¡Se busca un testaferro!
Mireya Moscoso, presidenta del país del Canal, tiene una obsesión fatal (construir contra la voluntad popular un camino de concreto que llama ecológico). Y como no puede ejecutar por sí misma, contra reloj, contra todo, busca un "testaferro" (la persona "que presta su nombre en un contrato, pretensión o negocio que en realidad es de otra persona") que, escudándose en su transitoria condición de Administrador General de la ANAM, haga realidad este resbaladizo capricho presidencial.
Y como se trata de un antojo convertido en "cuestión de Estado", todo aquel que tenga un mínimo de dignidad como para rehusarse a ejecutar este encargo letal e inaceptable, será defenestrado, con cualquier pretexto baladí, hasta que finalmente aparezca el testaferro inescrupuloso, el apóstata mercenario, el yes man, que sin mayores miramientos éticos y ambientales subscriba este Estudio de Impacto Ambiental (EIA), Categoría III, que ya dos administradores, en medio de indescriptibles presiones, han tenido el coraje de rechazar porque oportunamente han comprendido que no se debe complacer a un gobernante si con dicho consentimiento no sólo se viola la ley sino que se condena a toda una nación, a nosotros, a futuros e indefinibles suplicios ambientales.
Quien se preste para avalar este maligno EIA, lógico es pensarlo, podrá consolarse imaginado la gran alegría que su docilidad va a causar a la señora presidenta o limitando este delicado asunto a un simple prorrateo, a su favor, de pírricas ventajas monetarias. Pero cualquier justificación resultará siempre amoral y errática. ¿Amoral? Sí: porque quien asuma este infame rol de testaferro presidencial actuará como un símil de Judas en el proverbial drama donde Jesús fue entregado a sus verdugos por treinta denarios de plata. ¿Errática? Sí: porque quien ejecute este encargo canallescamente condenará a las presentes y futuras generaciones (a sí mismo y a su propia familia) a deflagraciones ambientales similares a las macabras igniciones que, como castigo a la corrupción y a los desenfrenos, sufrieron en la antigüedad los promiscuos habitantes -gobernantes y gobernados- de las míticas ciudades de Sodoma y Gomorra.
El buscado testaferro -metafóricamente hablando- hará las veces de Judas, de Anticristo, que en forma de cuchillo buscará clavarse en nuestras conciencias, corazones y esperanzas, para darle paso así a una pretensión que en su trasfondo "beneficiará" a una persona distinta a la que públicamente tenga que asumir la responsabilidad por tan infame y deshonrosa decisión. Este será, de concretarse, un laudo arbitrario, digno de Ripley, que se adoptaría no sólo en contra de la ley; también se proferiría en contra de la voluntad de los supuestos beneficiarios de este camino de concreto y en contra también de la opinión pública nacional e internacional.
La magnitud de esta patraña es tal que el eventual testaferro tendrá que estampar su firma sobre un EIA que fue rechazado porque estaba lleno de graves e insolubles anomalías. Pero estas anomalías no se están corrigiendo en forma seria, responsable, sobre el terreno, sino sobre el papel, en oficinas refrigeradas, con la participación de asesores legionarios extranjeros, que buscan compactar este desgreñado EIA que oportunamente fue rechazado por el ex Administrador General, Ricardo Anguizola, para evitar que con su complicidad -en un todavía imponderado acto de dignidad y de heroísmo- los intereses creados y las ambiciones personales destruyeran este hermoso santuario de vida que se llama el Sendero de los Quetzales.
Y después vino otro administrador general que dice que no sabía que ya había entrado al ocioso reino de Faúndes. Se presume que por viejo no se fue, pero se fue. Y la búsqueda continúa hasta que aparezca el testaferro que obsecuentemente diga "Oui madame!" o, como en los cuentos de Las mil y una noches, "¡escucho y obedezco!" Y apenas que aparezca una persona lo suficientemente inescrupulosa como para ejecutar este canallesco y criminal capricho, escucharemos las trompetas apocalípticas anunciando la convocación de foro público donde el testaferro defenderá las supuestas bondades de un EIA, corregido entre cuatro paredes, con el que la señora presidenta busca legalizar la construcción de una camino que sólo halla adeptos entre individuos ambiciosos e insensatos que son incapaces de entender, como profetizó el Gran Jefe Seattle, a mediados del siglo XIX, que lo que le suceda a la tierra le sucederá a los hijos de la tierra. ¿Acaso el silencio y nuestra falta de compromiso no nos ha venido haciendo cómplices, testaferros, de estos caprichos irracionales que aún se alzan amenazantes gracias a esta desidia generalizada que nos imposibilita entender que si hoy no combatimos estas arbitrariedades gubernamentales irremisiblemente estamos condenando a nuestros hijos a un mañana sin dignidad y sin esperanzas?
