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Salvemos a nuestros niños


Colóquense, si pueden, en el lugar que voy a describir. Este es un sitio donde la civilización ha completado un círculo -de los bosques primarios a las estructuras elaboradas de una sociedad civilizada- y de regreso a la locura de una barbarie urbana. A medida que usted se coloque en ese entorno, no lo haga como un adulto, sino como un niño -con maravillas, temores y una identidad esperando por una definición.
Si ha llegado a una edad donde está consciente de lo que le rodea, usted ha derrotado las probabilidades. Ya que en este lugar, usted ha tenido menos oportunidad de sobrevivir su primer año de vida que un niño nacido en muchos otros países.
Cuando llegue a la escuela -si va a la escuela- uno de cada diez de sus amigas de segundo año de secundaria estará en cinta. La mayoría tendrá abortos.
La mayor parte de los varones -¿o debo decir “padres”?- formará parte de una pandilla a la edad de 12 años. Usted estaría enfrentando la misma oportunidad, entre pertenecer a algo o no pertenecer a nada.
Habrá más niños vendiendo y utilizando drogas que estudiantes graduándose. La deserción será más del 50 por ciento. Después de la escuela secundaria, lo más seguro es que habrá contraído SIDA, lo más probable es que vivirá en una casa sin servicios sanitarios adecuados. A medida que crece, tener amigos en la cárcel será un lugar común -y existe una buena oportunidad que usted estará en la cárcel, sin que le importe mucho.
Si usted es un joven adulto, existe una buena posibilidad de que sea asesinado -aquí el asesinato es la primera causa de muerte entre los adolescentes varones. Y en cuanto a sostener un puesto de trabajo legítimo, mucho de los jóvenes no tendrán en su mano un cheque de salario por el término de sus vidas.
Compare esa imagen con sus propios hijos, e imagínese qué y quién sería usted hoy si éste fuese el lugar que usted llamaría hogar si la palabra “el patio de la escuela” significase emporio de drogas en lugar de campo de juego; si jugando “casita”, significase ser una pobre madre adolescente, en vez de ser una niña con una imaginación inocente; si “tres meses de vacaciones” significarían tres meses en la cárcel correccional de menores por haber robado en una tienda, en lugar de pasar por debajo de una manguera para jugar mojándose o construir una casa en el bosque.
Imagínese a usted viviendo en este medio ambiente y tendrá una idea de lo que será de los niños en este país, especialmente los que viven en los barrios pobres si seguimos como vamos.
Cada vez tenemos menos árboles, más pobreza y más corrupción.
Una nueva generación de niños panameños está naciendo en pobreza. Una generación ya vive en pobreza. Y las futuras generaciones están en peligro.
Hoy, por primera vez en nuestra historia, después de cien años de vida independiente, los niños pobres son la mayoría entre nosotros.
Hoy, uno de cada cuatro niños nace en la pobreza. Miles de niños panameños son pobres, sufren de una pobreza intelectual y espiritual. Demasiados están utilizando drogas, juntándose en pandillas, dejando de ir a la escuela y teniendo niños siendo ellos niños.
La mayor parte de nosotros no podemos imaginarnos el dolor de nuestros niños pobres, porque eso representa un Panama distinto al lugar donde nosotros vivimos.
No hay nada en nuestras vidas que nos conecte con ellos, excepto, quizás, nuestra conciencia. E históricamente, nuestra conciencia ha sido el único llamado para responder a las víctimas de la pobreza.
Pero hoy debemos enfrentar el hecho de que nuestra conciencia por sí sola no puede hacer el trabajo, porque la pobreza de los niños en Panamá nos está halando las fibras de nuestros corazones.
Esos no son los niños “de otros”. Son nuestros niños. Son los niños panameños, sangre de nuestra sangre, corazón de nuestra alma. Y tampoco son “el problema de otros”. Ellos son nuestro problema, porque ellos son también nuestro futuro.

101 años de Panamá América

 
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