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"Sic transit panamaensis hominis"


El progreso, como la belleza, depende de los ojos del observador. En las ciudades el crecimiento edilicio es uno de los parámetros habituales. Pero no es la altura ni el tamaño de los edificios lo que hace atractiva una ciudad. Recuerdo una noche de invierno en París. Estaba apoyado en el parapeto del Pont Neuf y bajo los efluvios de un delicioso demisec miraba caer la nieve sobre el Sena, iluminado por los fuegos pirotécnicos y los miles de reflejos de la Ciudad Luz en las primeras horas del Año Nuevo. Comprendí entonces la diferencia que hay entre las grandes urbes y las ciudades grandiosas.

Panamá experimenta un crecimiento que asombra a propios y extraños, pero lo hace como un adolescente desgarbado. Suelo pasar atardeceres observando los esplendores de la bahía desde una pequeña plaza de San Felipe, junto al antiguo Club Unión. Es otro pequeño Aleph de los muchos que llevo conmigo. Pero toda esa serenidad asombrosa se evapora cuando hay que transitar.

El caos de las horas pico -y de las que no lo son- tiene algunas causas y muchas explicaciones. Hay más vehículos que aceras y semáforos inteligentes o policías dispuestos. Las autopistas son ineficientes, oscuras y peligrosas y las más caras por distancia recorrida. El servicio público y el privado están en manos de los anarquistas. Buses y taxis paran en medio de la calle, sin aviso previo. Los pasajeros suben y bajan por ambos lados. Para ellos no hay carriles ni señales ni luces de giro ni multas. Los camiones circulan a velocidades fantásticas, aún para un carro deportivo. La carga la riegan a varios metros de distancia. La policía lo ve y para al auto que la esquiva, sobre todo si es de marca. No hay agentes de tránsito. Las paradas de autobuses están torpemente ubicadas después de los semáforos, de tal modo que dos o tres buses en fila tapan la bocacalle (Avenida Aquilino de la Guardia y calle 50) en esa misma vía, la de Aquilino esquina Banco General, hace varios meses falta una alcantarilla y el cruce sin semáforo ocasiona un atascamiento que llega hasta calle 53 Marbella y de la calle 50 a la Av. Balboa. Las ambulancias, el tránsito o los bomberos siempre llegan tarde.

Pero lo que es más difícil de entender es la ausencia absoluta de un programa de información y educación vial continua. Desde hace años no vemos una cuña por TV. No hay folletos, panfletos ni periódicos que le dediquen al problema un espacio permanente. Las tragedias diarias ponen en evidencia la indolencia y la irresponsabilidad que el gobierno tiene para con la vida de los ciudadanos a los que está constitucionalmente obligado a proteger.

Un turista me dijo que venía a ver la ciudad que se vende por TV, pero que a las pocas cuadras, después de alquilar un auto, lo dejó donde pudo. Así transita el hombre panameño. Al menos el que no tiene chofer o es presidente, ministro o diputado.

101 años de Panamá América

 
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