Seguridad y delincuencia
Hace poco menos de un mes, en Colón, Lupita Vásquez llegaba con su esposo Boris a un estacionamiento. Iban a sacarle fotocopia a un documento. En el instante en que se estacionaban se desató una balacera en su entorno. Boris le dijo que se agachara, y ambos esperaron a que cesara el tiroteo. Cuando terminó, Lupita no reaccionó, por lo que con su mano derecha Boris la movió y esta se fue contra el asiento. Fue entonces cuando vio cómo debajo de la oreja de su esposa salía un hilillo de sangre. Una bala le había penetrado por debajo de la oreja y se le alojó en la mitad de la cabeza, después de romper el cráneo. Doce días más tarde Lupita moría.
La situación se repitió luego en Patio Pinel, y después en Santa Ana, cuando el padre de un deportista también fue ultimado.
Los tres casos revelan la presencia de incertidumbre en nuestras calles. Ciertamente que no se trata de una situación predominante, pero es allí donde radica el problema. Nadie sabe con certeza cuándo puede ocurrirle, porque no hace falta ser parte de una banda para morir asesinado por una bala perdida.
Como en el caso de Lupita, "nadie" sabe quiénes fueron los responsables, aunque todo el mundo lo sepa. Hay quienes sostienen que lo que posibilita situaciones como esa es la indiferencia de las autoridades inmediatas. Personas que prefieren el anonimato afirman que hay policías que cobran comisiones por la venta de drogas, y otros intervienen en asesinatos por encargo. Pero "nadie" sabe nada. Si los jefes de zona y sus asistentes no lo saben, entonces deben ser sustituidos, porque no están haciendo su trabajo.
Se sabe que en los últimos años se ha desarrollado una intensa labor para sanear los órganos de seguridad del Estado, pero la efectividad de esa labor debe medirse por los resultados, y ser lo más enérgico posible contra aquellos que traicionan los propósitos a los que deben servir.