Sexualidad mediocre
La revolución sexual de los años 60 fue beneficiosa en la medida que hombres y mujeres develaron sin hipocresía los secretos solapados de un fenómeno biológico, largamente reprimido. No obstante, se empezó por un extremo, del que aún no hemos salido.
Ahora se imparte educación sexual temprana. Se dice que es lo más sano para un desarrollo integral, y tal vez lo sea. Los resultados revelan, sin embargo, otra cosa. Del mecanismo divino para perpetuar la especie, pasamos al instinto animal y de éste a la fuente del gozo supremo y al objetivo vital. Nunca antes, médicos, psicólogos y psiquiatras hicieron tanto dinero. Millones y millones en el mundo creen que sin sexo pleno, no hay vida plena; y se pierden en la búsqueda frenética de un ideal inalcanzable y brutalmente pasajero.
Todo parte de la responsabilidad. El sexo es un don, natural o divino; y por nuestra condición humana, situados en la cúspide de la evolución, debemos tener presente que no somos animales, y que nuestros actos están regidos por normas éticas. Un león puede devorar a las crías de otro, por preservar su patrimonio genético; pero eso no es admisible entre los humanos.
Somos cuerpo y espíritu. Y aunque no lo sintamos, el espíritu existe, es más perdurable y puede sobrevivir incluso a la muerte, a través de las huellas dejadas en vida, entre buenas, malas, grandes y pequeñas. Las obras de arte, por ejemplo, no son creación del cuerpo, sino del alma. Los animales no crean música, guiada por estrictas reglas matemáticas, ni pueden armonizar colores y palabras, ni pintar sentimientos.
El desenfreno de la sexualidad de hoy es producto de una visión miope. Jamás alcanzará la plenitud de una fusión de cuerpos y almas, de amor y éxtasis; de la sinfonía sublime del sexo físico y el amor, que está al alcance de todos, siempre que tengamos conciencia que la naturaleza humana es mucho más que un buen cuerpo.
Ahora se imparte educación sexual temprana. Se dice que es lo más sano para un desarrollo integral, y tal vez lo sea. Los resultados revelan, sin embargo, otra cosa. Del mecanismo divino para perpetuar la especie, pasamos al instinto animal y de éste a la fuente del gozo supremo y al objetivo vital. Nunca antes, médicos, psicólogos y psiquiatras hicieron tanto dinero. Millones y millones en el mundo creen que sin sexo pleno, no hay vida plena; y se pierden en la búsqueda frenética de un ideal inalcanzable y brutalmente pasajero.
Todo parte de la responsabilidad. El sexo es un don, natural o divino; y por nuestra condición humana, situados en la cúspide de la evolución, debemos tener presente que no somos animales, y que nuestros actos están regidos por normas éticas. Un león puede devorar a las crías de otro, por preservar su patrimonio genético; pero eso no es admisible entre los humanos.
Somos cuerpo y espíritu. Y aunque no lo sintamos, el espíritu existe, es más perdurable y puede sobrevivir incluso a la muerte, a través de las huellas dejadas en vida, entre buenas, malas, grandes y pequeñas. Las obras de arte, por ejemplo, no son creación del cuerpo, sino del alma. Los animales no crean música, guiada por estrictas reglas matemáticas, ni pueden armonizar colores y palabras, ni pintar sentimientos.
El desenfreno de la sexualidad de hoy es producto de una visión miope. Jamás alcanzará la plenitud de una fusión de cuerpos y almas, de amor y éxtasis; de la sinfonía sublime del sexo físico y el amor, que está al alcance de todos, siempre que tengamos conciencia que la naturaleza humana es mucho más que un buen cuerpo.