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Ser católicos


Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos por decir: ¡Creo! El hombre, entonces, empieza a creer cuando esa fe es su respuesta a un Dios que se nos ha revelado por medio de la luz natural de la razón humana o por medio de las Sagradas Escrituras y la Tradición Apóstolica.
Cuando en verdad creemos, es decir, cuando estamos verdaderamente iluminados por la Revelación de Dios, veremos lo que está más allá de nuestro entendimiento y conoceremos esas verdades religiosas y morales que nos son innacesibles a la razón. Pero igual, como san José de Cupertino, aún "llenos de confusión mental", podremos ver para creer, ¡siempre y cuando tengamos un corazón manso y humilde!
Muchos se preguntan: "¿Por qué Dios no me habla?" ¿Cómo podemos decir ésto? Lo que quiere Dios de nosotros -su designio divino- se nos ha ido revelando progresivamente con toda plenitud. Primero, través de sus profetas; y, finalmente, por medio de su Verbo encarnado, Jesucristo. ¿Qué más puede ahora decirnos ese buen Dios? ¡Si no los ha dicho todo!
Al revelarse, de tal forma, la Providencia Divina ha querido salvarnos de iniquidades y ha querido hacer de nosotros sus hijos adoptivos. ¿Y qué hemos querido para nosotros mismos? Hemos querido recrear a nuestro antojo el verdadero mensaje de la Palabra de Dios. Y así, como "herejes", en palabras del Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Joseph Ratzinger, hemos estado diciendo que: "Estamos en posesión del sentido auténtico de la fe transmitida". Es decir, dejamos de creer en la Iglesia lo que, al fin y al cabo, ¡es como si dejáramos de creer en Dios! Porque como bien lo dijo el Divino Maestro: "Quién a vosotros rechaza, a mí me rechaza", Lc 10,16.
Cristo, Jesús, instituyó su Iglesia sobre los apóstoles, con Pedro como su cabeza ("Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, Mt. 16,18). La hizo universal ("Id y enseñad a todas las naciones", Mt. 28,19), y la hizo santa para santificar a los hombres ("Jesucristo amó a su Iglesia y se entregó para santificarla, a fin de hacerla comparecer santa e inmaculada", Ef. 5, 27). Y es una en su fe, porque admitimos un mismo Credo y una misma doctrina; y basta con negar una sola verdad de esa fe para dejar de ser católicos, y ser herejes. "A diario", dice el Cardenal Ratzinger, "admiro la habilidad de los teólogos que logran sostener exactamente todo lo contrario de lo que con toda claridad está escrito en claros documentos del Magisterio de la Iglesia".
El mayor pecado del mundo, aquel que no tiene perdón, es el que opone una resistencia formal a las luces e impulsos del Espíritu Santo. Ese pecado, que tiene una malicia especial, entre otras cosas, nos quiere apartar de la Iglesia y, por tanto, de Dios. Por ejemplo, ¿cómo es posible que, a estas alturas del conocimiento humano, se nos quiera decir que la sagrada tradición cristiana poco o nada tiene que ver con la fe? Hay innumerables documentos de esos muchos santos varones de la Iglesia que, como grandes maestros, transmitieron, explicaron y defendieron la fe de esa Iglesia y que, a partir del siglo IV, se les conoce como "Padres de la Iglesia" o "Santos Padres". Y a esto hay que agregar las declaraciones dogmáticas de los Papas y los Concilios que, también, son parte de esa tradición. Nuestra Iglesia, según la Tradición Patrística, es el "lugar donde florece el Espíritu" (San Hipólito). Por ello, creer que la Iglesia es Santa y Católica, y es Una y Apostólica es creer en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Cuando leo tanto irrespeto hacia la Iglesia y, en especial, tantos ataques sobre el clero católico, no puedo menos que pensar en la excepcional y maravillosa Hija y Doctora de la Iglesia, Santa Catalina de Siena, que consideraba a estas persecuciones contra los sacerdotes como obra de "los ministros del demonio". "Aún cuando el Papa fuese un demonio encarnado", decía la santa, "no debería yo levantar la cabeza contra él, sino inclinarme ante su autoridad y pedirle esa Sangre (la sangre de Cristo), de la que no puedo participar de otro modo". Uno de sus biógrafos nos ha dicho que semejante manera de pensar y hablar no habría estado en la mente y en la boca de Lutero, Calviño y los demás herejes. Así sólo habla "una santidad, dulce y humilde de corazón, obediente hasta la muerte". Bien ha dicho el Cardenal Ratzinger que debemos estar conscientes de las potencias del Mal y, por lo tanto, "la esencia del combate cristiano contra el demonio consiste en vivir cada día en la claridad de la luz de la fe".
Somos católicos, ¡no porque lo decimos!, sino porque, en palabras de Marina Videgaín de Españó, "respetamos y amamos a la Iglesia Católica" y la defendemos contra todo, y todos, hasta el final de nuestros días. Todo católico que así hace es porque cree en su Iglesia. Y creer en ella también significa ¡creer cuanto ella propone para nuestra creencia!
¡"Laus Deo Virginique Matri"!
El llamado que el apóstol Pablo le hace a los cristianos de la comunidad cristiana de Efeso, aún es aplicable a esta época, sobre todo para aquellos que se jactan de ser cristianos: "No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aún hablar de lo que ellos hacen en secreto". Efesios 5:11-12

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