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Ser mujer: Oficio peligroso


Fueron 24 en el año 2004, 35 en el 2005, 40 en el 2006 y 51 mujeres asesinadas en lo que va del año, incluidas tres niñas entre cuatro y catorce años.

La preocupación por el incremento en el número de víctimas sólo es sobrepasada por el horror que producen la crueldad y el ensañamiento de la mayoría de estos crímenes, que ponen de manifiesto un problema social profundo, que aumenta año tras año, y del que no pareciera haber conciencia ni voluntad para entender.

La PTJ ha registrado, de enero a agosto de este año, dos mil trescientas ochenta y tres denuncias por el delito de violencia doméstica, cifra sólo superada por las de hurto.

Esa proliferación de denuncias guarda estrecha relación con el número de asesinatos, pues en la mayoría de los casos la víctima de esta violencia es una mujer, cuya muerte es el epílogo sangriento de una historia de abusos repetidos impunemente y denunciados reiteradamente, ante la indiferencia y la negligencia de las autoridades, que cuentan con un instrumento legal específico para proteger a las víctimas y no lo hacen.

De las 51 mujeres asesinadas en lo que va del año, 16 han muerto a manos de su pareja, siete de su ex pareja y once de familiares o conocidos. Muertes ocasionadas por disparos, puñaladas, estrangulamiento, machetazos, golpizas brutales y lanzamiento de balcones o autos en movimiento por personas vinculadas de manera habitual o cercana a las víctimas.

El componente de agresión sexual, en muchos de los casos, no puede ignorarse y confirma lo que los grupos de mujeres hemos denunciado en el mundo entero: que la pornografía en general y la infantil en particular, así como el irrespeto a nuestra dignidad humana, es un factor que incita a la violencia contra mujeres y niñas porque contribuye a proyectarnos como objetos que pueden utilizarse o destruirse sin más, al presentar como aceptables imágenes violentas ligadas al sexo y éste expresado de manera aberrante y sádica.

La responsabilidad que recae sobre todos los medios de comunicación es muy grande y no puede minimizarse escudándose en la libertad de expresión o en las preferencias de la audiencia, convirtiéndose en cómplices y apologistas de este delito infame. La misma responsabilidad comparten las empresas que patrocinan esos programas.

Las mujeres no acudimos en la misma proporción que los hombres a la violencia ni cometemos delitos graves que resultan en la muerte propia o de otros. Es nuestra condición de mujeres la que nos hace vulnerables a ser víctimas, no sólo de los delitos que afectan a cualquiera, sino de ese específico que ha convertido el ser mujer en un oficio peligroso.

101 años de Panamá América

 
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