Sin familia, no hay sociedad, ni patria
Entre todos los beneméritos esfuerzos y creatividades con que las distintas comisiones del Centenario de la República, trabajan, un renglón que no se debe olvidar es el de la familia a través de un siglo de República.
Pensemos por un momento en los grandes grupos familiares de las distintas provincias. Tanto las familias raizales, es decir, de aquellos cuyos antepasados ya llevan más de un siglo de estar afinados en este suelo. Las familias interioranas de las distintas provincias. Es un hecho después de muchos años de vida y de haber merodeado por el país con la ayuda de nuevos caminos y carreteras y de nuevos medios de transporte, que hay ciertos apellidos que con honrosas excepciones, los rastreamos hacia alguna de las provincias de nuestra República. O como también sucede, familias que vinieron de Centroamérica, Costa Rica, Nicaragua, Colombia o Ecuador y ya llevan varios lustros radicadas en nuestro medio. Y las que vinieron del Oriente y de Europa y de Galicia. Y las que procedieron de las Antillas Mayores y Menores y las que dejaron las fuerzas norteamericanas acantonadas por tanto tiempo en Panamá. La suma de todas ellas es la familia panameña del Centenario.
Al hablar de familia, naturalmente, me refiero al hecho real de pertenecer al árbol genealógico. Prescindo si son o no dentro de la institución matrimonial y de otros ángulos supra o infraestructurales que no alteran la realidad el hecho de ser familia, como son: el dinero, la raza, la religión, la filiación política y otros factores que han desecho esos lazos familiares durante el Centenario que estamos tratando de vivir.
La familia en Panamá ha sido objeto de muchos sesudos estudios. Con sinceridad se ha aceptado que esta institución social se encuentra bastante deteriorada en los distintos niveles de la sociedad. Los de arriba aceptan que sí existe el deterioro pero en los de abajo. Pero los de abajo se informan que los de arriba no tienen autoridad para hablar del tema porque también sufren del mismo deterioro.
Sin embargo, no se pude negar que en este Centenario se encuentran familias muy unidas a pesar del dinero y que se ayudan, sin reclamos, que se asisten en las enfermedades, se defienden como familia, se ayudan, se promueven monolíticamente. Cumple años uno y se aparece la multitud y en multitud celebran dentro de un ambiente cordial y solidario. Que si nació el primer nieto, que si va el primer día a clases, ocurre un desplazamiento masivo de todos los miembros sin excepción y sin pasar lista. Incluso se da el caso que asisten en familia a los actos de culto, aunque eso no es tan frecuente.
La familia es el fundamento de nuestra sociedad, de nuestra patria centenaria. El cáncer de la institución familiar es el "queridaje". Y de eso hay mucha historia. No se puede esperar buena historia de esta institución paralela y nefasta.
Ojalá que las nuevas familias que se instituyen por el matrimonio y el sacramento del matrimonio en este nuevo milenio cuando han surgido nuevos embates inspirados en las modas de ridiculizar todo lo que es serio y que con eso suponer que están "in", tengan como meta ser distintas y mejores que las que les antecedieron en los valores familiares y en la convicción de que sin familia no hay sociedad, sin familia no hay patria y si no, tendremos un remedo o caricatura de patria.
Hay que establecer el principio de autoridad en la familia porque sólo el que reconoce la autoridad puede tener autoridad, sobre todo, autoridad moral.
El matrimonio es el acto por el que se funda una nueva familia. No es un rito, ni una fiesta, es algo mucho más serio de lo que uno a veces percibe en las gentes.
La familia está llamada a ser comunidad, integrada por los padres y madres, hijos, hijas y demás personas que conviven en el hogar, debe hacer constantes esfuerzos por lograrlo. Hay que tender al ideal de una comunidad humana y cristiana en la que se respeta a la persona y su vocación, donde cada uno se siente libre, donde todos participan según su capacidad en el clima de responsabilidad comunitaria, donde toda iniciativa es recibida, es posible la corrección mutua, el diálogo es frecuente y el conocimiento es profundo, donde todos sirven a la comunidad y la comunidad vive el desarrollo y la madurez de los individuos, donde en definitiva, se vive el verdadero amor.
