Sin querer en política por Coiba
Mi interés en Coiba procede de una visita fortuita. Hace un año y medio, fui invitado por unos amigos de Nueva York, donde he vivido desde hace 15 años, a visitar las instalaciones de un maravilloso laboratorio científico que se está construyendo para estudiar los mares de Coiba. Yo no entendía porqué estos extranjeros estaban allí. Después de muchas cenas y almuerzos con los científicos y personas versadas en el tema, descubrí que Coiba es algo único no sólo en Panamá, sino en el mundo. Lo que sucede en Coiba impacta a todo el Océano Pacífico americano, pues es un eslabón clave en una cadena biológica que ancla comunidades de peces y corales en el Pacífico oriental; inclusive, hay más diversidad marina en Coiba que en el archipiélago de Galápagos.
Por estas razones, desde hace cierto tiempo, he considerado que como panameños, miembros de esta cadena, hemos heredado la responsabilidad de resguardar nuestro eslabón hasta como nuestra situación nos lo permita. También me enteré en ese momento que, a causa de la pesca y otras actividades ilegales dentro del parque, toda esa belleza puede desaparecer. Es por esto que comencé a colaborar con las organizaciones internacionales con quien tenía relaciones que podrían coadyuvar al desarrollo y conservación ecológica del área. Estas me decían que sin una reglamentación legal que garantizara la conservación de Coiba, no podían hacer mucho.
222 No soy político... no tengo ningún tipo de interés personal en Coiba, excepto hacer lo correcto para que este parque le quede de legado al Panamá de mis hijos...
De vez en cuando discutía con mis amigos en Panamá el tema de una ley para Coiba, y siempre me decían que estaba en marcha. Pero hace dos semanas, recibí varias llamadas telefónicas donde me informaban que algunos miembros del Gabinete de gobierno estaban interesados en explotar comercialmente a Coiba, y me pedían que hiciera declaraciones en contra.
Hasta ese momento siempre había resistido la tentación de tomar posiciones o hacer comentarios políticos. Pero dada la información que había recibido, tanta fue mi preocupación y desaliento que, impulsivamente, pero sin el deseo de hacerlo público, me lancé a escribir un correo electrónico donde hacía interrogantes muy fuertes contra las personas a quienes, según la información que había llegado a mis oídos, se les atribuía el rol de ser sus protagonistas.
Grande fue mi sorpresa cuando advertí que lo que pretendió ser un correo privado sin intenciones de darlo a la publicidad, se ha convertido en tema de controversia en la política partidista y motivo de crítica para connotados miembros de la administración actual. Más aún, los medios de comunicación me han pedido el permiso de publicarlo, pero yo se los he negado rotundamente, en vista de que no comparto la orientación que se le ha querido dar a las ideas que expresé en aquel recuento sobre la conservación y desarrollo ecológico de Coiba.
No soy político, nunca me he integrado ni pienso integrarme en ningún partido político; no tengo ningún tipo de interés personal en Coiba, excepto hacer lo correcto para que este parque le quede de legado al Panamá de mis hijos; no conozco personalmente a ninguno de los ministros para querer atacarlos; mantengo muy buenas relaciones con la Presidenta, pues compartimos dos cosas, el amor a Pedasí donde ambos nacimos, y el amor a la naturaleza. Por ello era muy difícil para mí creer que una mujer que se pasa los fines de semana frente a las olas del mar Pacífico y entre los bosques de Boquete vaya a permitir que se destruya un lugar tan precioso y tan valioso como Coiba.
Decidí montarme en el primer avión rumbo a Panamá para tratar de enterarme de lo que existía de verdad, de exageración o de posibles engaños en todo lo que llegaba a mis oídos. Lo que descubrí fue algo distinto a lo que había llegado a mi conocimiento. En lo que concierne al tema de Coiba, no es cierto que prive en la administración un interés mercantilista, tal cual se me había hecho ver. Después de largas conversaciones con miembros del gobierno, ahora pienso que la falta de una ley adecuada es el resultado de la escasa información sobre la importancia ecológica y el potencial turístico que puede irradiar su conservación.
