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Sí, todos somos panameños


Fue muy positiva la elección del legislador "saltamonte" Enrique Garrido, un meritorio educador de la Comarca Kuna Yala, graduado de la USMA.
Tal aseveración, la cual comparto y me atrevo a asegurar suscribe, sino toda, buena parte de la nación panameña, fue parte del texto de un editorial que vio la luz a escasas horas de la elección del honorable legislador Garrido como presidente de la nueva Asamblea Legislativa que se estrenó el día 1 de septiembre próximo pasado. Las razones que parecieran animarnos a todos, y que concurren a generar tal coincidencia de opiniones, están debidamente justificadas. Garrido es un indígena y todos, pero absolutamente todos en este país, sabemos que el escogimiento de un descendiente de Nele Kantule como presidente de un órgano del Estado panameño es un hecho de ocurrencia excepcional. Y tanto es así que el propio favorecido con las intensas "negociaciones" en torno al cargo, dentro y fuera del hemiciclo, lo apuntaló en los primeros párrafos de su discurso de aceptación, y lo hizo con una dignidad plausible.
La notoriedad del acontecimiento también ha alcanzado a los medios de prensa internacionales los cuales lo han destacado. El New York Times, entre otros, se ha ocupado del "detalle": un indígena al frente del "rgano Legislativo en un país de América Latina en el que, como en casi todos, la población indígena está marginada y es abiertamente discriminada.
Acá, en el plano local, y con algo de ligereza, el editorial del diario de donde extractamos el texto con el cual iniciamos este breve comentario, señalaba que (ello) la elección del legislador Enrique Garrido "simboliza el triunfo de la integración sobre la marginación y un mentís a quienes insisten en hablar de discriminación".
Como quiera que nos contamos entre los aludidos, como vocero del Comité Panameño Contra el Racismo, lo que se nos ha ocurrido hacer es obviar el "petardo" y un poco examinar el contenido de lo anotado en la columna antes referida. En ese sentido una primera reflexión sería interrogarse ¿Acaso será posible que un hecho tan extraordinario, en todos los sentidos, y, por ende, circunstancial, como lo es la elección de un indígena al frente de la dirección de la Asamblea Legislativa, borre de un solo tajo una situación históricamente construida y la cual padecen miles de indígenas de nuestro país? ¿Tendrá semejante alcance el principal corolario de la agitada jornada matutina del pasado 1 de septiembre en la Asamblea Legislativa?
Con el mayor respeto al editorialista, me parece que el asunto no da para tanto y, por el contrario, no hace más que confirmar que "la regla ", en cuanto a este tema, no es otra que la patética realidad que viven los indígenas panameños todo los días: la discriminación. Creo que el honorable Enrique Garrido sería el primero en admitir que el día miércoles no cesó la histórica marginación de sus hermanos y hermanas. Por el contrario, y así lo señaló en su discurso en el Estadio Nacional, se hace necesario erradicar todas las condiciones sociales que oprimen a los pueblos indígenas de nuestro país. De modo que nos parece que hablar de "triunfo de la integración" (concepto, éste último, que da para mucho debate) resulta, ni más ni menos que un eufemismo.
El editorial con el que aquí nos hemos permitido discrepar, apelando a la tolerancia que debe imperar en los medios de comunicación, insiste en emplear una metodología que hemos objetado en oportunidades anteriores en cuanto al manejo del debate sobre la discriminación racial (y de otros tipos) en la sociedad panameña. Y es aquella de negar que el problema existe.
A nuestro juicio, nunca es conducente negar la existencia de un problema, como mecanismo para resolver o, al menos, dar algunos pasos de cara a la solución del mismo. Reiterar que en nuestra sociedad no se discrimina, de ningún modo disipa una situación que vive un número importante de panameños y panameñas, a diario, entre los cuales se destacan, indudablemente, los descendientes de los primeros pobladores del Istmo.
Sin duda, a la nación, en su conjunto, le cuesta más (por múltiples razones) reconocer el problema y afrontarlo. No obstante, me parece que es lo que éticamente se impone, sobre todo, por una razón muy sencilla que el propio editorial objeto de este comentario señala en su párrafo final: "todos somos panameños".

101 años de Panamá América

 
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