Respeto para que me respeten
El 2 de noviembre, mientras se recordaba a los próceres de la independencia, se dio un típico caso de intolerancia. Intolerancia que lleva a irrespetar a las personas, confundiéndolas con sus ideas.
De salida aclaremos que tolerancia no significa abrazar las ideas de otro (s) para incorporarlas a las nuestras, pues en debates y foros suele suceder que una de las partes tiene la razón. En esencia, tolerancia es respetar ideas, creencias y prácticas de los demás, aunque sean diferentes o contrarias a las nuestras. Asimismo, si tienes razón ella no debe quitarte el entendimiento para escuchar con respeto al que te contraría.
Quien irrespeta o insulta expide licencia para que se le trate igual o peor. Es ingenuo pensar que saldré bien librado si tiro piedras al avispero. La retórica incendiaria casi siempre halla réplica incendiaria. Mas pretender apagar el fuego con gasolina es insensatez. “La blanda respuesta calma la ira, pero la palabra áspera hace subir el furor”, afirma el viejo escritor.
Me parece de muy mal gusto e irrespetuoso que alguien te señale y manoteé en la cara porque está en desacuerdo con tus ideas o creencias. Lo más deplorable es que quien lo haga sea el segundo en el mando de la nación y dirija la diplomacia del país. Conductas como esa están distantes de la diplomacia, pero se adhieren a la prepotencia. El estilo de Fidel Castro (en sus peores tiempos de intolerante, perseguidor y verdugo de sus contradictores), Chávez y Maradona está tan cargado de despropósitos que es impropio repetirlo o describirlo aquí o en cualquier lugar.
Si la intolerancia y el irrespeto surgen de tan alta personalidad como el vicepresidente y canciller de la República, ¿qué puede esperarse de subalternos y otros funcionarios de menor jerarquía?
No obstante, en medio de la bochornosa actitud del 2 de noviembre hubo algo plausible: el primer mandatario de la nación optó por el silencio. No el silencio hostil que sería igual de intolerante e irrespetuoso, sino un no decir algo que agravara más la situación y abonara la metedura de pata. Por fortuna para el Gobierno, los comentarios del Presidente se dieron -acertados o equivocados- después del acto.
Por algo los chinos -con sabiduría milenaria- expresan que antes de abrir la boca (y mover las manos, añado yo) conectemos la lengua (y las manos) al cerebro, para no decir y/o hacer cosas de las cuales nos avergonzaremos después.
Lamentablemente, pocos son los que al irrespetar, regañar y manotear tienen la grandeza de espíritu para reconocer sus faltas y pedir disculpas o perdón. ¿Será que esos seres que se retractan y piden disculpas por faltar al prójimo están en vías de extinción? Por lo visto y oído, eso pareciera.