Repercusiones de la guerra
El inicio de la guerra contra Irak tendrá serias repercusiones. Para empezar, las Naciones Unidas saldrán muy debilitadas, con su autoridad menoscabada sobre todo cuando esté frente a situaciones que comprometan los intereses de alguna gran potencia, para no singularizar. Otro efecto inmediato es la oficialización de Estados Unidos como único poder hegemónico del planeta, sin posibilidad mediata de que surja fuerza de equilibrio alguna. Al otro extremo, en sentido contrario, se debilita Europa en su incipiente papel de contrapeso, con la de que queda dividida tras el desagradable forcejeo diplomático con Washington, con Inglaterra y España abanderando el aval a la postura del presidente norteamericano George Bush hijo y con Alemania y Francia avalando a las Naciones Unidas en su vano esfuerzo por encontrar una salida pacífica.
La guerra hará del mundo un lugar más inseguro, en la medida que - mal manejada - puede resultar en una suma de enemigos y en desconfianza o resentimientos entre los amigos. El riesgo de encontrarse cualquier inocente ciudadano en medio de un acto terrorista será de ahora en adelante mayor. Cierto que ya es más inseguro el globo desde la tragedia del 11 de septiembre, pero subrayamos que ahora será peor.
El petróleo evolucionará con un alza inicial en el período de pre, durante y post guerra, pero se normalizará y bajará a nivel razonable después de que concluya el conflicto, luego que Irak incorpore su inmenso potencial productor de crudo al mercado que hasta hoy y desde la Guerra del Golfo de 1991 le está restringido.
Debe sortearse el riesgo de que, como consecuencia de la caída de Hussein, sobrevenga un período de inestabilidad tribal, guerra fratricida y balcanización de Irak, que acabaría infectando a la volátil región. Estados Unidos tendrá que ser en este aspecto de política interna iraquí, tan diestro como lo es para hacer la guerra, porque, de lo contrario, puede cosechar frutos más amargos de los que hoy busca erradicar.
También está el riesgo de verse atrapado en una guerra prolongada de pequeña o mediana escala, parecida a la que desde hace años enfrenta el presidente ruso Vladimir Putin en Chechenia. Si así ocurre, terminará retirándose y, entonces, tras el vacío que deje, se estará dando espacio libre para la balcanización. Para bien y para mal, Sadam ha sido factor de unidad territorial y estabilidad. Su ausencia debe ser llenada rápidamente por fuerzas democráticas para evitar el desorden y la anarquía. Los kurdos no son mejores que sus enemigos y viceversa. No se puede permitir el fortalecimiento de minorías disociadoras.
Por último, hay que dejar claro que la lucha contra el terrorismo no se agota derrocando a Sadam Hussein. Se trata de una guerra prolongada que se desarrolla en distintos escenarios. Por eso, el mundo no será igual al de antes. Es más, quizás la situación de la región empeore, al quedar sin contrapeso las fuerzas fundamentalistas más radicales y peligrosas de la vecina Irak, las cuales tenían como balance a su acérrimo enemigo iraquí y ya no lo tendrán.
La guerra hará del mundo un lugar más inseguro, en la medida que - mal manejada - puede resultar en una suma de enemigos y en desconfianza o resentimientos entre los amigos. El riesgo de encontrarse cualquier inocente ciudadano en medio de un acto terrorista será de ahora en adelante mayor. Cierto que ya es más inseguro el globo desde la tragedia del 11 de septiembre, pero subrayamos que ahora será peor.
El petróleo evolucionará con un alza inicial en el período de pre, durante y post guerra, pero se normalizará y bajará a nivel razonable después de que concluya el conflicto, luego que Irak incorpore su inmenso potencial productor de crudo al mercado que hasta hoy y desde la Guerra del Golfo de 1991 le está restringido.
Debe sortearse el riesgo de que, como consecuencia de la caída de Hussein, sobrevenga un período de inestabilidad tribal, guerra fratricida y balcanización de Irak, que acabaría infectando a la volátil región. Estados Unidos tendrá que ser en este aspecto de política interna iraquí, tan diestro como lo es para hacer la guerra, porque, de lo contrario, puede cosechar frutos más amargos de los que hoy busca erradicar.
También está el riesgo de verse atrapado en una guerra prolongada de pequeña o mediana escala, parecida a la que desde hace años enfrenta el presidente ruso Vladimir Putin en Chechenia. Si así ocurre, terminará retirándose y, entonces, tras el vacío que deje, se estará dando espacio libre para la balcanización. Para bien y para mal, Sadam ha sido factor de unidad territorial y estabilidad. Su ausencia debe ser llenada rápidamente por fuerzas democráticas para evitar el desorden y la anarquía. Los kurdos no son mejores que sus enemigos y viceversa. No se puede permitir el fortalecimiento de minorías disociadoras.
Por último, hay que dejar claro que la lucha contra el terrorismo no se agota derrocando a Sadam Hussein. Se trata de una guerra prolongada que se desarrolla en distintos escenarios. Por eso, el mundo no será igual al de antes. Es más, quizás la situación de la región empeore, al quedar sin contrapeso las fuerzas fundamentalistas más radicales y peligrosas de la vecina Irak, las cuales tenían como balance a su acérrimo enemigo iraquí y ya no lo tendrán.