Si a alguien le importara
Doy gracias a Dios por haber nacido en un hogar humilde en donde mis progenitores me enseñaron respeto propio, el valor de las ideas, la necesidad de tener metas y luchar en pro de ellas. No trato, de ninguna manera, parafrasear a Platón, quien hace casi 2401 años, dijo: ‘‘Doy gracias a Dios por haber nacido griego, y no bárbaro; por haber nacido libre, y no esclavo; por haber nacido hombre, y no mujer; pero sobre todo, doy gracias a los dioses, por haberme permitido nacer en el siglo de Sócrates''.
Doy gracias a Dios por haberme permitido la vida: me ha permitido nacer, crecer, estudiar, graduarme, casarme, tener hijos e hijas, trabajar, escribir algunos libros, ser crítico y autocrítico, amar a mis amigos y orar por mis enemigos.
Doy gracias a Dios por enseñarme a no beber de las aguas amargas de los espíritus mezquinos; a no mecer mi hamaca amarrada en los troncos de la envidia y por enseñarme también que debo distanciar mi coche de aquellos hangares en donde estaciona la mediocridad y la cursilería.
Sin duda alguna, me siento agradecido con Dios y con la vida y es éste, mi agradecimiento, lo mínimo que puedo expresar porque, en definitiva, no merezco tantas gracias y favores divinos.
Doy gracias a Dios por haberme dado la palabra: instrumento singular de mi trabajo y noble herramienta que ha sido en muchos estrados tribunalicios para la adopción de no pocas libertades para seres que creían haberla perdido y con ella toda esperanza de vida.
Doy gracias a Dios que me dio valentía para no temer a la palabra pérfida del enemigo oficioso, pero también para enfrentar al causado, inconscientemente, por algún acto mío. Valentía para enfrentar al poderoso como en los viejos tiempos al militar exiguo.
Seguro que también doy gracias a Dios porque, aunque tarde, pude aprender el valor de la palabra “perdón” y que puedo pronunciarla cuando una acción mía lastima o hiere el alma de un semejante o de un ser querido.
Pido a Dios que me siga dando de todo lo que me ha dado: que no claudique la palabra noble; que no desmaye la voz sincera y que no se destruya la pluma que mis ideas encamina, pero sobre todo, que me haga cada día más humilde sin que ello importe la renuncia a mi propia estima.
Pido a Dios que me llene de rebeldía: para romper los juncos que atosigan a los hombres cada día; que no sea yo indiferente ante los avances de la injusticia o que ceda territorio alguno a los pasos de la hipocresía y que a causa de ello prolifere el camino de los que engañan con palabras suaves pero llenas de perversa alevosía.
En fin, por si a alguien incomodara, además de dar gracias a Dios con este remitido, le pido disculpas por este artículo muy mío.