Si Mireya no existiera
Cuando de presidente, Arnulfo Arias decidió construirse una casa, no la asentó en un barrio aristócrata. Escogió la proletaria Carrasquilla. Cuando quiso hablarle al pueblo, lo citó al Parque de Santa Ana. Cuando decidió dedicarse a los negocios, se hizo agricultor. Y lo hizo todo, más por coherente que por humilde. Tomar posesión en el Estadio, renueva el clásico estilo arnulfista. Deja entrever decisión de gobernar para los pobres. Pero también, una clara advertencia a los adversarios: "ándense con cuidado, detrás mantengo alineadas las huestes de mi pueblo". Y para que no quepan dudas de que Arnulfo vive, la Banda Presidencial, bordada para la ocasión en hilos de plata y oro, será depositada sobre su tumba, en un acto de profunda simbología.
En el "94, la imagen de un Endara errático, picándole los pies por dejar el poder, hizo de telón de fondo a la de un Pérez Balladares capaz y lleno de ganas, que entonces asumía. Hoy la historia se repite en espiral, y aquella altivez, hace resaltar la ascendencia santeña y de hija de maestro, de la primera mujer Presidente. Mientras, con sonido de dulce revancha, tañe la campanada inicial del gobierno de la Evita panameña. Y más le valdrá cumplir con su gente: los desposeídos.
"Si Mireya no existiera; en nombre de la paz, no tendríamos más remedio que inventarla", me dijo hace meses César Pereira. Conocí de cerca, porque tuve la oportunidad de estudiar ambas, las expectativas que generaron Nicky y Pérez Balladares. Resultan aguas tibias al lado de la erupción de hoy. De forma soterrada, así de imperceptible como cuando un volcán pugna por emerger a la corteza terrestre, se fragua una explosión en la efervescencia de la esperanza del pobre.
Como brisa mañanera, la esperanza refresca las cabezas y alivia de violencia las sociedades. Los desesperanzados se retuercen entre el mesianismo y las soluciones mágicas. Y cuando el espejismo se agota, asaltan supermercados, revientan vitrinas, se desata la violencia incontrolable con la consecuente paralización económica. Debiéramos reparar más en, ese hervidero que siempre es, el clima social.
Ojalá los políticos tuviesen mayor conciencia de cómo, con lo que hacen, construyen ese clima ciudadano. La gente no dispone de una escala de valores para su vida y otra para la política. Así, si durante la cena usted acuerda algo, que luego se desconoce apenas durante el desayuno, lo normal es que concluya falta de seriedad. Al ciudadano, le resulta difícil creer en la vergüenza y lealtad de una organización que hoy abjura con todas su fuerza de aquel líder, pero mañana sin empacho, se le inscribe.
Para muestra un botón: los solidarios optaron por desconocer el acuerdo firmado, con sus aliados de los últimos cinco años, el PRD. Mientras, aceptaban propuesta del lado de Unión por Panamá en pro de la mayoría parlamentaria y propiciar gobernabilidad. De paso dejaron al descubierto la ingenuidad de quienes apuraron el acuerdo inicial, y la sapiencia de aquellos PRD quienes nunca avalaron. Otra perla: y dónde quedan las críticas a la Presidenta que sólo ayer lanzaba un PDC. Más aún, cómo se come esa especie de híbrido inescrutable que el PDC hoy pretende empujarnos, de un apoyo legislativo pero ajeno a la alianza de gobierno.
En elecciones, el político moderno sabe auxiliarse de los medios de comunicación. Pero en los largos lapsos entre contiendas, muestran recursos escasos. Es aquí, en los períodos no electorales, donde se fraguan las actitudes que luego hacen ganar o perder elecciones. Hoy no dedican suficiente esfuerzo a explicar que la política, por propia naturaleza es tan voluble como el clima o la bolsa; menos de las bondades de poder conversar entre corrientes antagónicas, lo que hace diez años era inimaginable.
