Si el que escruta gana . . .
Independientemente de lo que pueda uno pensar sobre el comportamiento de los partidos o de los candidatos o de los tribunales que se vieron envueltos en el largo y accidentado período posterior a las elecciones, el mero hecho de que pasaran más de cinco semanas sin que se supiera quién había ganado es algo que, sin duda, ha empañado la imagen de la gran democracia norteña.
Peor todavía viene a ser el hecho de que el guardián de la democracia en el mundo quede con una autoridad moral muy mermada para calificar procesos electorales en otras partes, y más menoscabada aún si se trata de calificarlos para los efectos de determinar sus programas de ayuda.
Para nosotros, como para muchas democracias incipientes, es una dura lección, pero una lección que hay que traducir a hechos. Con las grandes sumas de dinero que se mueven en unas elecciones (en las pasadas se habló hasta de treinta y cuarenta millones de dólares además de la cuantiosa ayuda del Tribunal Electoral para los partidos), en un país agobiado por la pobreza, por el desempleo y, sobre todo, por la inseguridad de las mayorías frente al futuro, dentro de un clima de corrupción generalizada, demasiado fácil resulta manipular escrutinios como para que los partidos y el Tribunal Electoral no tomen las precauciones necesarias. Para nosotros el riesgo no es que la Corte Suprema decida, sino que la solución la den las armas como en 1968.
Los escrutinios deben hacerse en una mesa cuadrada y representantes de cada contendor deben poder verificar el contenido del voto a una distancia que puedan franquear con la mano, y las papeletas deben estar confeccionadas de modo que permitan que esto se haga con facilidad. Del otro lado de estas acciones, asoma sobrecogedoramente la sombra del caos.
Peor todavía viene a ser el hecho de que el guardián de la democracia en el mundo quede con una autoridad moral muy mermada para calificar procesos electorales en otras partes, y más menoscabada aún si se trata de calificarlos para los efectos de determinar sus programas de ayuda.
Para nosotros, como para muchas democracias incipientes, es una dura lección, pero una lección que hay que traducir a hechos. Con las grandes sumas de dinero que se mueven en unas elecciones (en las pasadas se habló hasta de treinta y cuarenta millones de dólares además de la cuantiosa ayuda del Tribunal Electoral para los partidos), en un país agobiado por la pobreza, por el desempleo y, sobre todo, por la inseguridad de las mayorías frente al futuro, dentro de un clima de corrupción generalizada, demasiado fácil resulta manipular escrutinios como para que los partidos y el Tribunal Electoral no tomen las precauciones necesarias. Para nosotros el riesgo no es que la Corte Suprema decida, sino que la solución la den las armas como en 1968.
Los escrutinios deben hacerse en una mesa cuadrada y representantes de cada contendor deben poder verificar el contenido del voto a una distancia que puedan franquear con la mano, y las papeletas deben estar confeccionadas de modo que permitan que esto se haga con facilidad. Del otro lado de estas acciones, asoma sobrecogedoramente la sombra del caos.