Sin lágrimas mañana
CONOCÍ DE PASO a Cartago, una pequeña ciudad de Colombia que, definida en palabras del ciudadano de ese país que nos orientaba en un "tour" por el eje cafetero, es conocida como "la ciudad de los sicarios". Una población pequeña y con buenas residencias, comparada con otras favelas, en una región privilegiada, donde se produce uno de los mejores cafés que se consume en el planeta y cuya ganadería, cultivo de flores, vegetales y hortalizas, además de la producción de vinos, hace que este vecino Estado se constituya en el temor de muchos naciones vecinas.
Siempre he pensado que Colombia, injustamente y con una cruel malicia, ha sido promovida inadecuadamente en el exterior para perjudicarle a la mayoría de sus ciudadanos, ya que no todos practican el mismo arte. No por casualidad ellos han sido los grandes ganadores con la creación del Pacto Andino. Son laboriosos y productivos. Pero una gran cantidad de cartagineses colombianos, según sus propias palabras, se siguen dedicando al negocio que les ha dado rentas e ingresos, mientras no se llegue a pacificar la sociedad que vive en constante convulsión y es el negocio de la muerte.
No siempre fue así. Sólo cuando se fue haciendo costumbre. Cuando una serie de crímenes quedó impune y parte de la sociedad con sus gobernantes, se hicieron de la vista gorda, el sicariato y la violencia se fueron tornando tan comunes como la propia indiferencia, que hoy está institucionalizada.
Cuando alguien en Colombia está frustrado o con deseos de resolver un problema que le quite de su paso al que lo estropea, ya tiene plena idea en un mapa a dónde puede acudir por una ayudita. Ese puede ser el futuro incierto de muchos de nuestros barrios y poblaciones, de acuerdo a como se ven discurrir las cosas y a los nuevos catedráticos importados que pululan sin el mayor control.
"Recuerde el color del auto, es claro, europeo y nuevecito, y posee placa oficial... son cinco, tres atrás, dos adelante... nuestro hombre está en la foto, que le acabo de enseñar", dice parte del mensaje de una canción del cantautor panameño Rubén Blades; la cual parodiamos los que nos gusta dicho género musical, muchas veces, sin tener la más leve malicia algunos de lo que con ese tipo de delincuentes nos pueden afectar. Pero, lamentablemente, ese es el flagelo que nos devora poco a poco, si no hay un hasta aquí, que provenga del corazón de todos los panameños.
Mano dura, mano amiga, mano de manos; pero que no nos desorienten los villanos. Manos a la obra es lo que nos toca a todos. No permitamos que la delincuencia se tome nuestros barrios y ciudades. A cuidar de nuestros hijos, mujeres, adultos mayores y estudiantes. Seamos más vigilantes con nuestro patrimonio público (escuelas, centros de salud, oficinas públicas, etc.); que los bienes del Estado son propiedad colectiva. A no permitir que pongan lobos a cuidarnos las ovejas. Mas no hacer justicia con nuestras propias manos.
Si únicamente esperamos que los problemas nos lo resuelvan los que gobiernan, habremos entregado nuestros derechos y nos subordinaremos a los mismos, mientras la delincuencia hará de las suyas a sus anchas, y al final, concluiremos como una sociedad de eunucos (castrada). Cuando los gobernantes y autoridades comparten la conducción y el liderazgo con su pueblo, se produce un abrazo de intereses, indisoluble y eficaz. Así y solo así habrá transparencia. Pela el ojo al tuerto Gil.
La indiferencia nos hace cómplices y nuestros hijos pagarán con consecuencias incalculables. El hampa es más fuerte que los ciudadanos honestos en muchos lugares.
El cuatrerismo es rentable ante los ojos de los pequeños productores, que viven estrechados por los costos de los insumos. Supuestos líderes, atizando el viejo fantasma antimilitarista, impiden la construcción de una adecuada policía científica y especializada. Atan de pies y manos la construcción de instituciones que requieren trabajar con urgencia. La prensa amarillista lucra de la crónica roja.
Ojalá mañana no lo lamentemos.
