Saladino y las enseñanzas para el país
Cuando Irving Saladino saltaba con éxito los enormes charcos de agua de la ciudad de Colón, no pasaba por su mente, ni de manera remota, el apoteósico recibimiento que el jueves pasado le tributó el país. Entonces saltar el charco era diversión pura, entusiasmo juvenil y en algunas ocasiones medida inevitable. Tampoco pasaba por la mente colectiva de la sociedad panameña que 60 años después Lloyd La Beach sería reivindicado y superado por un muchachito oriundo de su propia provincia. Hasta aquí los reconocimientos. Lo real es que, lo que todos celebramos ahora, ha sido posible por el esfuerzo y la voluntad individual de un compatriota que no encontró aval, en sus inicios, en una planificada política deportiva. Por el contrario, la indiferencia fue la regla, como lo ha sido en casi todas las ramas deportivas.
Es lamentable que 60 años después de La Beach, Panamá no cuente aun con una planificada política deportiva de Estado que permita que los talentos afloren, y después hay quejas sobre lo perdida que está la juventud y todas las condenas que se le quieren aplicar. Saladino demostró, de forma categórica, el potencial que transita anónimo por las calles panameñas, sin que casi nadie se tome la molestia de descubrirlo. Claro, nos alegra enormemente el salto maravilloso de Saladino, lo impecable de su demostración, pero un salto similar debían dar las autoridades en materia deportiva, a ver si son capaces de llevarse, aunque sea, una mención honorífica en este campo de nuestra actividad social. Sin duda ha sido positiva la recepción oficial dada a Saladino, pero, seguramente, tendríamos más medallistas de oro si actos como estos fueran la regla y no la coyuntura.