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Sanciones ejemplares


Entre los autores clásicos del derecho hay un aforismo que dice: "Castigar los delitos es de interés público". A continuación citamos cuatro experiencias vividas en el extranjero: En Londres, durante la II Guerra Mundial, a un tendero que vendìó unos vegetales sobre el precio establecido por la oficina de alimentos lo multaron con el equivalente a tres mil veces la cantidad que recargó.
En 1945, también allí, ya en tiempo de paz, a un refugiado polaco, a quien se le había otorgado licencia de comercio y que contrabandeó un cargamento de telas, se las decomisaron, lo multaron y enviaron por cuatro años a la cárcel. En Marsella, en 1948, a un tendero que vendió una botella de aceite no expuesta al público para provocar escasez, la que vendió a precio excesivo (mercado negro), lo multaron y le cerraron el negocio por una semana. Era la sanción usual entonces. En Viena, 1998, adquirimos un boleto válido por un día para transportarnos por tren, tranvía y bus. Viajamos en las tres formas. Nadie nos solicitó mostrar el boleto. Curiosos, consultamos con un ciudadano. Nos dijo que allí no se estilaba tener a bordo de los medios de transporte colector alguno; pero que en las paradas, de vez en cuando, subía un inspector a verificar su tenencia y quien no lo pudiera mostrar era conducido de allí a la cárcel.
Nuestro interlocutor, que resultó ser persona muy comunicativa y cortés, nos agregó que en Austria había muy poca gente encarcelada porque era escasa la comisión de delitos, las penas eran muy severas y que todos los ciudadanos eran aliados de las autoridades; que cualquier infracción era denunciada, primero, en protección del posible perjudicado y porque lo que alguien veía que le hacían a otro, podría sufrirlo en su persona en lo futuro. Estacionar un auto desordenadamente, con sólo tocar una de las líneas amarillas, acarreaba una multa equivalente a treinta dólares, me dijo. Si alguien bloqueaba el auto de otro, según estimara el juez cuán grave o perjudicial fuera el acto, le acarrearía una multa equivalente a 30 dólares, mínimo, hasta 800. Me pareció exagerada esta última cifra. Confirmó que no había error.
Tras lo escrito aquí y antes de enviarlo a este diario, en un acto social al que asistimos, a la misma mesa, quedó frente a nosotros nuestro amigo, don Jorge Halphen, embajador de Panamá en Austria, de visita aquí. Al comentar aquella experiencia en Viena nos manifestó que era muy cierto todo lo que dijo el ciudadano con quien habíamos conversado entonces. No llegamos a hablar de los delitos graves en Austria. El caso es que las penas severas, aun cuando algunos las critiquen, reducen la delincuencia. Cierto es, también, que cuando la ley es muy rigurosa, los jueces sienten aprensión para aplicarlas. Decía Leonardo da Vinci: "Quien no castiga el mal, ordena que se haga". No diríamos lo mismo, pero lo remedamos así: Quien con facultades para castigar el mal, omite hacerlo, se constituye en su encubridor y hasta en su promotor.
Exhorto a todos los panameños a que sugieran medidas al presidente para que fortalezca su liderazgo moral y ético aunque esas sugerencias divulguen cosas que se quieren mantener ocultas o reservadas.
Pero, ya que estamos de luna de miel, quiero colaborar con la retórica confusionista que se oye por doquier.
Ya debo cerrar después de tantos trabalenguas.
Aprovecho el espacio que me queda para sugerir que se sigan nombrando más militares, pero en el exterior. Todavía siento inseguridad de que los nombren en nuestra tierra firme. Admito que algunos de ellos, no sé si muchos o pocos, merecen rehabilitación, porque cayeron y han tratado de levantarse. Eso sí, ¡no nombren a ninguno que sea seguro candidato para ir a la Joya, el Renacer o cualquiera de nuestras cárceles modelos! ¿O sí?

101 años de Panamá América

 
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