Revoluciones
Primero los europeos y después todos los hombres desde hace 225 años hemos vivido en espera de un acontecimiento que posee la gravedad y la fascinación terrible que tenía la Segunda Vuelta de Cristo para los primeros cristianos: La Revolución. (Octavio Paz, "Los Hijos del Limo"). Este acontecimiento es visto, según las propias palabras de Paz, con esperanza por unos y con horror por otros; es la restauración de la sociedad original; es el cambio del presente inicuo por el futuro justo y libre. Concluye el Nobel sus apreciaciones de la siguiente manera: "Así, la Revolución es una idea y una imagen, un concepto que participa de las propiedades del mito y un mito que se funda en la autoridad de la razón".
Varios pueblos han pasado por un sueño revolucionario. La Unión Americana, México, Francia, la URSS, Nicaragua, Panamá y otros, que han creído vivir la revolución sin sentirla.
El insigne cubano Dr. Jorge Mañach ha sido más preciso: En sentido moderno y en el mismo sentido que la entendía Thomas Jefferson, una revolución es un progreso en materias sociales, políticas y económicas; una extensión del bienestar y la felicidad; el logro de un cúmulo de reivindicaciones que en el inmediato ayer fueron negadas por quienes controlaban el poder público.
Todas las revoluciones han sido combatidas como una amenaza satánica por su adversario natural. Todas las revoluciones han sido penetradas sistemáticamente, atrapadas, y al cabo, desfiguradas hasta el grado de que no les queda más que el nombre. Una revolución puede ser vendida, o vencida por el cerco de las privaciones y el aislamiento, en una perpetua conspiración aniquiladora.
Cuando Karl Marx formuló su teoría general de la historia, pronosticó que el capitalismo se extinguiría, porque contiene los gérmenes de su propia destrucción; no se imaginó el señor Marx que serían los pueblos los más propensos a su autodestrucción, como es la abyección de ofrecer el voto como en subasta en cada campaña electoral.
Después de que se vieron recientemente las escenas de trabajadores en el suelo, sin armas y ya sometidos, vapuleados en su cuerpo y su dignidad por quienes parecían bárbaros conquistadores extranjeros, resonaron airadas las palabras del líder máximo de la Revolución, General Omar Torrijos. Lo que yo quiero para mis hijos lo quiero para mi pueblo. De ahora en adelante los fusiles de la Guardia Nacional no apuntarán más contra el pueblo. Otros dijeron, nunca más.