(samudio@cwpanama.net)
El problema está presente en Panamá como en muchos otros países del tercer mundo.
* Director del Instituto Libertad, Nueva Delhi, India.
(c) www.aipenet.com
Y como se trata de un antojo convertido en "cuestión de Estado", todo aquel que tenga un mínimo de dignidad como para rehusarse a ejecutar este encargo letal e inaceptable, será defenestrado, con cualquier pretexto baladí, hasta que finalmente aparezca el testaferro inescrupuloso, el apóstata mercenario, el yes man, que sin mayores miramientos éticos y ambientales subscriba este Estudio de Impacto Ambiental (EIA), Categoría III, que ya dos administradores, en medio de indescriptibles presiones, han tenido el coraje de rechazar porque oportunamente han comprendido que no se debe complacer a un gobernante si con dicho consentimiento no sólo se viola la ley sino que se condena a toda una nación, a nosotros, a futuros e indefinibles suplicios ambientales.
Quien se preste para avalar este maligno EIA, lógico es pensarlo, podrá consolarse imaginado la gran alegría que su docilidad va a causar a la señora presidenta o limitando este delicado asunto a un simple prorrateo, a su favor, de pírricas ventajas monetarias. Pero cualquier justificación resultará siempre amoral y errática. ¿Amoral? Sí: porque quien asuma este infame rol de testaferro presidencial actuará como un símil de Judas en el proverbial drama donde Jesús fue entregado a sus verdugos por treinta denarios de plata. ¿Errática? Sí: porque quien ejecute este encargo canallescamente condenará a las presentes y futuras generaciones (a sí mismo y a su propia familia) a deflagraciones ambientales similares a las macabras igniciones que, como castigo a la corrupción y a los desenfrenos, sufrieron en la antigüedad los promiscuos habitantes -gobernantes y gobernados- de las míticas ciudades de Sodoma y Gomorra.
El buscado testaferro -metafóricamente hablando- hará las veces de Judas, de Anticristo, que en forma de cuchillo buscará clavarse en nuestras conciencias, corazones y esperanzas, para darle paso así a una pretensión que en su trasfondo "beneficiará" a una persona distinta a la que públicamente tenga que asumir la responsabilidad por tan infame y deshonrosa decisión. Este será, de concretarse, un laudo arbitrario, digno de Ripley, que se adoptaría no sólo en contra de la ley; también se proferiría en contra de la voluntad de los supuestos beneficiarios de este camino de concreto y en contra también de la opinión pública nacional e internacional.
La magnitud de esta patraña es tal que el eventual testaferro tendrá que estampar su firma sobre un EIA que fue rechazado porque estaba lleno de graves e insolubles anomalías. Pero estas anomalías no se están corrigiendo en forma seria, responsable, sobre el terreno, sino sobre el papel, en oficinas refrigeradas, con la participación de asesores legionarios extranjeros, que buscan compactar este desgreñado EIA que oportunamente fue rechazado por el ex Administrador General, Ricardo Anguizola, para evitar que con su complicidad -en un todavía imponderado acto de dignidad y de heroísmo- los intereses creados y las ambiciones personales destruyeran este hermoso santuario de vida que se llama el Sendero de los Quetzales.
Y después vino otro administrador general que dice que no sabía que ya había entrado al ocioso reino de Faúndes. Se presume que por viejo no se fue, pero se fue. Y la búsqueda continúa hasta que aparezca el testaferro que obsecuentemente diga "Oui madame!" o, como en los cuentos de Las mil y una noches, "¡escucho y obedezco!" Y apenas que aparezca una persona lo suficientemente inescrupulosa como para ejecutar este canallesco y criminal capricho, escucharemos las trompetas apocalípticas anunciando la convocación de foro público donde el testaferro defenderá las supuestas bondades de un EIA, corregido entre cuatro paredes, con el que la señora presidenta busca legalizar la construcción de una camino que sólo halla adeptos entre individuos ambiciosos e insensatos que son incapaces de entender, como profetizó el Gran Jefe Seattle, a mediados del siglo XIX, que lo que le suceda a la tierra le sucederá a los hijos de la tierra. ¿Acaso el silencio y nuestra falta de compromiso no nos ha venido haciendo cómplices, testaferros, de estos caprichos irracionales que aún se alzan amenazantes gracias a esta desidia generalizada que nos imposibilita entender que si hoy no combatimos estas arbitrariedades gubernamentales irremisiblemente estamos condenando a nuestros hijos a un mañana sin dignidad y sin esperanzas?
(samudio@cwpanama.net)
El problema está presente en Panamá como en muchos otros países del tercer mundo.
* Director del Instituto Libertad, Nueva Delhi, India.
(c) www.aipenet.com