Remembranzas y actualidades
No es la primera vez que me refiero a sucesos acaecidos en el país, para refrescar la memoria de muchos y para que no se olviden.
Culminaban las elecciones del año 1968 y el arrollador triunfo del candidato de la oposición fue de tal magnitud que el mandamás por muchos años, la Guardia Nacional, tuvo que aceptar la decisión de un pueblo que ávido de esperanzas confiaba que la democracia fuera el derrotero del país, después de los atropellos que había sufrido al producirse la destitución del presidente de la República, Marcos Robles, por parte de la Asamblea Nacional y que no fue avalada por los grupos castrenses.
Las cosas que se suscitaron a partir de la proclamación del ganador fueron de un egoísmo inaceptable. Quien había perdido la contienda inició una campaña para impedir que se cumpliera la voluntad popular, pero se dice que fuerzas superiores foráneas obligaron a los cuarteles a que se respetara el mandato constitucional. En estas condiciones el 1°. de octubre del año en mención se encargó con todos los honores el Presidente Constitucional de la República el Dr. Arnulfo Arias M.
Es indiscutible que el nuevo mandatario sabía que el cáncer que mantenía enferma la nación era la Guardia Nacional, que tenía todos los privilegios y prerrogativas que pudieran existir y que manejaba el país a su antojo, avalada por los grupos civiles adictos a ellos y había que desmembrarla.
Surgieron algunas posibilidades de cambio en los grupos castrenses, cuando el Mayor Boris Martínez, quien a la postre fue el gestor del golpe de estado, trató de hacer aproximaciones al futuro gobierno, prometiendo adecentar el manejo que a ellos correspondía. Considero que no se le creyó por haber estado involucrado en el robo de urnas de votación en el Distrito de Barú. Tal vez la confianza del presidente en el entonces jefe de la Guardia Nacional y su duda de las buenas intenciones de Martínez, dieron como resultado que fuese derrocado a sólo once días de haber iniciado su gobierno.
Se dice que los asesores civiles del nuevo presidente le habían aconsejado que mantuviera por un tiempo al general Bolívar Vallarino en su puesto y que fuera haciendo los cambios paulatinamente, mas esto no se logró y el resultado fue el inicio de la dictadura militar que nos sometió por más de veintiún años.
En setiembre del presente año se inicia el gobierno arnulfista, heredero del panameñismo, que sufrió muertes, carcelazos, exilios y persecuciones de parte de todos los gobiernos desde el año 1951 hasta 1989. Si la presidenta electa quiere conservar su hegemonía con los copartidarios, le recomiendo que debe tomarlos muy en cuenta y que no se repita lo sucedido a partir de 1989, cuando se olvidaron que los nuestros han estado en el ostracismo por más de cincuenta años. Quizá de un panameñismo dividido quede el cariño de los viejos seguidores de la doctrina, más que un grupo poderoso como fue antaño.
Es necesario promover la unión, sin odios ni rencores, con el fin de conformar el partido más grande que jamás haya existido en el país, como fue en vida de su fundador. Si a todos los panameñistas, sin distingo, se les toma en cuenta, del grupo muy bien podrían escogerse algunos asesores, que lo apoyen con su sabiduría adquirida a través de sus experiencias y de la relación con el líder fallecido. Estoy seguro que coadyuvarán al éxito del gobierno que se inicia. La presidenta tiene la palabra.
Culminaban las elecciones del año 1968 y el arrollador triunfo del candidato de la oposición fue de tal magnitud que el mandamás por muchos años, la Guardia Nacional, tuvo que aceptar la decisión de un pueblo que ávido de esperanzas confiaba que la democracia fuera el derrotero del país, después de los atropellos que había sufrido al producirse la destitución del presidente de la República, Marcos Robles, por parte de la Asamblea Nacional y que no fue avalada por los grupos castrenses.
Las cosas que se suscitaron a partir de la proclamación del ganador fueron de un egoísmo inaceptable. Quien había perdido la contienda inició una campaña para impedir que se cumpliera la voluntad popular, pero se dice que fuerzas superiores foráneas obligaron a los cuarteles a que se respetara el mandato constitucional. En estas condiciones el 1°. de octubre del año en mención se encargó con todos los honores el Presidente Constitucional de la República el Dr. Arnulfo Arias M.
Es indiscutible que el nuevo mandatario sabía que el cáncer que mantenía enferma la nación era la Guardia Nacional, que tenía todos los privilegios y prerrogativas que pudieran existir y que manejaba el país a su antojo, avalada por los grupos civiles adictos a ellos y había que desmembrarla.
Surgieron algunas posibilidades de cambio en los grupos castrenses, cuando el Mayor Boris Martínez, quien a la postre fue el gestor del golpe de estado, trató de hacer aproximaciones al futuro gobierno, prometiendo adecentar el manejo que a ellos correspondía. Considero que no se le creyó por haber estado involucrado en el robo de urnas de votación en el Distrito de Barú. Tal vez la confianza del presidente en el entonces jefe de la Guardia Nacional y su duda de las buenas intenciones de Martínez, dieron como resultado que fuese derrocado a sólo once días de haber iniciado su gobierno.
Se dice que los asesores civiles del nuevo presidente le habían aconsejado que mantuviera por un tiempo al general Bolívar Vallarino en su puesto y que fuera haciendo los cambios paulatinamente, mas esto no se logró y el resultado fue el inicio de la dictadura militar que nos sometió por más de veintiún años.
En setiembre del presente año se inicia el gobierno arnulfista, heredero del panameñismo, que sufrió muertes, carcelazos, exilios y persecuciones de parte de todos los gobiernos desde el año 1951 hasta 1989. Si la presidenta electa quiere conservar su hegemonía con los copartidarios, le recomiendo que debe tomarlos muy en cuenta y que no se repita lo sucedido a partir de 1989, cuando se olvidaron que los nuestros han estado en el ostracismo por más de cincuenta años. Quizá de un panameñismo dividido quede el cariño de los viejos seguidores de la doctrina, más que un grupo poderoso como fue antaño.
Es necesario promover la unión, sin odios ni rencores, con el fin de conformar el partido más grande que jamás haya existido en el país, como fue en vida de su fundador. Si a todos los panameñistas, sin distingo, se les toma en cuenta, del grupo muy bien podrían escogerse algunos asesores, que lo apoyen con su sabiduría adquirida a través de sus experiencias y de la relación con el líder fallecido. Estoy seguro que coadyuvarán al éxito del gobierno que se inicia. La presidenta tiene la palabra.