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Se van los norteamericanos y se inicia otra era


El viernes pasado tuvo lugar el significativo acto de despedida del Ejército Sur de nuestro suelo, luego de una presencia de 88 años. Un último contingente de 1,300 soldados se marcha a Puerto Rico y Florida, luego de lo cual quedará sólo un remanente de unas 300 unidades hasta el mediodía del 31 de diciembre próximo. Son los estertores de una era y el advenimiento de una nueva.
En realidad, la presencia armada de Estados Unidos en Panamá se remonta a mediados del siglo pasado, a raíz de la construcción del ferrocarril transístmico que fue el primer "canal seco" que comunicó las costas este y oeste de Estados Unidos, separadas entonces por un vasto territorio agreste y todavía indómito. El ferrocarril, administrado por estadounidenses, jugó un papel estelar en la independencia de Panamá, cuando se negó servicio de transporte desde Colón a las tropas colombianas que habrían frustrado el movimiento separatista.
Mas el estacionamiento formal y permanente de soldados estadounidenses en Panamá tuvo lugar en 1911 a raíz de la construcción del Canal que fue impulsada, entre otros, por las enormes dificultades estratégicas que sufrió Norteamérica en su guerra naval con España por el control del Caribe, Cuba y Puerto Rico, principalmente (1898).
De allí en adelante se inició una compleja relación de amor y odio, aguijoneada por la vecindad forzada, tratados injustos y el empleo de miles de panameños que sirvieron al Canal y a las fuerzas armadas de Estados Unidos con altas remuneraciones pero con un trato discriminatorio. La Zona del Canal era un paraíso en la Tierra, que podíamos admirar al atravesar sus estrechos corredores, todo ordenado, todo pintado y todo limpio. Por décadas sirvió para destacar nuestros defectos, configurar complejos y representar un modelo inalcanzable.
Pero en el ínterin aprendimos muchas cosas y adoptamos su moneda que nos libra de muchos males aunque nos ata a la política financiera de su emisor. Ello determinó para siempre nuestra economía abierta, orientada a los servicios hacia el extranjero y un sentido pragmático y xenofílico que no se encuentra en ninguna otra nación del continente.
También tuvimos explosivas reacciones nacionalistas y de orgullo herido. Los abusos estimularon a nuestros intelectuales e inspiraron la panameñeidad. Y las continuas intervenciones y represiones no hicieron más que templarla. El país se atrincheró tras su cultura y sus raíces; y al final sobrevivió al desproporcionado choque cultural, emergiendo indemne su latinoamericanismo y sus raigambres hispanas, entremezcladas con lo autóctono y el aporte de las migraciones.
El fin del milenio marca el inicio de una nueva relación con Estados Unidos, erigida sobre la base del respeto mutuo, la colaboración y concurrencia de intereses, en la que se consolida nuestra identidad nacional, quedándonos sin embargo algunas tareas por delante, las cuales enfrentaremos confiados las presentes y futuras generaciones. En el fondo, nada termina y todo comienza.


101 años de Panamá América

 
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