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Riqueza de una familia


Los lazos que se construyen en una buena relación familiar son profundos y moldean el carácter, llenan vacíos humanos importantes, mantienen en sintonía a las personas en una comunicación fluida, fresca y permanente. Hacen que las personas se sientan seguras, ya que hay una referencia continua a seres vivos que juegan un rol importante: padres, hermanos, hijos, cónyuges y que son un soporte afectivo en cualquier situación que se presente.

El rol del padre y de la madre, aportando la masculinidad y feminidad en sus aspectos originales y complementarios, procuran un equilibrio emocional en los niños. Cuando falta el varón, (el padre), o la (madre), la mujer, urge que algún miembro de la familia de total confianza llene ese vacío, haciendo de papá o mamá. El soporte espiritual, psicológico y biológico inclusive, dado por ambos, hombre y mujer, ayudan extraordinariamente al crecimiento de la autoestima, el equilibrio emocional y afectivo de los niños.

Una buena familia fundamenta toda su estructura vital de convivencia humana en el amor, que se traduce en diálogos sinceros, aceptación de los demás con sus particularidades, respeto a la dignidad de todos, acogida, protección, perdón y reconciliación. Una familia cristiana pone a Dios en primer lugar, habituándose todos a orar juntos en la mañana al comenzar el día, cuando toman los alimentos y al anochecer, antes de acostarse a dormir. Y ciertamente el domingo van juntos a la eucaristía y se acostumbran, de acuerdo a sus posibilidades a cooperar en las actividades de la Iglesia.

Peligros que amenazan con la destrucción de una familia: 1. La pérdida de la fe e indiferencia en las cuestiones espirituales, acabando por “echar a Dios de la casa”, dando paso libre a la presencia de las tinieblas espirituales que socaban todos los principios y valores espirituales y morales. Una familia sin Dios acabará arruinada en el plano profundo del amor, debilitada para hacerles frente a las crisis normales de la vida. 2. Las rencillas y rivalidades internas, en las que no exista el perdón y la reconciliación, crean redes de resentimientos y rencores, formando barreras que impiden la comunicación auténtica, empobreciéndose todo diálogo y terminando los familiares conviviendo como seres extraños bajo un mismo techo. 3. El consumismo y el materialismo exacerbado crean ídolos falsos donde se adora todo lo que se pueda adquirir elevándolo a niveles de culto idolátrico. Sean carros, ropa, adornos, aparatos de tecnología avanzada, casas u otras propiedades, cuando en un hogar se están arrodillando ante eso, llegó la ruina espiritual en la casa y el fin del amor.

El hogar es un santuario de la vida, un lugar de encuentro fraternal, cálido y honesto y hay que defenderlo de todo lo malo con el Señor, con quien somos invencibles.

 

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