Habrá momentos de desaliento, pero si confías en Jesucristo, tendrás éxito.
Todavía estás a tiempo, tú puedes cambiar, puedes dejar el pasado con el poder y la fuerza de Dios, porque ¡con ÉL, tú eres INVENCIBLE!
Siempre he pensado que Colombia, injustamente y con una cruel malicia, ha sido promovida inadecuadamente en el exterior para perjudicarle a la mayoría de sus ciudadanos, ya que no todos practican el mismo arte. No por casualidad ellos han sido los grandes ganadores con la creación del Pacto Andino. Son laboriosos y productivos. Pero una gran cantidad de cartagineses colombianos, según sus propias palabras, se siguen dedicando al negocio que les ha dado rentas e ingresos, mientras no se llegue a pacificar la sociedad que vive en constante convulsión y es el negocio de la muerte.
No siempre fue así. Sólo cuando se fue haciendo costumbre. Cuando una serie de crímenes quedó impune y parte de la sociedad con sus gobernantes, se hicieron de la vista gorda, el sicariato y la violencia se fueron tornando tan comunes como la propia indiferencia, que hoy está institucionalizada.
Cuando alguien en Colombia está frustrado o con deseos de resolver un problema que le quite de su paso al que lo estropea, ya tiene plena idea en un mapa a dónde puede acudir por una ayudita. Ese puede ser el futuro incierto de muchos de nuestros barrios y poblaciones, de acuerdo a como se ven discurrir las cosas y a los nuevos catedráticos importados que pululan sin el mayor control.
"Recuerde el color del auto, es claro, europeo y nuevecito, y posee placa oficial... son cinco, tres atrás, dos adelante... nuestro hombre está en la foto, que le acabo de enseñar", dice parte del mensaje de una canción del cantautor panameño Rubén Blades; la cual parodiamos los que nos gusta dicho género musical, muchas veces, sin tener la más leve malicia algunos de lo que con ese tipo de delincuentes nos pueden afectar. Pero, lamentablemente, ese es el flagelo que nos devora poco a poco, si no hay un hasta aquí, que provenga del corazón de todos los panameños.
Mano dura, mano amiga, mano de manos; pero que no nos desorienten los villanos. Manos a la obra es lo que nos toca a todos. No permitamos que la delincuencia se tome nuestros barrios y ciudades. A cuidar de nuestros hijos, mujeres, adultos mayores y estudiantes. Seamos más vigilantes con nuestro patrimonio público (escuelas, centros de salud, oficinas públicas, etc.); que los bienes del Estado son propiedad colectiva. A no permitir que pongan lobos a cuidarnos las ovejas. Mas no hacer justicia con nuestras propias manos.
Si únicamente esperamos que los problemas nos lo resuelvan los que gobiernan, habremos entregado nuestros derechos y nos subordinaremos a los mismos, mientras la delincuencia hará de las suyas a sus anchas, y al final, concluiremos como una sociedad de eunucos (castrada). Cuando los gobernantes y autoridades comparten la conducción y el liderazgo con su pueblo, se produce un abrazo de intereses, indisoluble y eficaz. Así y solo así habrá transparencia. Pela el ojo al tuerto Gil.
La indiferencia nos hace cómplices y nuestros hijos pagarán con consecuencias incalculables. El hampa es más fuerte que los ciudadanos honestos en muchos lugares.
El cuatrerismo es rentable ante los ojos de los pequeños productores, que viven estrechados por los costos de los insumos. Supuestos líderes, atizando el viejo fantasma antimilitarista, impiden la construcción de una adecuada policía científica y especializada. Atan de pies y manos la construcción de instituciones que requieren trabajar con urgencia. La prensa amarillista lucra de la crónica roja.
Ojalá mañana no lo lamentemos.
Habrá momentos de desaliento, pero si confías en Jesucristo, tendrás éxito.
Todavía estás a tiempo, tú puedes cambiar, puedes dejar el pasado con el poder y la fuerza de Dios, porque ¡con ÉL, tú eres INVENCIBLE!