Revocatoria estilo empresarial
Una de las pocas aseveraciones que al parecer es compartida por la gran mayoría de la ciudadanía, es que el sector privado posee un sistema administrativo más eficiente y eficaz que el sector público.
Hoy voy a hacer referencia a una de estas características, que han hecho que este sistema sea más ágil y productivo. Se trata de la capacidad de revocar el mandato. No conozco una Junta Directiva que no remueva al Gerente General, jefe de Departamento o Sección que en un razonable período de tiempo, no ha logrado demostrar que al menos puede alcanzar los objetivos básicos y metas de la organización. No existe un Director Técnico de un equipo profesional que no sea destituido del cargo al perder al inicio de la campaña o serie, los primeros diez juegos. ¿Por qué será entonces que la mayoría de los dirigentes nacionales, regionales o locales, en los diferentes ministerios o entidades estatales, habiendo demostrado hasta la saciedad su incapacidad real de definir y ejecutar la misión y la visión institucional y de lograr las metas mínimas esperadas en sus respectivas áreas o sectores, han continuado ocupando sus respectivos cargos durante todo el período presidencial, desde que esta República fue concebida?. Demás está expresar que en este país el verbo renunciar no existe en el léxico habitual del burócrata de turno. Aquí es más fácil separar a un molusco de la roca, que a alguien de la silla que ocupa, por aquello de los padrinos o madrinas que tiene.
Para todos los que creen en la empresa privada como la panacea que cura todos los males, les queremos recordar que este principio de reemplazar a los que no sirven por otros mejores, es sin duda uno de los mecanismos básicos de la gestión privada. Aquí habría que aclarar que los capaces no sólo se encuentran entre los miembros de una familia, religión, partido político, grupo económico, club social, habitante de un barrio o resort, o portador de determinado color de ojos o de piel. Ni que es lógico que entre 3 millones de cristianos que habitan el istmo, uno por más brillante que sea, tenga que ocupar varios puestos importantes a la vez o en forma alternada, olvidando la frase lapidaria de aquél que celebraba su cumpleaños en Coclesito y que decía que hay que bañarse con regadera, cosa que el agua alcance para varios.
Creo sinceramente que el pueblo, no los partidos políticos, debe de conservar de manera permanente la capacidad de revocarle el mandato a cualquiera de sus dirigentes electos por votación y de remover a través de mecanismos expeditos de consulta, a los funcionarios designados para realizar una determinada tarea y que han fallado en los resultados. Quizás sería conveniente reimplantar el sistema de reunir periódicamente a la población a la cual se supone le servimos, con los funcionarios destinados a esta labor. Esto además de permitir evaluar la calidad y la calidez de lo hacemos, servirá también para que de una vez por todas, entendamos que el único dueño de los puestos públicos que ocupamos, es el pueblo y que es a él, a quién le debemos guardar a final de cuentas fidelidad y compromiso.
Mientras la sociedad no internalice estos conceptos, no habrá carrera administrativa que valga, porque en la mayoría de los casos seguiremos utilizando los cargos para nombrar y rodearnos de gente mediocre genuflexa, pero que goza de nuestra simpatía personal y continuaremos aislando a los que quieren y están en la capacidad de hacer algo por este país, pero que cometieron el pecado mortal e imperdonable, de reflexionar o contradecir una de nuestras decisiones y eso que hasta Cristo perdona 70 veces 7.
Hoy voy a hacer referencia a una de estas características, que han hecho que este sistema sea más ágil y productivo. Se trata de la capacidad de revocar el mandato. No conozco una Junta Directiva que no remueva al Gerente General, jefe de Departamento o Sección que en un razonable período de tiempo, no ha logrado demostrar que al menos puede alcanzar los objetivos básicos y metas de la organización. No existe un Director Técnico de un equipo profesional que no sea destituido del cargo al perder al inicio de la campaña o serie, los primeros diez juegos. ¿Por qué será entonces que la mayoría de los dirigentes nacionales, regionales o locales, en los diferentes ministerios o entidades estatales, habiendo demostrado hasta la saciedad su incapacidad real de definir y ejecutar la misión y la visión institucional y de lograr las metas mínimas esperadas en sus respectivas áreas o sectores, han continuado ocupando sus respectivos cargos durante todo el período presidencial, desde que esta República fue concebida?. Demás está expresar que en este país el verbo renunciar no existe en el léxico habitual del burócrata de turno. Aquí es más fácil separar a un molusco de la roca, que a alguien de la silla que ocupa, por aquello de los padrinos o madrinas que tiene.
Para todos los que creen en la empresa privada como la panacea que cura todos los males, les queremos recordar que este principio de reemplazar a los que no sirven por otros mejores, es sin duda uno de los mecanismos básicos de la gestión privada. Aquí habría que aclarar que los capaces no sólo se encuentran entre los miembros de una familia, religión, partido político, grupo económico, club social, habitante de un barrio o resort, o portador de determinado color de ojos o de piel. Ni que es lógico que entre 3 millones de cristianos que habitan el istmo, uno por más brillante que sea, tenga que ocupar varios puestos importantes a la vez o en forma alternada, olvidando la frase lapidaria de aquél que celebraba su cumpleaños en Coclesito y que decía que hay que bañarse con regadera, cosa que el agua alcance para varios.
Creo sinceramente que el pueblo, no los partidos políticos, debe de conservar de manera permanente la capacidad de revocarle el mandato a cualquiera de sus dirigentes electos por votación y de remover a través de mecanismos expeditos de consulta, a los funcionarios designados para realizar una determinada tarea y que han fallado en los resultados. Quizás sería conveniente reimplantar el sistema de reunir periódicamente a la población a la cual se supone le servimos, con los funcionarios destinados a esta labor. Esto además de permitir evaluar la calidad y la calidez de lo hacemos, servirá también para que de una vez por todas, entendamos que el único dueño de los puestos públicos que ocupamos, es el pueblo y que es a él, a quién le debemos guardar a final de cuentas fidelidad y compromiso.
Mientras la sociedad no internalice estos conceptos, no habrá carrera administrativa que valga, porque en la mayoría de los casos seguiremos utilizando los cargos para nombrar y rodearnos de gente mediocre genuflexa, pero que goza de nuestra simpatía personal y continuaremos aislando a los que quieren y están en la capacidad de hacer algo por este país, pero que cometieron el pecado mortal e imperdonable, de reflexionar o contradecir una de nuestras decisiones y eso que hasta Cristo perdona 70 veces 7.