Religión y política
Con tenaz contumacia, la Asamblea Nacional insiste en mezclar la religión y la política. Varios siglos de lucha contra una mezcla perniciosa se deshacen por la ignorancia inexcusable de quienes ostentan el poder de legislar.
No comprenden sus impulsores que no importa si se le llama "Mes de la Biblia" o "Mes de las Sagradas Escrituras", el efecto es el mismo; se pretende conjugar a dos astros en una misma órbita y los efectos son previsibles.
La libertad de culto que bendice a Panamá existe, sobre todo, porque aquí no hay una "Religión Oficial", aunque la Constitución Política reconoce a la Católica como la mayoritaria, y porque ha habido una escrupulosa separación entre "lo que es del César y lo que es de Dios".
Aquellos que piensan en la religión como una fuerza moral capaz de corregir los males de la política, no comprenden que esta ley abre la puerta para que el poder público tome control de la religión a través de la Ley y no a la inversa.
La capacidad que poseen las religiones de hacernos mejores personas radica en su fuerza moral, no en su fuerza legal; la única norma jurídica que se requiere es aquella que garantiza la libertad de culto durante los doce meses del año y no la que dedica uno de ellos a conocer los libros sagrados. No comprenden sus impulsores que así como ahora se pasa una ley para establecer un mes para esta actividad religiosa, mañana se podrá pasar otra ley para prohibir que se haga en otros meses, o para reglamentar la forma de vestir de los ministros religiosos o para restringir la oración en los sitios públicos y tantas otras perniciosas iniciativas para "reglamentar" un derecho que no requiere ser reglamentado.
La religión y la política no se deben mezclar; no es bueno para la política ni tampoco para la religión.
No comprenden sus impulsores que no importa si se le llama "Mes de la Biblia" o "Mes de las Sagradas Escrituras", el efecto es el mismo; se pretende conjugar a dos astros en una misma órbita y los efectos son previsibles.
La libertad de culto que bendice a Panamá existe, sobre todo, porque aquí no hay una "Religión Oficial", aunque la Constitución Política reconoce a la Católica como la mayoritaria, y porque ha habido una escrupulosa separación entre "lo que es del César y lo que es de Dios".
Aquellos que piensan en la religión como una fuerza moral capaz de corregir los males de la política, no comprenden que esta ley abre la puerta para que el poder público tome control de la religión a través de la Ley y no a la inversa.
La capacidad que poseen las religiones de hacernos mejores personas radica en su fuerza moral, no en su fuerza legal; la única norma jurídica que se requiere es aquella que garantiza la libertad de culto durante los doce meses del año y no la que dedica uno de ellos a conocer los libros sagrados. No comprenden sus impulsores que así como ahora se pasa una ley para establecer un mes para esta actividad religiosa, mañana se podrá pasar otra ley para prohibir que se haga en otros meses, o para reglamentar la forma de vestir de los ministros religiosos o para restringir la oración en los sitios públicos y tantas otras perniciosas iniciativas para "reglamentar" un derecho que no requiere ser reglamentado.
La religión y la política no se deben mezclar; no es bueno para la política ni tampoco para la religión.