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Remembranzas


Cuando se ha participado en alguna campaña electoral -si el contenido del discurso individual fue serio y sincero- el proceso transforma, radical y permanentemente, la apreciación que se tiene del país y sus moradores. Por tal motivo, y con el propósito de revalidar ese compromiso que me impuse luego que concluyera aquel evento de mayo en 1994, intentaré compartir algunas reflexiones ligadas con tan importante asunto.
Mi primer empeño fue velar por los valores democráticos que habían vuelto a instaurarse en la República de Panamá. El respeto a esa necesaria correlación de fuerzas es pieza clave, tanto para fomentar una política sana y progresista, como para elevar el debate público sobre las cosas que nos competen a todos. Por tal motivo criticar, sin aportar nada a cambio, es ejercicio fútil que merma la credibilidad y ahonda más las diferencias.
Pensé entonces -y lo confirmo hoy- que la mejor postura para llevar a cabo lo antes dicho era aquélla donde imperaran la modestia y la comprensión. La tolerancia -esa segunda aspiración que reconocí aquel domingo distante- tendría siempre que desplazar a la soberbia para que ésta, con esa ceguera estéril que la caracteriza, no pudiera emponzoñar cualquier decisión que se adoptara a favor de las mayorías nacionales.
Mal podremos los panameños contribuir para consolidar nuestro proyecto de país si aquellos hombres y mujeres -que por mandato popular debieran manejar apropiadamente la cosa pública- no se interesan en establecer metas, ya sea para lograr avances a corto plazo, como para identificar esos objetivos que contribuirán al producto final de Nación que todos aspiramos ser.
Si los propósitos son beneficiosos para nuestra gente, seguro habrá riqueza y paz en todo el suelo istmeño. Inversamente, y si no logramos pronto acuerdos para instituir los necesarios fines que demanda cualquier pueblo maduro y soberano, seguiremos dando tumbos hasta que el desorden disminuya nuestras opciones y la mediocridad nos atosigue a todos por igual.
Día a día me convenzo más que no hay mejor apoyo para este esquema impostergable que el culto a la verdad. Desde aquella campaña memorable realicé que, utilizada en su justa dimensión, resulta el arma más poderosa para combatir esas posiciones irracionales y pasiones bajas que aún se palpan dentro del acontecer político criollo.
La verdad que ejecuta debe cooperar con la verdad que legisla, y viceversa. Esa misma verdad debe imperar en la justicia para que juntas todas -simbiosis bella y permanente- se conviertan en pilar monolítico y así consolidar nuestro inconcluso proyecto nacional.
222 Una y otra vez repetimos el ciclo de negaciones sobre tan básicos principios, mientras nos adentramos aceleradamente en los peligros que encierran las aciagas sombras de épocas pasadas.
Hoy, sin embargo, realizo con pesar la ausencia de estos sanos propósitos. Una y otra vez repetimos el ciclo de negaciones sobre tan básicos principios, mientras nos adentramos aceleradamente en los peligros que encierran las aciagas sombras de épocas pasadas.
La prepotencia, el tolerante elogio a la corrupción rampante, la jugarreta soez y demás vicios que consideraba en parte superados por la sociedad en general, han retomado fuerza para promover mezquinos beneficios que no tienen cabida en la realidad socioeconómica y cultural que vive el país entero.
¿Acaso llegaremos a entender que seremos mejores sólo si logramos frenar la descomposición que ha retoñado en nuestra propia casa? ¿Hasta cuándo seguiremos con la enfermiza quimera de que otros pueblos enmendarán los problemas y vacíos que los panameños no hemos logrado subsanar? ¡Por favor!
Es hora ya de realizar que somos los únicos artífices de nuestro destino, y que las bonanzas de tiempos pretéritos -además de otras superiores- se darán sólo cuando adoptemos una genuina cultura democrática que se sustente, tanto en el trabajo que le toca cumplir a cualquier nación que tenga metas e ilusiones propias, como en la tolerancia y honestidad necesarias para llevar a cabo todo lo antes dicho.
(rbermudez@cableonda.net)
Sin embargo, para los voceros de las facultades de medicina particulares, éstas están llenando un vacío que existía en el país, pues vale recordar que previo a su creación, un número importante de jóvenes panameños que no alcanzaban un cupo para estudiar medicina y carreras afines en la Universidad de Panamá se iban al extranjero, lo que representa una gran fuga de divisas para el país.
Staff explicó que en el año de 1992 se realizó un estudio que determinó que anualmente once millones de dólares se escapaban del país, debido al alto número de jóvenes panameños que se iban a otros países a formarse en estas profesiones, no obstante, desconoce cómo ha cambiado esta situación en la actualidad.
Explicó que de no existir las nuevas facultades de medicina, quizás un tercio de los jóvenes que allí se forman, se hubiese ido a México, Costa Rica u otros países, mientras que los restantes no hubiesen podido continuar sus estudios y hubieran visto frustradas sus aspiraciones.

101 años de Panamá América

 
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