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Retrato hablado del patrimonialismo


La política partidista se calienta, pero no se percibe en las contiendas que exista debate de las ideas ni de las propuestas que el país necesita para ser mejor.

Parece, más bien, existir choques de intereses de diverso tipo. No es de extrañar, pues impera en nuestra sociedad una cultura política y del poder heredada por una práctica histórica. Esto tiene varios nombres. Uno es el patrimonialismo, a través de la cual se concibe y maneja la política como una extensión del espacio privado. La política es privatizada, pues no hay separación entre espacio público y privado. Deja de ser un espacio público colectivo para transformarse en un escenario para la satisfacción de intereses privados.

Plata y política forman una sola unidad en los momentos pre-electoral y post-electoral. El poder es percibido como un medio para satisfacer intereses privados, hasta el punto que se hace algo tan ordinario que los propios partidos no lo cuestionan.

Así se expresa el prebendalismo como expresión administrativa de la concepción patrimonial. Se trata de manejar cargos y puestos como prebendas, o beneficios personales de los favorecidos a cambio del apoyo. Se ofrecen apoyos a líderes de grupo que a su vez hacen lo mismo con sus bases formando una cadena vertical de ocupación de puestos públicos. Esto es un mecanismo de adhesión al partido, en función de un puesto prometido. Los beneficiarios reclaman su pago, y dado que siempre hay más promesas que realidades, protestan y migran a otros partidos en función que son vistos como agencias de empleo y de ayuda económica.

El resultado erosiona la democracia, pues deja de representar un espacio pluralista e incluyente, y se convierte en un puro mecanismo de mercado en sentido más peyorativo.

La gente desvaloriza la democracia ubicándola como un sistema sólo al servicio de grandes intereses, a través de situar los partidos como grupos de conveniencia, y la política como método inescrupuloso de acceder al poder. Esto hace más difícil el camino hacia la necesaria institucionalización democrática de las organizaciones políticas y sociales, a través de la construcción de una esfera pública y otra privada, sin la cual la democracia no puede funcionar, ni los partidos ser mediadores legítimos y genuinos representantes de las aspiraciones de la gente. La corrupción se asienta fácilmente en el corazón de la cultura patrimonialista.

José Martí, enseña a mirar la política de otra manera: "Hacer de la política, no el arte de retener el gobierno, ni de dar a las naciones brillo pasajero, sino de estudiar sus necesidades reales, favorecer sus instintos, y tratar del aumento y amparo de sus haberes", y agrega: "El poder no es más que el respeto a todas las manifestaciones de la justicia".

El próximo miércoles, retrato hablado del clientelismo.

raulleisr @ hotmail.com

 

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