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Réquiem por un hombre bueno


Exudaba alegría y satisfacción cuando ilusionado compartió conmigo la buena nueva: "Rossana, finalmente hemos podido cumplir con uno de los premios del Concurso Ricardo Miró: montar en escena la obra del ganador". Alegre y lleno de entusiasmo, prosiguió, explicándome que se trataba de la obra de la profesora y escritora Alondra Badano. "Debes venir a verla". Anel Omar y yo teníamos varias semanas de estar conversando sobre temas de cultura: habíamos compartido la posibilidad de iniciar un programa de visitas guiadas, para estudiantes de escuelas particulares, al Teatro Nacional. También habíamos hablado de preparar visitas de alumnos a presenciar las prácticas del Ballet Nacional. Contenta, le señalaba que, cuando fui estudiante en Cambridge, iba con mis colegas a los ensayos de la Orquesta Sinfónica de Boston, bajo la batuta del maestro Seigi Ozawa y que nos solazábamos con virtuosos en bluyines y con las explicaciones de su director de los sonidos que debían hacerse parir a los instrumentos, para remedar la lluvia sobre las hojas en las Cuatro Estaciones de Vivaldi. "Será una experiencia inolvidable", replicaba.

El proyecto de iniciar un programa para los niños de amigos de los monumentos se esfumó teñido con la sangre noble y virtuosa de un hombre bueno. Anel Omar gestionó hace solo una semana que niños de 9 a 11 años del colegio tuvieran la experiencia inolvidable de disfrutar el Teatro Nacional. Entonces me dijo: "Rossana, mejor que vengan el jueves, que el viernes practican los actores de Babilonia Way of Life", la obra de Alondra. Me recordaba que el mundo de la cultura es muy huérfano de reconocimiento en nuestro país y que pocos entienden la relevancia de promover y fomentar el gusto por la estética y la promoción de la cultura. Aquella mañana fatídica La Parca se ensañó contra un agradecido Anel Omar, quien, en un gesto que lo ennoblece más allá de la vida, iba a despedirse del director cubano de teatro Raúl Martín y de su elenco. En vez del saludo fraterno, Panamá perdió a un buen hijo. Su desaparición física, dramática, inesperada e injustificable es la prueba irrefutable de que La Muerte corre a nuestro encuentro, mientras la inseguridad y la violencia se pasea, audaz, por nuestras calles y barrios.

Sobran los casos de hombres y mujeres buenos cuya sangre noble ha teñido de dolor y desesperanza nuestras ciudades y campos…Mi luto personal por Anel Omar, aguadulceño, como mi familia materna, y colega abogado, a quien conocí desde mi juventud primera, lo llevo colgado en mi alma, como la dolorosa evidencia de la impotencia que se siente cuando una injusticia como la de una muerte de un inocente nos abofetea el rostro de frente. Su muerte estulta e innecesaria arrancó de raíz sus sueños, sus ideales y sus valores y nos privó a muchos de su creatividad, iniciativa y compromiso con la cultura panameña. Hoy una familia se enjuga las lágrimas por la pérdida irreparable, mientras que, en otros muchos hogares a lo largo y ancho del país, se guarda luto por la privación de un ser querido y por el amargo sabor del fracaso.

Guardo un minuto de silencio por Anel Omar y sé que quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y tratarlo podremos hacer florecer sus sueños en bellísimas realidades. No pierdo la esperanza de que más pronto que tarde sepultaremos la violencia, la maldad y tanta muerte innecesaria. Necesito convencerme de que su muerte no ha sido en vano.

101 años de Panamá América

 
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