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Sexualidad y moralidad


El cuerpo y el alma tienen un sentido, una funcionalidad y una finalidad. Uno, la materia, es mortal y perecedero. La otra, el espíritu, es inmortal y eterna. El gran problema aún no resuelto por la ciencia ni por la filosofía es cómo pueden convivir el cuerpo y el alma a pesar de que, como decía San Pablo, la carne  lucha contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. Las tendencias de la carne, decía  el apóstol, son manifiestas: fornicación, impureza, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, disputas, celos, ira, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriaguez, gula y cosas semejantes. Por el contrario, los frutos del espíritu son: caridad, alegría, paz, tolerancia, bondad, fe, mansedumbre, continencias. Repulsa oír decir que esto es mojigatería cuando, en realidad, no puede existir una independencia entre el alma y el cuerpo (dualismo) o una negación del uno por el otro (materialismo). Es no distinguir entre lo que eleva y lo que rebaja. Lo que es moral y lo que es inmoral. Lo que salva y lo que condena. Es ignorar la fe y la supervivencia del espíritu.

El sexo, como se quiere entender hoy día, es una pura dimensión biológica que cada uno puede utilizar como quiera, siempre y cuando se eviten males mayores como el SIDA o el embarazo prematuro. La sexualidad, como se veía antes, era producto de una conquista amorosa. Era algo que tenía por guía el amor y no sólo el placer sexual. Y el amor era un sentimiento, el más delicado del alma. ¿Y qué ha pasado? Se ha buscado eliminar el concepto de pecado de las relaciones prematrimoniales, se han inventado riesgos a la continencia y se han facilitado los divorcios. No hay cientifismo, sino conveniencia humana. Una justificación para satisfacer el goce sexual y liberar a las personas del remordimiento. Se quiere acabar con la moral cristiana para hacer legítimo el placer carnal, ¡olvidándonos de Dios!

101 años de Panamá América

 
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