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Sao Paulo y la contaminación visual



Llenar la ciudad de grandes letreros y anuncios comerciales y de otra índole es otro tipo de contaminación, tan nocivo como el acústico, del que los "Diablos rojos", con sus troneras y bocinas de buque, son los peores. Todo ser humano tiene derecho a mirar libremente, sin que un letrero se interponga con sus mensajes directos o indirectos, y del mismo modo tiene derecho a disfrutar del silencio en paz, aun estando vivo o dormido.
Hay anuncios en la vía pública, a primera vista repugnantes y otros, más sutiles, que nos atraen aunque no queramos. Ambos son contaminantes. Entran sin permiso por nuestra vista hacia el cerebro, dejando un mensaje. Alguien dirá: "Nadie lo manda a mirar lo que no quiere". Pero ese es un argumento falaz. Aquello es una intromisión en la intimidad más íntima, la de nuestro pensamiento. Además, algunos son peligrosos porque obstruyen la visibilidad e impiden apreciar el paisaje, sea urbano o natural.
En Sao Paulo, capital industrial y comercial de Brasil, con más de 20 millones de habitantes, el alcalde acaba de adoptar una medida heroica contra la contaminación visual. Ha ordenado la remoción de todos los anuncios en las vías que excedan ciertas medidas razonables, incluyendo calles, aceras y lugares públicos, y los predios o edificios privados. Las razones que invoca son de índole de salud pública, medioambiental y de ornato. Constitucionalmente hablando, la medida - aquí y allá- es impecable. El interés privado ha de ceder siempre ante el colectivo.
Además, el alcalde paulista ha dado un plazo de tres meses, que está por vencer, para remover los anuncios, pancartas, letreros y similares, que excedan las medidas pautadas, elevando además, sustancialmente, el impuesto por ese concepto, y prohibiendo su emplazamiento en ciertas áreas, como parques, escuelas, hospitales y sitios de interés turístico. En lo que respecta a este diario, vimos los nuevos comerciales y observamos que están emplazados muy distantes unos de otros, a una altura que en nada obstruyen la visibilidad; y parecen medir un metro y medio por dos. ¿Qué gana la ciudad con la medida? La respuesta es simple. Luce ahora hermosa, con todo su esplendor, libre de los horribles parches comerciales. Hoy se aprecian mejor sus detalles, los inmensos parques forestales, las elegantes mansiones de antaño, las señoriales columnas de árboles, el verde intenso amazónico, los modernos edificios de ahora y la gracia de las tiendas que más parecen galerías de arte europeas.

101 años de Panamá América

 
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