Pero una cosa es la volubilidad política y otra el consabido secretismo con que se manejan las negociaciones, que deja cierto tufillo a, lo que El Siglo denomina, "Operación Maletín". Hoy Mireya cuenta con mayoría parlamentaria. Mañana podremos desayunarnos con otra realidad inconsulta y sectaria. Porque insisto tercamente en la necesidad de que los panameños creamos en los partidos y en sus dirigencias, me resisto a concluir que políticos pretendan, al menos conscientemente, hacernos sentir hoy como marionetas. Tamaño esfuerzo nos espera a los que mañana formaremos parte de la misión de captar votos.
Arrestado como pocos, Pérez Balladares también mostró su lado humano, y en vísperas de su salida, lloró. Gimió de frustración, de rabia, mientras deja una sensación de "nunca antes gobierno tan bueno, resultó tan incomprendido". Como hombre, se le respeta su llanto. Pero Ernesto no puede quejarse. La vida le ha sido pródiga en aplausos, no por fáciles, inmerecidos. Con sólo 25 años, ascendió a ministro de Torrijos; a los 30, director del IRHE; a los 40, secretario general del partido más grande que ha conocido nuestra historia; a los 50 ya era Presidente. Si Mireya en su humildad, hubiese llorado cada vez que alguien ha hecho mutis de sus virtudes, ya estaría deshidratada. Esa es la diferencia entre nacer en cuna de oro, o en pesebre.
Ningún presidente acumula mejor evaluación de su gestión, que Pérez Balladares. Políticamente, su actuación resulta brillante, sólo hasta momentos antes de la caída del telón. En el último acto el director de la pieza, destruyó con los pies lo que él y su elenco construyeron con las manos. El fallido CMA, la reelección, el irrespeto a la autonomía universitaria, la pérdida de Martín, la selección de figuras polémicas como ministros, la Sala Quinta, el lío de la visas a chinos, y ya en último soliloquio, indulto a delincuentes comunes. Todo sazonado en salsa soberbia. Penoso colofón para la obra de este Presidente, brillante entre los brillantes, que mereció mejor final.
Hoy el Estadio olerá a chabelita y hierba buena. Un mar de pobres, presenciará una toma de posesión, mientras el inconsciente colectivo presagia una ascensión. Bajo la aparente solaz social, se cocinó descontento y decepción popular con un período presidencial que no respondió como esperaban. Hoy campos y ciudades vuelven a vestir esperanza; si Mireya no existiera, habría que inventarla.
En el "94, la imagen de un Endara errático, picándole los pies por dejar el poder, hizo de telón de fondo a la de un Pérez Balladares capaz y lleno de ganas, que entonces asumía. Hoy la historia se repite en espiral, y aquella altivez, hace resaltar la ascendencia santeña y de hija de maestro, de la primera mujer Presidente. Mientras, con sonido de dulce revancha, tañe la campanada inicial del gobierno de la Evita panameña. Y más le valdrá cumplir con su gente: los desposeídos.
"Si Mireya no existiera; en nombre de la paz, no tendríamos más remedio que inventarla", me dijo hace meses César Pereira. Conocí de cerca, porque tuve la oportunidad de estudiar ambas, las expectativas que generaron Nicky y Pérez Balladares. Resultan aguas tibias al lado de la erupción de hoy. De forma soterrada, así de imperceptible como cuando un volcán pugna por emerger a la corteza terrestre, se fragua una explosión en la efervescencia de la esperanza del pobre.
Como brisa mañanera, la esperanza refresca las cabezas y alivia de violencia las sociedades. Los desesperanzados se retuercen entre el mesianismo y las soluciones mágicas. Y cuando el espejismo se agota, asaltan supermercados, revientan vitrinas, se desata la violencia incontrolable con la consecuente paralización económica. Debiéramos reparar más en, ese hervidero que siempre es, el clima social.