Pensemos por un momento en los grandes grupos familiares de las distintas provincias. Tanto las familias raizales, es decir, de aquellos cuyos antepasados ya llevan más de un siglo de estar afinados en este suelo. Las familias interioranas de las distintas provincias. Es un hecho después de muchos años de vida y de haber merodeado por el país con la ayuda de nuevos caminos y carreteras y de nuevos medios de transporte, que hay ciertos apellidos que con honrosas excepciones, los rastreamos hacia alguna de las provincias de nuestra República. O como también sucede, familias que vinieron de Centroamérica, Costa Rica, Nicaragua, Colombia o Ecuador y ya llevan varios lustros radicadas en nuestro medio. Y las que vinieron del Oriente y de Europa y de Galicia. Y las que procedieron de las Antillas Mayores y Menores y las que dejaron las fuerzas norteamericanas acantonadas por tanto tiempo en Panamá. La suma de todas ellas es la familia panameña del Centenario.
Al hablar de familia, naturalmente, me refiero al hecho real de pertenecer al árbol genealógico. Prescindo si son o no dentro de la institución matrimonial y de otros ángulos supra o infraestructurales que no alteran la realidad el hecho de ser familia, como son: el dinero, la raza, la religión, la filiación política y otros factores que han desecho esos lazos familiares durante el Centenario que estamos tratando de vivir.
La familia en Panamá ha sido objeto de muchos sesudos estudios. Con sinceridad se ha aceptado que esta institución social se encuentra bastante deteriorada en los distintos niveles de la sociedad. Los de arriba aceptan que sí existe el deterioro pero en los de abajo. Pero los de abajo se informan que los de arriba no tienen autoridad para hablar del tema porque también sufren del mismo deterioro.
Sin embargo, no se pude negar que en este Centenario se encuentran familias muy unidas a pesar del dinero y que se ayudan, sin reclamos, que se asisten en las enfermedades, se defienden como familia, se ayudan, se promueven monolíticamente. Cumple años uno y se aparece la multitud y en multitud celebran dentro de un ambiente cordial y solidario. Que si nació el primer nieto, que si va el primer día a clases, ocurre un desplazamiento masivo de todos los miembros sin excepción y sin pasar lista. Incluso se da el caso que asisten en familia a los actos de culto, aunque eso no es tan frecuente.
La familia es el fundamento de nuestra sociedad, de nuestra patria centenaria. El cáncer de la institución familiar es el "queridaje". Y de eso hay mucha historia. No se puede esperar buena historia de esta institución paralela y nefasta.
Ojalá que las nuevas familias que se instituyen por el matrimonio y el sacramento del matrimonio en este nuevo milenio cuando han surgido nuevos embates inspirados en las modas de ridiculizar todo lo que es serio y que con eso suponer que están "in", tengan como meta ser distintas y mejores que las que les antecedieron en los valores familiares y en la convicción de que sin familia no hay sociedad, sin familia no hay patria y si no, tendremos un remedo o caricatura de patria.
Hay que establecer el principio de autoridad en la familia porque sólo el que reconoce la autoridad puede tener autoridad, sobre todo, autoridad moral.
El matrimonio es el acto por el que se funda una nueva familia. No es un rito, ni una fiesta, es algo mucho más serio de lo que uno a veces percibe en las gentes.
La familia está llamada a ser comunidad, integrada por los padres y madres, hijos, hijas y demás personas que conviven en el hogar, debe hacer constantes esfuerzos por lograrlo. Hay que tender al ideal de una comunidad humana y cristiana en la que se respeta a la persona y su vocación, donde cada uno se siente libre, donde todos participan según su capacidad en el clima de responsabilidad comunitaria, donde toda iniciativa es recibida, es posible la corrección mutua, el diálogo es frecuente y el conocimiento es profundo, donde todos sirven a la comunidad y la comunidad vive el desarrollo y la madurez de los individuos, donde en definitiva, se vive el verdadero amor.