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Responsabilidad y panameñidad


DESDE LA doctrina del estructuralismo, sea vista como expresión científica o filosófica, se persigue obtener una doctrina acabada y sistemática del hombre y del mundo que elucida en forma radical los problemas más angustiosos de nuestra existencia. Se parte de una premisa: todo lo que se nos muestra, lo apariencial, tiene de trasfondo otras verdades que devienen en explicaciones científicas o filosóficas.
En realidad, desde esa perspectiva, el estructuralismo se nos presenta, más que como saber científico, como saber filosófico entre tanto procura encontrar las explicaciones últimas y radicales del saber, contrario a la ciencia que persigue o se conforma con explicaciones aproximativas.
El padre del estructuralismo es Claude Lévi-Strauss y su antepasado inmediato es el ginebrino Ferdinand Saussure, quien es fundador de la lingüística moderna que sirve de base al estructuralismo. Descollan en el estructuralismo grandes pensadores como Levy-Strauss, en el campo de la Etnología; Michel Foucault, en Historia y Filosofía; Louis Althusser en el marxismo; Jacques Lacan en psicoanálisis; Roland Barthes en la crítica literaria; y Georges Dumezil en historia de las religiones. Sostiene Lévi-Strauss que el hombre se reduce, en última instancia, al inconsciente que viene a ser su esencia, su naturaleza: todo lo demás se absorbe por entero en él. Por ello sostiene que las sociedades como los individuos no crean nada en forma absoluta, sino que se limitan a elegir ciertas combinaciones dentro de un repertorio ideal que sería posible reconstituir. Conviene decir que el inconsciente de Strauss nada tiene que ver con el inconsciente de Freud que subyace en cada individuo. El inconsciente al que nos referimos está por encima de las relaciones culturales, políticas, sociales, etc. Es todo un programa que recoge en su seno lo que, de modo parcial, aflora a la realidad y que se nos muestra como producto o consecuencia de nuestras acciones que bien podríamos llamar "actos conscientes", pero que en definitiva están gobernadas, dirigidas, por los actos de ese programa o repertorio de inconsciencia. Algunos se atreverían llamarlo "espíritu universal", otros lo tildarían de "imperativo categórico", no faltarían quienes lo calificarían de "dogma materialista", en fin.
Cuánta importancia tiene para el propio conocimiento de lo humano, aplicándolo a cualquier rama o categoría del saber, llegar a discernir o a descubrir ese inconsciente que nos dirige y gobierna cuales arlequines. Todo indica que lo que vemos, lo que escuchamos, lo que decimos, el sistema de relaciones que entablamos, más que actos del consciente humano, traducen verdaderas órdenes, actos de obediencia a un repertorio de ideales, de principios, de reglas, de valores o de desvalores, que nos gobiernan, nos dirigen.
¿Destino o predestinación? No, no se trata de eso: creo que a lo que realmente nos estamos refiriendo es a lo que aflora a lo exterior, desde la perspectiva social, cultural, económica, educativa, religiosa, como modelos o sistemas de comportamientos, conductuales, es lo que realmente somos. Cristo lo dijo: no lo que entra por la boca es lo que contamina el corazón del hombre, sino lo que sale de ella. Hay luego, sin duda, un verdadero repertorio en cada uno de nosotros, en cada pueblo, en cada sociedad: se trata de un catálogo de principios y de reglas que pueden verse, en mayor o menor grado, mermados o fortalecidos en razón de la defensa que hagamos de tal catálogo.
Los gobiernos, los partidos políticos, las organizaciones gremiales, los sindicatos, los clubes sociales o deportivos, en fin cualquier tipo de congregación primaria o secundaria, no hacen otra cosa que traducir, en su conducta o comportamiento, cuestiones propias que provienen o se originan de un sistema inconsciente. Nada carece de explicación, causalidad suficiente, objetividad, significancia; siempre hay que advertir en el acto o circunstancia que se analiza, el real y verdadero trasfondo que legitima o patentiza una acción o comportamiento, reacciones sociales o comportamientos societarios. Ello demanda que pongamos en evidencia, al descubierto, las agenda o cartas ocultas de los que traicionan a la Patria, a la nación, a nuestro pueblo y pervierten los caros derechos e intereses del ser panameño.
Por ello, sumando a mi artículo de la semana pasada: "La Responsabilidad de los Irresponsables", debo añadir que "el repertorio del inconsciente" nos reta o inquiere a plantearnos la verdadera razón o causa del ser nacional, del ser panameño, de modo tal que podamos descubrir, libre de prejuicios o de ataduras intelectuales, lo que realmente somos.
He sostenido que hay una tarea inconclusa, aún no realizada: definir el ser nacional, la cosa nacional, el concepto del Estado panameño. Entre tanto no cumplamos con ese deber ético, moral, político y social, seguiremos en el actuar silopsista, pendular, propio del corsi et recorsi, es decir, del ir y venir.
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