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Santa Claus y el Niño Dios



Los versículos sobre el nacimiento de Cristo son inagotables. Una pieza literaria, histórica y espiritual de resonancia infinita. El misterio de la Navidad en la Biblia nos introduce a las paradojas con las cuales el evangelio se matiza de principio a fin: El Dios infinito, está ahí, en un pequeño niño; el Dios todopoderoso se hace presente en la debilidad de un recién nacido; la palabra se ha hecho llanto.
Da lástima que poco de esto sea motivo de tertulia en estos días. Como el pensamiento cristiano todavía no ha logrado ser objeto de consumo, ni genera los miles millones de dólares que sí provoca con su risa burlona el gordo Santa Claus, se le echa a un lado. Vende más el traje rojo que el pesebre con un niño desnudo. La barba blanca es más oportuna para el comercio desmedido, que en la mayoría de los casos es ejercido por gentes que no creen en el misterio de la Navidad, quienes desprecian los valores de humildad, perdón y hermandad que proclama el Divino Niño, Criatura ajena a la violencia o a la fuerza de un dios vengativo y acumulador de riquezas que otros adoran.
Los panameños nos hemos perdido entre la nieve artificial, la gran bolsa llena de regalos, las campanitas y tantos otros elementos creadores de una necesidad de consumo que no nació en Belén. En algún momento nos dejamos deslumbrar por las luces de las tiendas, y caímos en la trampa.
Debemos volver al camino inicial, en el que un Dios bondadoso decidió hacerse humano para compartir con nosotros las angustias, la lucha y la victoria. San Pedro Crisólogo escribió que Dios se hizo niño para que dejemos de tener miedo de él.
No temamos, pues, y revelémonos contra la costumbre absurda de meter en nuestras casas a un personaje tan baladí como Santa Claus, mientras dejamos sin hogar, otra vez, al humilde Niño Dios.

101 años de Panamá América

 
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