Siempre mujer, siempre madre
La densidad poblacional y automotriz de las calles en la urbe capitalina, se incrementa durante los días previos a la celebración del día de la madre y de las fiestas navideñas. El estímulo que suscita en nosotros (as) (Agasajar) a Nuestra Progenitora no guarda paralelo con ninguna otra celebración.
La madre durante estas esfemérides, ocupa un rol preponderante en nuestro corazón, actitud y comportamiento. No obstante, las significativas muestra de atención, es necesario crear conciencia de que existen formas más valoradas de transmitirle nuestro respeto y admiración; porque la madre que agasajamos materialmente, es la misma a la que maltratamos el resto de los días, en ocasiones hasta quitarle la vida; al tenor de lo cual es válido recordar el incremento de femicidios y maltrato femenino que se da en nuestro país, lo que indica una contradicción e incoherencia, digna de estudios e investigaciones a profundidad. Las mujeres y la sociedad en general, apreciarían que se reconociera su trabajo y su valor mediante el respeto que llevaría al cese de todas las formas de abuso hacia ella, con lo cual colaboraríamos en la construcción de seres humanos justos; por consiguiente sociedades, más saludables.
Ahora bien, la mujer en nuestra sociedad padece abusos en todas las esferas de la vida, no sólo en la doméstica. Es víctima de los sistemas de justicia que no afinan sus instrumentos para protegerla y resguardarla de los miles de peligros que se ciernen sobre ella. A veces las propias mujeres contribuimos a revictimizarla cuando nos encontramos en puestos de poder jurídicos o laborales.
Qué decir de las mujeres insertas en grupos sociales de estratos bajos, condenadas a la servidumbre laboral por las carencias y requerimientos que confrontan, o aquellas pertenecientes a etnias que, en nuestro alienamiento social, consideramos de” menos categoría”, como la mujer indígena o negra? Ya es hora de que en nuestro país el estado y las autoridades tomen de verdad acciones concretas y claras que eviten los malos tratos que otorgamos a la mujer, que es a su vez esa madre que decimos realzar una vez al año.
Acabemos para siempre la violencia social y laboral a la que está expuesta, cuando depende de una prueba de embarazo para ser contratada; cuando, violando leyes, se le mantiene bajo contratos repetitivos, hurtándole la seguridad emocional que amerita; negándole el goce de los derechos adquiridos, al pagarle salarios inapropiados que no se compadecen con sus necesidades.
Basta ya de mujeres denunciando en los medios televisivos el abuso y amenaza contra su vida, que generalmente se convierte en lo que Gabriel García Márquez denominó “Crónica de una muerte anunciada”