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Señor, usted es el hijo de la "cocinera"


Luego de ocurridos los hechos, todo el país tuvo muy claro que el tratamiento que recibió el acusado estaba en razón de su condición social, y, acaso étnico. Era muy sencilla la cosa. Señor, usted es el hijo de la "cocinera", y de Bocas del Toro, además. Hace poco más de 5 años, cuando el entonces honorable legislador Mario Miller vio comprometida su persona en una situación que parecía colindar con el delito de extorsión, éste recibió un tratamiento que echaba por la borda un conjunto de principios, casi universales, entre éstos, la presunción de inocencia, una figura que resulta cara al derecho penal. Para aquellos/as que no están familiarizados/as con nociones básicas del derecho se los explicamos en una sola línea. Toda persona a quien se le imputa la comisión de un delito o falta es inocente hasta que se pruebe distinto.
En el caso del bocatoreño Mario Miller operó en sentido contrario. Su culpabilidad o responsabilidad por los hechos que se le imputaban fue el punto de partida para todo el manejo que se le dispensó a su persona, no sólo en el ámbito estrictamente procesal penal sino, sobre todo, en el plano político, esfera donde venía desenvolviéndose con una prominencia que obedecía, en su momento, a una diversidad de factores. Para entonces, Miller era uno de los pocos afropanameños electos para formar parte de la Asamblea Legislativa. De estrato humilde, fue escogido por sus coprovincianos con un número de votos que no admitió cuestionamiento alguno. Con una locuacidad que rayaba en el desafío, Miller cuestionó, públicamente, algunas acciones del jefe del Organo Ejecutivo, de entonces, y las de prominentes figuras allegadas a personalidades de la oposición política al gobierno de turno. En eso, el ex legislador isleño no encontraba freno. No en balde, y, en más de una ocasión, algunos de sus copartidarios, quizá más duchos en los entretejidos del poder, le recomendaron prudencia, llamado al cual el prenombrado prestó poca atención. Y, desafortunadamente, pagó por su "osadía".
Comprometido, circunstancialmente, en una situación que en el curso de un largo proceso se fue aclarando y que, finalmente, la Corte Suprema de Justicia ha sellado con un fallo absolutorio, Mario Miller fue despojado de su condición de Honorable Legislador de la República y expulsado de su colectivo político, en uno de los actos más expeditos, por no utilizar otra calificación, que se haya visto en años recientes en la vida política nacional. Para el partido, también, Mario Miller era culpable. Aquí, al igual que en otros ámbitos, la presunción de inocencia fue a dar al patio. Y muchos/as, de adentro, no dijimos nada. La verdad sea dicha. No nos atrevíamos, entonces.
Pero como la vida es como es, al decir de una frase muy antigua, no tardó el país en conocer otra infortunada situación en la que un alto funcionario gubernamental quedó involucrado, y su honor cuestionado. Se trató del affair en torno a unas cuentas en una embajada de la República de Panamá en un país del distante Oriente. En ese caso, el sindicado estaba lejos de ser el vástago de una "cocinera". Por lo contrario, su apellido se cuenta entre los prominentes de la sociedad panameña. Y si bien, en este caso, al cubrir el tema, algunos medios de comunicación social, exhibieron el morbo que acostumbran cuando tienen entre manos una historia de este tipo, no fue menos cierto que la persona en referencia recibió los "beneficios" que concede, de forma indirecta, la presunción de inocencia. Y enhorabuena.
Dicen que las comparaciones siempre resultan odiosas. Pero yo suelo agregar que, por lo demás, son inevitables en algunas circunstancias. El caso de Miller no puede escapar a una suerte de comparación con el affair de la misión panameña en Oriente, en la medida que, en ambos casos, se daban algunos elementos coincidentes, así como la intervención de algunos funcionarios públicos y personalidades políticas. Más, estaba de por medio el mismo colectivo político que despojó de su investidura legislativa a Mario Miller.
En fin, fueron dos situaciones parecidas, no iguales, lo admito, pero muy parecidas, que merecieron dos tratamientos, distantes el uno del otro. ¿Qué factores incidieron para que ello fuese así? Ciertamente, muchos. Pero uno de ellos que difícilmente podrá ser excluido de ese vasto inventario, es aquel que casi toda la nación reconoció en su momento como un hecho fáctico y medular a la hora de las determinaciones: Mario Miller era el hijo de la "cocinera". Aún hoy día, su nouveau entourage político se lo recuerda. Y para muestra un botón. No acababa de secarse la tinta allí donde los/as magistrados/as de la Sala Penal habían estampado sus respectivas firmas confirmando la absolución de Miller, cuando el Señor Contralor General de la República adelantaba, voz en cuello, que aquel no tenía derecho a recuperar salarios caídos. Casi no medió reflexión alguna. Tenía pendiente, hace cinco años, exteriorizar estas ideas puesto que, al fin y al cabo, yo también soy hijo de una "cocinera" y saboreé, a través del caso del otrora honorable legislador Mario Miller, durante todo ese tiempo, y seguramente al igual que muchos otros panameños y panameñas, las vicisitudes que acarrea el "caer en desgracia" y no haber nacido en "cuna de oro".

101 años de Panamá América

 
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