Retazo del pasado
Esopo. De este legendario personaje griego, más comúnmente conocido como fabulista, se sabe muy poco. Jamás se ha podido precisar su fecha y lugar de nacimiento. Se estima que vivió entre los siglos VII y seis antes de Jesucristo, pero resulta más confuso aún saber dónde vino al mundo y son varias las ciudades que se disputan la gloria y el honor de haber sido su cuna.
La creatividad de sus fábulas constituyen demostración elocuente de que fue un gran filósofo a lo cual se suma su vivacidad y agudeza.
Desventuradamente para él, la naturaleza le fue mezquina, pues era un ser insignificante, sumamente feo, tartamudo, y tenía una joroba. También el destino le fue adverso porque lo condujo a ser esclavo. Podría decirse que su mucha inteligencia fue algo así como un milagro compensatorio de las desventajas físicas que tenía.
Esopo fue comprado a un tratante de esclavos llamado Xanto, conocido por ser afable y magnánimo con los suyos, movido por la curiosidad y la chispa que advirtìó en él a pesar de su triste figura.
Con el curso del tiempo, llegó a ganarse la confianza de su señor y era notoria la admiración y simpatía que éste le profesaba. La relación amo y esclavo se convirtió en una de cordial afecto entre ambos.
En una ocasión, para desventura de Xanto, se le fue a éste la mano en copas y bebió mucho vino. Bajo su influjo, y en estado de euforia dijo que se sentía capaz de beberse al mismo mar y que estaba dispuesto a apostar su casa y un collar de oro que tenía, y podría hacerlo. Uno de los presentes le tomó la apuesta. Se designó jueces y se señaló sitio para la prueba y que se proclamara quién sería el ganador.
Al aproximarse el encuentro para el evento, Xanto, arrepentido de su disparate, habló con Esopo manifestándole su gran preocupación que no sabía como arreglársela para deshacer la apuesta y le pidió consejo. Esopo le dijo que eso sería cosa fácil, que lo acompañaría al encuentro y le pidió que lo dejara hablar a él.
Llegado el día de la prueba, una inmensa muchedumbre se congregó a orilla del mar. La contraparte se presentó al sitio con gran cantidad de muebles y la certeza de que ganaría la apuesta y que llegaría con ellos a tomar posesión de la casa de Xanto.
Cuando aparecieron amo y esclavo, con gran arrogancia y en forma desafiante. Le gritó a aquel: "Ahí tienes tu mar para que te lo bebas". Todas las miradas se tornaron hacia Xanto en medio de un gran silencio general expectación. Entonces Esopo se le acercó y le preguntó: "¿y en cuanto a las aguas de los ríos, qué?".
El agresivo espectador respondió que en ningún momento se habló de las aguas de los ríos cuando se hizo la apuesta.
Esopo, entonces, le dijo: "Precisamente", ese mar que se encuentra frente a nosotros no sólo tiene sus propias aguas, sino también las de los ríos que desembocan en él. La apuesta, por lo tanto, resulta injusta por lo leonina si las aguas de los ríos continúan llegando al mar. En consecuencia, usted tiene que ver cómo bloquea las salidas de las aguas de los ríos, y entonces sí mi amo comenzará a bebérselo". Todo el mundo quedó atónito.
Ante la imposibilidad de lograrse lo planteado por Esopo y de que no se darían las condiciones para que Xanto iniciara la toma, a los jueces no les quedó más remedio que declarar que la apuesta era improcedente y el señor aquél, en vez de entrar con sus muebles a la casa de Xanto, tuvo que resignarse y regresarse a la suya con todo el mobiliario.
La creatividad de sus fábulas constituyen demostración elocuente de que fue un gran filósofo a lo cual se suma su vivacidad y agudeza.
Desventuradamente para él, la naturaleza le fue mezquina, pues era un ser insignificante, sumamente feo, tartamudo, y tenía una joroba. También el destino le fue adverso porque lo condujo a ser esclavo. Podría decirse que su mucha inteligencia fue algo así como un milagro compensatorio de las desventajas físicas que tenía.
Esopo fue comprado a un tratante de esclavos llamado Xanto, conocido por ser afable y magnánimo con los suyos, movido por la curiosidad y la chispa que advirtìó en él a pesar de su triste figura.
Con el curso del tiempo, llegó a ganarse la confianza de su señor y era notoria la admiración y simpatía que éste le profesaba. La relación amo y esclavo se convirtió en una de cordial afecto entre ambos.
En una ocasión, para desventura de Xanto, se le fue a éste la mano en copas y bebió mucho vino. Bajo su influjo, y en estado de euforia dijo que se sentía capaz de beberse al mismo mar y que estaba dispuesto a apostar su casa y un collar de oro que tenía, y podría hacerlo. Uno de los presentes le tomó la apuesta. Se designó jueces y se señaló sitio para la prueba y que se proclamara quién sería el ganador.
Al aproximarse el encuentro para el evento, Xanto, arrepentido de su disparate, habló con Esopo manifestándole su gran preocupación que no sabía como arreglársela para deshacer la apuesta y le pidió consejo. Esopo le dijo que eso sería cosa fácil, que lo acompañaría al encuentro y le pidió que lo dejara hablar a él.
Llegado el día de la prueba, una inmensa muchedumbre se congregó a orilla del mar. La contraparte se presentó al sitio con gran cantidad de muebles y la certeza de que ganaría la apuesta y que llegaría con ellos a tomar posesión de la casa de Xanto.
Cuando aparecieron amo y esclavo, con gran arrogancia y en forma desafiante. Le gritó a aquel: "Ahí tienes tu mar para que te lo bebas". Todas las miradas se tornaron hacia Xanto en medio de un gran silencio general expectación. Entonces Esopo se le acercó y le preguntó: "¿y en cuanto a las aguas de los ríos, qué?".
El agresivo espectador respondió que en ningún momento se habló de las aguas de los ríos cuando se hizo la apuesta.
Esopo, entonces, le dijo: "Precisamente", ese mar que se encuentra frente a nosotros no sólo tiene sus propias aguas, sino también las de los ríos que desembocan en él. La apuesta, por lo tanto, resulta injusta por lo leonina si las aguas de los ríos continúan llegando al mar. En consecuencia, usted tiene que ver cómo bloquea las salidas de las aguas de los ríos, y entonces sí mi amo comenzará a bebérselo". Todo el mundo quedó atónito.
Ante la imposibilidad de lograrse lo planteado por Esopo y de que no se darían las condiciones para que Xanto iniciara la toma, a los jueces no les quedó más remedio que declarar que la apuesta era improcedente y el señor aquél, en vez de entrar con sus muebles a la casa de Xanto, tuvo que resignarse y regresarse a la suya con todo el mobiliario.