Ojalá los políticos tuviesen mayor conciencia de cómo, con lo que hacen, construyen ese clima ciudadano. La gente no dispone de una escala de valores para su vida y otra para la política. Así, si durante la cena usted acuerda algo, que luego se desconoce apenas durante el desayuno, lo normal es que concluya falta de seriedad. Al ciudadano, le resulta difícil creer en la vergüenza y lealtad de una organización que hoy abjura con todas su fuerza de aquel líder, pero mañana sin empacho, se le inscribe.
Para muestra un botón: los solidarios optaron por desconocer el acuerdo firmado, con sus aliados de los últimos cinco años, el PRD. Mientras, aceptaban propuesta del lado de Unión por Panamá en pro de la mayoría parlamentaria y propiciar gobernabilidad. De paso dejaron al descubierto la ingenuidad de quienes apuraron el acuerdo inicial, y la sapiencia de aquellos PRD quienes nunca avalaron. Otra perla: y dónde quedan las críticas a la Presidenta que sólo ayer lanzaba un PDC. Más aún, cómo se come esa especie de híbrido inescrutable que el PDC hoy pretende empujarnos, de un apoyo legislativo pero ajeno a la alianza de gobierno.
En elecciones, el político moderno sabe auxiliarse de los medios de comunicación. Pero en los largos lapsos entre contiendas, muestran recursos escasos. Es aquí, en los períodos no electorales, donde se fraguan las actitudes que luego hacen ganar o perder elecciones. Hoy no dedican suficiente esfuerzo a explicar que la política, por propia naturaleza es tan voluble como el clima o la bolsa; menos de las bondades de poder conversar entre corrientes antagónicas, lo que hace diez años era inimaginable.
Pero una cosa es la volubilidad política y otra el consabido secretismo con que se manejan las negociaciones, que deja cierto tufillo a, lo que El Siglo denomina, "Operación Maletín". Hoy Mireya cuenta con mayoría parlamentaria. Mañana podremos desayunarnos con otra realidad inconsulta y sectaria. Porque insisto tercamente en la necesidad de que los panameños creamos en los partidos y en sus dirigencias, me resisto a concluir que políticos pretendan, al menos conscientemente, hacernos sentir hoy como marionetas. Tamaño esfuerzo nos espera a los que mañana formaremos parte de la misión de captar votos.
Arrestado como pocos, Pérez Balladares también mostró su lado humano, y en vísperas de su salida, lloró. Gimió de frustración, de rabia, mientras deja una sensación de "nunca antes gobierno tan bueno, resultó tan incomprendido". Como hombre, se le respeta su llanto. Pero Ernesto no puede quejarse. La vida le ha sido pródiga en aplausos, no por fáciles, inmerecidos. Con sólo 25 años, ascendió a ministro de Torrijos; a los 30, director del IRHE; a los 40, secretario general del partido más grande que ha conocido nuestra historia; a los 50 ya era Presidente. Si Mireya en su humildad, hubiese llorado cada vez que alguien ha hecho mutis de sus virtudes, ya estaría deshidratada. Esa es la diferencia entre nacer en cuna de oro, o en pesebre.
Ningún presidente acumula mejor evaluación de su gestión, que Pérez Balladares. Políticamente, su actuación resulta brillante, sólo hasta momentos antes de la caída del telón. En el último acto el director de la pieza, destruyó con los pies lo que él y su elenco construyeron con las manos. El fallido CMA, la reelección, el irrespeto a la autonomía universitaria, la pérdida de Martín, la selección de figuras polémicas como ministros, la Sala Quinta, el lío de la visas a chinos, y ya en último soliloquio, indulto a delincuentes comunes. Todo sazonado en salsa soberbia. Penoso colofón para la obra de este Presidente, brillante entre los brillantes, que mereció mejor final.
Hoy el Estadio olerá a chabelita y hierba buena. Un mar de pobres, presenciará una toma de posesión, mientras el inconsciente colectivo presagia una ascensión. Bajo la aparente solaz social, se cocinó descontento y decepción popular con un período presidencial que no respondió como esperaban. Hoy campos y ciudades vuelven a vestir esperanza; si Mireya no existiera, habría que inventarla.