A salvar a nuestros hijos
Cuando observo la actitud de poco importa de la juventud actual, en cuanto a las más elementales reglas de urbanidad y decencia, no puedo menos que tratar de encontrar una explicación lógica a esa posición, y debo confesar que no la encuentro.
Hace poco días escuché un comentario sobre este tema, en un programa radial que diariamente presentan dos distinguidas damas de nuestra sociedad, y tomé la decisión de que, en algún momento, buscaría la oportunidad para escribir un artículo sobre tan sensitivo asunto.
Cuando pequeño, siendo el penúltimo de diez hermanos, escuché a mi padre decir, una y otra vez: " A la mujer se le respeta y no se le lastima, ni con el pétalo de una rosa".
Jamás escuché una palabra de reproche ni altisonante entre mis padres, no porque no existiera motivo para uno que otro disgusto; estoy consciente de ello, sobre todo en una familia tan numerosa y con limitaciones económicas, pero prevalecía la urbanidad, el decoro, el amor, el respeto mutuo.
En mis años de alumno, en la escuela primaria de La Chorrera, una de mis hermanas mayores era maestra en la misma escuela, aunque en otro salón; el director de la escuela, amigo de la familia, con frecuencia estaba de visita en mi hogar, razón por la cual yo sentía que tenía todo a mi favor, pues mis padres y hermanos mayores, tenían amigos en las "altas esferas de la escuela".
Un día, el maestro Alvarado del cuarto grado, nos tomaba una lección, y a todos los que no contestamos correctamente sus preguntas, nos pegaba en las palmas de las manos, con una varita de madera. En realidad, el castigo era más simbólico que corporal, pero para mí, que sentía tener grandes "influencias" con el director, no me agradó para nada el asunto, así es que al salir de clases, crucé la calle, pues vivíamos frente a la escuela, y le mostré las manos a mi padre y le dije, en tono de reproche, "el maestro Alvarado me pegó en las manos", suponiendo que mi padre iba a cruzar la calle y reclamarle al maestro; mas, qué sorpresa la mía, cuando me pregunta, ¿y por qué te pegó? Al contestarle que, por no "saberme" la lección. Me respondió: "la próxima vez estudia, para que no te vuelvan a castigar". En efecto, nunca más el maestro Alvarado volvió a reprenderme, pues me dedique a estudiar, al comprender que no contaba con "influencias".
Jamás he olvidado al maestro Abraham Alvarado, siempre lo recuerdo con cariño, pues me motivó a valerme por mí mismo.
Hace poco, se dio la noticia por prensa y televisión, el caso de una madre de familia que abofeteó a una maestra porque, según ella, le había pegado a su hijo; acto que la educadora negó. ¿Con qué autoridad podrá esa profesora, en el futuro, tratar de conseguir respeto de ese alumno e incluso, de los otros? Los padres son los primeros, la mayoría de las veces, en apadrinar el irrespeto hacia los maestros o profesores; no pretendo con esto generalizar, ni afirmar que no pueda existir uno que otro educador, que no se gane el respeto de sus alumnos ni de los padres de familia, debido a conductas impropias. En todo caso, para eso están las altas autoridades educativas, a quienes se les debe presentar las quejas correspondientes.
¿Desde cuándo y por qué se dejó de enseñar urbanidad y civismo en las escuelas? Lo ignoro, lo que si sé es que, a eso se debe la falta de respeto de los niños y jóvenes hacia sus maestros, profesores, personas mayores, y en especial, hacia las damas.
Se ha comentado mucho en estos últimos días sobre un programa semanal de televisión, donde va en aumento la obscenidad, el irrespeto a los niños, jóvenes y adultos, pues, no es solo las escenas que muestran sino el lenguaje utilizado. En otro programa, también semanal, con el pretexto de demostrar la ignorancia de las personas entrevistadas, se utilizan palabras no comunes, con semejanzas a palabras soeces, casualmente para conseguir una respuesta disparatada, en sumo grado, absurda.
Si los maestros, los padres de familia, las autoridades educativas y la comunidad en general, se lo proponen, podemos reiniciar el camino hacia las buenas costumbres, el orden, la disciplina; no permitamos que nuestra juventud siga a la deriva por falta de responsabilidad nuestra. Guiemos a nuestros hijos con nuestro ejemplo. Vigilemos sus actividades sociales y escolares, no soslayemos nuestra obligación de padres de familia, no los dejemos solos en un ambiente hostil, y preparémonos para adecentar, a cualquier costo, el mundo de nuestros seres queridos.