Hasta recientemente no se conocía el tesoro que teníamos allí. Para los panameños y el gobierno, Coiba era otra isla más del Pacífico, similar a cualquiera en el Archipiélago de las Perlas, que había que explotar para erradicar la pobreza en el área promoviendo el turismo masivo. Por lo tanto, el gobierno diseñó una ley que permitía bastante desarrollo y actividades comerciales.
La posición del gobierno no era ilógica. Las restricciones en todo régimen de protección tienen que ser proporcionales con lo que se protege. Un gobierno tiene que considerar muchos intereses, incluyendo los económicos y sociales, y no sólo los conservacionistas. Si hay poca riqueza biológica que proteger, como en el Archipiélago de las Perlas, el régimen puede ser menos restrictivo, pero si hay extrema riqueza que proteger, como en el caso de Coiba, entonces el régimen debe ser extremadamente estricto. El gobierno, así como el resto de los panameños, no estaba enterado de la riqueza e importancia de Coiba, y por lo tanto propuso un régimen que no era adecuado.
Desde que llegué a Panamá, me he dedicado a divulgar lo que conozco sobre Coiba, pues pienso que tenía una obligación moral tratar de contribuir a que este gran tesoro fuese descubierto y preservado, para que todos los panameños y su gobierno en particular, hicieran un serio y denodado esfuerzo para lograr su conservación. Pero yo no soy científico. Es por eso que le pedí al Dr. Todd Capson, una persona admirable que le ha dedicado su vida a la búsqueda de medicinas en nuestros bosques y mares, y un oficial de una institución impecable que no sólo goza de la más alta reputación internacional sino que tiene 100 años de presencia en Panamá, el Instituto Smithsonian, que me acompañara a las reuniones con la prensa y con el gobierno para que respondiera a las preguntas científicas. El temía quedar involucrado en un tema político conflictivo, pero lo hizo por el bien de Coiba, Panamá y la ciencia.
Hoy día, gracias a la campaña de divulgación que se ha estado realizando en estas últimas dos semanas, especialmente por este periódico, tanto el gobierno como los panameños han descubierto la biodiversidad e importancia de Coiba para todo el continente, y por lo tanto la Presidenta y miembros de su gabinete se han comprometido a hacer una ley mucho más estricta que evite actividades que pueden dañar la ecología tan frágil del parque. Actualmente, legisladores del gobierno y de la oposición, miembros del gabinete y grupos conservacionistas están trabajando para redactar esa ley. Esperamos que la misma sea adecuada y amena para proteger nuestra Coiba en perpetuidad.
La politización de un tema que debe ser no cuestión de gobierno sino de Estado, me asombra. Al gobierno se le acusa de mercantilismo, al Instituto Smithsonian de tener intereses económicos -una acusación ridícula y deplorable-, a los conservacionistas de querer detener el desarrollo turístico, a la oposición de manipular la información y ahora hasta al Dr. Capson de compartir mis opiniones impetuosas de hace semanas. Nadie ha salido ganando, pero Coiba y nuestro futuro ha perdido y sigue perdiendo enormemente, pues el parque necesita una ley adecuada urgentemente para que las organizaciones internacionales donen los fondos que son necesarios para frenar el rápido deterioro del parque.
Ojalá mis apreciaciones del pasado se entierren como un simple escrito de un autor alejado de la realidad en Panamá; sin embargo, esta desmentida final queda en las manos de los actores de nuestro gobierno. Por ello hago esta aclaración. Si ella contribuye a que cesen las acusaciones y la politiquería que mi correo electrónico causó, para que así el gobierno y la sociedad científica se puedan sentar a confeccionar la ley y el plan de manejo de este patrimonio de la humanidad, quedaré satisfecho y como panameño me doy por bien servido.
Por estas razones, desde hace cierto tiempo, he considerado que como panameños, miembros de esta cadena, hemos heredado la responsabilidad de resguardar nuestro eslabón hasta como nuestra situación nos lo permita. También me enteré en ese momento que, a causa de la pesca y otras actividades ilegales dentro del parque, toda esa belleza puede desaparecer. Es por esto que comencé a colaborar con las organizaciones internacionales con quien tenía relaciones que podrían coadyuvar al desarrollo y conservación ecológica del área. Estas me decían que sin una reglamentación legal que garantizara la conservación de Coiba, no podían hacer mucho.
