Sheldon Richman
El presidente Clinton cuando hace lo que debe, suele hacerlo de manera equivocada. Acaba de anunciar que, con el visto bueno del Congreso, va a condonar más de 5.000 millones de dólares que 36 naciones pobres deben al gobierno de Estados Unidos. Eso está bien, ya que la única manera que esa deuda sea pagada es si esos gobiernos extraen el dinero por la fuerza de sus ya oprimidos pueblos. Eso es inmoral y Estados Unidos no debe participar en ello.
Es obvio que no fue la gente de esos países pobres la que pidió prestado.
Los préstamos fueron a manos de los líderes políticos y el dinero probablemente fue lanzado a huecos sin fondo, como empresas estatales, simplemente canalizado hacia cuentas en bancos suizos.
Si alguien propusiera que la riqueza personal de los políticos del Tercer Mundo fuera entregada para pagar las deudas que tienen con los contribuyentes estadounidenses, yo aplaudiría. Pero asfixiar más a esos pobres pueblos que han sufrido bajo pésimos gobiernos sería un verdadero insulto.
Los préstamos a gobiernos extranjeros no han producido riqueza en el mundo en desarrollo, pero el plan de Clinton no se basa en eso y está imponiendo condiciones a la condonación de la deuda. Eso no sorprende de parte de alguien que se niega a rebajar los impuestos a menos que ello beneficie específicamente a aquellos ciudadanos que él quiere beneficiar. De igual manera, Clinton les dice a los gobiernos de los países pobres que no tendrán que pagar las deudas si se comprometen a utilizar ese dinero en salud, educación y programas para los pobres.
El gran mito de la posguerra es que sin capital proveniente de las naciones ricas, los países pobres nunca surgirán. Eso no tiene sentido.
Como el gran economista del desarrollo, P. T. Bauer, lo viene diciendo desde hace años, de ser ello cierto, ningún país se hubiera logrado desarrollar. ¿Quién ayudó a los primeros países a desarrollarse?
No es falta de capital el mayor problema de los países atrasados y pobres.
Al terminar la Segunda Guerra, Hong Kong no tenía capital ni recursos naturales ni agua potable. Pero sí gozaba de algo que hacía mucha falta por todas partes: libertad económica, libertad de empresa.
Esos son términos abstractos; permítame aclarar lo que quiero decir. La gente de Hong Kong tenía propiedad privada y un sistema legal que la protegía. Hago énfasis en esto porque mucha gente cree que la libertad más importante es la libertad política bajo una democracia, es decir, la libertad de votar. Pero la gente de Hong Kong no obtuvo esa libertad sino hasta justo antes de que los ingleses entregaran su vieja colonia a la China. Por el contrario, la gente en la India tiene el voto desde 1948 y sigue siendo miserablemente pobre.
No hay discusión posible en que para hacerse rico el derecho al voto significa muy poco comparado al derecho a mantener y controlar la propiedad. En Hong Kong prácticamente no hay impedimentos a la iniciativa privada. Los empresarios tienen total libertad de tratar de complacer los deseos de los consumidores, sin interferencia alguna de burócratas ni políticos. Consecuentemente, han sucedido dos cosas: los empresarios se hacen ricos y se dispara el nivel de vida de la gente común y corriente. Lamentablemente, los gobiernos de los países pobres utilizan las condonaciones de deuda extranjera como excusa para aumentar la burocracia y los obstáculos a la iniciativa privada, empeorando así el futuro de su propia gente. No son nuevos programas sociales lo que esa gente necesita, sino libertad, propiedad privada y seguridad jurídica. En una palabra, necesitan capitalismo. Si el presidente Clinton se sale con la suya, añadirá otra oscura página a su legado: continuación de la miseria en el mundo en desarrollo.
Es obvio que no fue la gente de esos países pobres la que pidió prestado.
Los préstamos fueron a manos de los líderes políticos y el dinero probablemente fue lanzado a huecos sin fondo, como empresas estatales, simplemente canalizado hacia cuentas en bancos suizos.
Si alguien propusiera que la riqueza personal de los políticos del Tercer Mundo fuera entregada para pagar las deudas que tienen con los contribuyentes estadounidenses, yo aplaudiría. Pero asfixiar más a esos pobres pueblos que han sufrido bajo pésimos gobiernos sería un verdadero insulto.
Los préstamos a gobiernos extranjeros no han producido riqueza en el mundo en desarrollo, pero el plan de Clinton no se basa en eso y está imponiendo condiciones a la condonación de la deuda. Eso no sorprende de parte de alguien que se niega a rebajar los impuestos a menos que ello beneficie específicamente a aquellos ciudadanos que él quiere beneficiar. De igual manera, Clinton les dice a los gobiernos de los países pobres que no tendrán que pagar las deudas si se comprometen a utilizar ese dinero en salud, educación y programas para los pobres.
El gran mito de la posguerra es que sin capital proveniente de las naciones ricas, los países pobres nunca surgirán. Eso no tiene sentido.
Como el gran economista del desarrollo, P. T. Bauer, lo viene diciendo desde hace años, de ser ello cierto, ningún país se hubiera logrado desarrollar. ¿Quién ayudó a los primeros países a desarrollarse?
No es falta de capital el mayor problema de los países atrasados y pobres.
Al terminar la Segunda Guerra, Hong Kong no tenía capital ni recursos naturales ni agua potable. Pero sí gozaba de algo que hacía mucha falta por todas partes: libertad económica, libertad de empresa.
Esos son términos abstractos; permítame aclarar lo que quiero decir. La gente de Hong Kong tenía propiedad privada y un sistema legal que la protegía. Hago énfasis en esto porque mucha gente cree que la libertad más importante es la libertad política bajo una democracia, es decir, la libertad de votar. Pero la gente de Hong Kong no obtuvo esa libertad sino hasta justo antes de que los ingleses entregaran su vieja colonia a la China. Por el contrario, la gente en la India tiene el voto desde 1948 y sigue siendo miserablemente pobre.
No hay discusión posible en que para hacerse rico el derecho al voto significa muy poco comparado al derecho a mantener y controlar la propiedad. En Hong Kong prácticamente no hay impedimentos a la iniciativa privada. Los empresarios tienen total libertad de tratar de complacer los deseos de los consumidores, sin interferencia alguna de burócratas ni políticos. Consecuentemente, han sucedido dos cosas: los empresarios se hacen ricos y se dispara el nivel de vida de la gente común y corriente. Lamentablemente, los gobiernos de los países pobres utilizan las condonaciones de deuda extranjera como excusa para aumentar la burocracia y los obstáculos a la iniciativa privada, empeorando así el futuro de su propia gente. No son nuevos programas sociales lo que esa gente necesita, sino libertad, propiedad privada y seguridad jurídica. En una palabra, necesitan capitalismo. Si el presidente Clinton se sale con la suya, añadirá otra oscura página a su legado: continuación de la miseria en el mundo en desarrollo.