surgimiento de ONG-Gubernamentales, de ONG-Móviles y de ONG-Lucrativas, entre otras formas que proliferan con el patrocinio gubernamental, de las agencias multilaterales y de las ONG-Transnacionales.
*Especialista en Innovación Institucional.
(julio_guerra@hotmail.com)