222 No soy político... no tengo ningún tipo de interés personal en Coiba, excepto hacer lo correcto para que este parque le quede de legado al Panamá de mis hijos...
De vez en cuando discutía con mis amigos en Panamá el tema de una ley para Coiba, y siempre me decían que estaba en marcha. Pero hace dos semanas, recibí varias llamadas telefónicas donde me informaban que algunos miembros del Gabinete de gobierno estaban interesados en explotar comercialmente a Coiba, y me pedían que hiciera declaraciones en contra.
Hasta ese momento siempre había resistido la tentación de tomar posiciones o hacer comentarios políticos. Pero dada la información que había recibido, tanta fue mi preocupación y desaliento que, impulsivamente, pero sin el deseo de hacerlo público, me lancé a escribir un correo electrónico donde hacía interrogantes muy fuertes contra las personas a quienes, según la información que había llegado a mis oídos, se les atribuía el rol de ser sus protagonistas.
Grande fue mi sorpresa cuando advertí que lo que pretendió ser un correo privado sin intenciones de darlo a la publicidad, se ha convertido en tema de controversia en la política partidista y motivo de crítica para connotados miembros de la administración actual. Más aún, los medios de comunicación me han pedido el permiso de publicarlo, pero yo se los he negado rotundamente, en vista de que no comparto la orientación que se le ha querido dar a las ideas que expresé en aquel recuento sobre la conservación y desarrollo ecológico de Coiba.
No soy político, nunca me he integrado ni pienso integrarme en ningún partido político; no tengo ningún tipo de interés personal en Coiba, excepto hacer lo correcto para que este parque le quede de legado al Panamá de mis hijos; no conozco personalmente a ninguno de los ministros para querer atacarlos; mantengo muy buenas relaciones con la Presidenta, pues compartimos dos cosas, el amor a Pedasí donde ambos nacimos, y el amor a la naturaleza. Por ello era muy difícil para mí creer que una mujer que se pasa los fines de semana frente a las olas del mar Pacífico y entre los bosques de Boquete vaya a permitir que se destruya un lugar tan precioso y tan valioso como Coiba.
Decidí montarme en el primer avión rumbo a Panamá para tratar de enterarme de lo que existía de verdad, de exageración o de posibles engaños en todo lo que llegaba a mis oídos. Lo que descubrí fue algo distinto a lo que había llegado a mi conocimiento. En lo que concierne al tema de Coiba, no es cierto que prive en la administración un interés mercantilista, tal cual se me había hecho ver. Después de largas conversaciones con miembros del gobierno, ahora pienso que la falta de una ley adecuada es el resultado de la escasa información sobre la importancia ecológica y el potencial turístico que puede irradiar su conservación.
Hasta recientemente no se conocía el tesoro que teníamos allí. Para los panameños y el gobierno, Coiba era otra isla más del Pacífico, similar a cualquiera en el Archipiélago de las Perlas, que había que explotar para erradicar la pobreza en el área promoviendo el turismo masivo. Por lo tanto, el gobierno diseñó una ley que permitía bastante desarrollo y actividades comerciales.
La posición del gobierno no era ilógica. Las restricciones en todo régimen de protección tienen que ser proporcionales con lo que se protege. Un gobierno tiene que considerar muchos intereses, incluyendo los económicos y sociales, y no sólo los conservacionistas. Si hay poca riqueza biológica que proteger, como en el Archipiélago de las Perlas, el régimen puede ser menos restrictivo, pero si hay extrema riqueza que proteger, como en el caso de Coiba, entonces el régimen debe ser extremadamente estricto. El gobierno, así como el resto de los panameños, no estaba enterado de la riqueza e importancia de Coiba, y por lo tanto propuso un régimen que no era adecuado.
Desde que llegué a Panamá, me he dedicado a divulgar lo que conozco sobre Coiba, pues pienso que tenía una obligación moral tratar de contribuir a que este gran tesoro fuese descubierto y preservado, para que todos los panameños y su gobierno en particular, hicieran un serio y denodado esfuerzo para lograr su conservación. