Secuestros en aumento
Según las estadísticas que mantienen algunas aseguradoras sobre rescates pagados a secuestradores para la liberación de rehenes alrededor del mundo, durante 1999 el número de rehenes raptados aumentó 6% en comparación con el año anterior. Al parecer, durante los últimos ocho años la cantidad de secuestros ha aumentado un 70%.
Las causas de los secuestros son múltiples. Entre ellas están la pobreza, desigualdades económicas, la disponibilidad de armas, la necesidad de fondos para adquirir más armas, y la incapacidad de los órganos de seguridad para prevenirlos e identificar y arrestar a los secuestradores. Pero el auge reciente responde principalmente al éxito que los secuestradores están teniendo en recibir lo exigido, principalmente dinero.
Hace unos días, el Coronel Muammar Kaddafi, el dictador de Libia por 31 años que fue bombardeado por Estados Unidos en 1986 por, entre otras cosas, estar entrenando a terroristas, intermedió en la liberación de seis rehenes franceses, alemanes y sudafricanos, secuestrados en la isla de Jolo en Filipinas por bandidos islámicos. Al parecer, el Coronel Kaddafi, a través de la fundación que lleva su apellido, creada para mediar en el conflicto filipino, pagó un millón de dólares por rehén, dineros estos que fueron, supuestamente, aportados por terceros. Al margen de las motivaciones de Libia y Kaddafi para intervenir en esta forma, esa transacción sigue otras dos: la liberación de nueve periodistas y evangelistas por el supuesto pago de nueve millones de dólares; y la liberación de un periodista alemán luego de que su empleador pago una cantidad no divulgada.
Los secuestros ocurren también en otras partes del mundo. En Tamil, India, hace un mes unos bandidos secuestraron a una estrella de cine. En Sierra Leone, un grupo de insurgentes raptaron a once soldados ingleses. Hace un mes en Fiji ocurrió el secuestro de su primer ministro y todo su gabinete. En enero y febrero se secuestraron dos aviones, uno que iba de India a Afganistán y otro de Kabul a Londres. Todavía la mayoría de los secuestros ocurren en Latino América, principalmente en Colombia, donde ya algunos pagan por adelantado para que no los secuestren.
Los gobiernos regularmente se oponen al pago de dinero para lograr la liberación de personas secuestradas, principalmente porque esos dineros son utilizados para adquirir armas, lo cual contribuye a la inseguridad e inestabilidad. Algunos países, como Italia, han llegado a penalizar el pago de rescate. Pero para los familiares y amigos de los secuestrados esas medidas no los disuaden.
La actividad es despreciable e injustificable, aun en situaciones extremas. Sin embargo, son una realidad que tenemos que enfrentar, individual y colectivamente. Ceder al pago o a exigencia para lograr la liberación de rehenes simplemente motiva más secuestros. Se requiere del decidido concierto de todas las naciones para perseguirlo y erradicarlo como delito de lessa humanidad.
Las causas de los secuestros son múltiples. Entre ellas están la pobreza, desigualdades económicas, la disponibilidad de armas, la necesidad de fondos para adquirir más armas, y la incapacidad de los órganos de seguridad para prevenirlos e identificar y arrestar a los secuestradores. Pero el auge reciente responde principalmente al éxito que los secuestradores están teniendo en recibir lo exigido, principalmente dinero.
Hace unos días, el Coronel Muammar Kaddafi, el dictador de Libia por 31 años que fue bombardeado por Estados Unidos en 1986 por, entre otras cosas, estar entrenando a terroristas, intermedió en la liberación de seis rehenes franceses, alemanes y sudafricanos, secuestrados en la isla de Jolo en Filipinas por bandidos islámicos. Al parecer, el Coronel Kaddafi, a través de la fundación que lleva su apellido, creada para mediar en el conflicto filipino, pagó un millón de dólares por rehén, dineros estos que fueron, supuestamente, aportados por terceros. Al margen de las motivaciones de Libia y Kaddafi para intervenir en esta forma, esa transacción sigue otras dos: la liberación de nueve periodistas y evangelistas por el supuesto pago de nueve millones de dólares; y la liberación de un periodista alemán luego de que su empleador pago una cantidad no divulgada.
Los secuestros ocurren también en otras partes del mundo. En Tamil, India, hace un mes unos bandidos secuestraron a una estrella de cine. En Sierra Leone, un grupo de insurgentes raptaron a once soldados ingleses. Hace un mes en Fiji ocurrió el secuestro de su primer ministro y todo su gabinete. En enero y febrero se secuestraron dos aviones, uno que iba de India a Afganistán y otro de Kabul a Londres. Todavía la mayoría de los secuestros ocurren en Latino América, principalmente en Colombia, donde ya algunos pagan por adelantado para que no los secuestren.
Los gobiernos regularmente se oponen al pago de dinero para lograr la liberación de personas secuestradas, principalmente porque esos dineros son utilizados para adquirir armas, lo cual contribuye a la inseguridad e inestabilidad. Algunos países, como Italia, han llegado a penalizar el pago de rescate. Pero para los familiares y amigos de los secuestrados esas medidas no los disuaden.
La actividad es despreciable e injustificable, aun en situaciones extremas. Sin embargo, son una realidad que tenemos que enfrentar, individual y colectivamente. Ceder al pago o a exigencia para lograr la liberación de rehenes simplemente motiva más secuestros. Se requiere del decidido concierto de todas las naciones para perseguirlo y erradicarlo como delito de lessa humanidad.