Hace poco días escuché un comentario sobre este tema, en un programa radial que diariamente presentan dos distinguidas damas de nuestra sociedad, y tomé la decisión de que, en algún momento, buscaría la oportunidad para escribir un artículo sobre tan sensitivo asunto.
Cuando pequeño, siendo el penúltimo de diez hermanos, escuché a mi padre decir, una y otra vez: " A la mujer se le respeta y no se le lastima, ni con el pétalo de una rosa".
Jamás escuché una palabra de reproche ni altisonante entre mis padres, no porque no existiera motivo para uno que otro disgusto; estoy consciente de ello, sobre todo en una familia tan numerosa y con limitaciones económicas, pero prevalecía la urbanidad, el decoro, el amor, el respeto mutuo.
En mis años de alumno, en la escuela primaria de La Chorrera, una de mis hermanas mayores era maestra en la misma escuela, aunque en otro salón; el director de la escuela, amigo de la familia, con frecuencia estaba de visita en mi hogar, razón por la cual yo sentía que tenía todo a mi favor, pues mis padres y hermanos mayores, tenían amigos en las "altas esferas de la escuela".
Un día, el maestro Alvarado del cuarto grado, nos tomaba una lección, y a todos los que no contestamos correctamente sus preguntas, nos pegaba en las palmas de las manos, con una varita de madera. En realidad, el castigo era más simbólico que corporal, pero para mí, que sentía tener grandes "influencias" con el director, no me agradó para nada el asunto, así es que al salir de clases, crucé la calle, pues vivíamos frente a la escuela, y le mostré las manos a mi padre y le dije, en tono de reproche, "el maestro Alvarado me pegó en las manos", suponiendo que mi padre iba a cruzar la calle y reclamarle al maestro; mas, qué sorpresa la mía, cuando me pregunta, ¿y por qué te pegó? Al contestarle que, por no "saberme" la lección. Me respondió: "la próxima vez estudia, para que no te vuelvan a castigar". En efecto, nunca más el maestro Alvarado volvió a reprenderme, pues me dedique a estudiar, al comprender que no contaba con "influencias".
Jamás he olvidado al maestro Abraham Alvarado, siempre lo recuerdo con cariño, pues me motivó a valerme por mí mismo.
Hace poco, se dio la noticia por prensa y televisión, el caso de una madre de familia que abofeteó a una maestra porque, según ella, le había pegado a su hijo; acto que la educadora negó. ¿Con qué autoridad podrá esa profesora, en el futuro, tratar de conseguir respeto de ese alumno e incluso, de los otros? Los padres son los primeros, la mayoría de las veces, en apadrinar el irrespeto hacia los maestros o profesores; no pretendo con esto generalizar, ni afirmar que no pueda existir uno que otro educador, que no se gane el respeto de sus alumnos ni de los padres de familia, debido a conductas impropias. En todo caso, para eso están las altas autoridades educativas, a quienes se les debe presentar las quejas correspondientes.
¿Desde cuándo y por qué se dejó de enseñar urbanidad y civismo en las escuelas? Lo ignoro, lo que si sé es que, a eso se debe la falta de respeto de los niños y jóvenes hacia sus maestros, profesores, personas mayores, y en especial, hacia las damas.
Se ha comentado mucho en estos últimos días sobre un programa semanal de televisión, donde va en aumento la obscenidad, el irrespeto a los niños, jóvenes y adultos, pues, no es solo las escenas que muestran sino el lenguaje utilizado. En otro programa, también semanal, con el pretexto de demostrar la ignorancia de las personas entrevistadas, se utilizan palabras no comunes, con semejanzas a palabras soeces, casualmente para conseguir una respuesta disparatada, en sumo grado, absurda.
Si los maestros, los padres de familia, las autoridades educativas y la comunidad en general, se lo proponen, podemos reiniciar el camino hacia las buenas costumbres, el orden, la disciplina; no permitamos que nuestra juventud siga a la deriva por falta de responsabilidad nuestra. Guiemos a nuestros hijos con nuestro ejemplo. Vigilemos sus actividades sociales y escolares, no soslayemos nuestra obligación de padres de familia, no los dejemos solos en un ambiente hostil, y preparémonos para adecentar, a cualquier costo, el mundo de nuestros seres queridos.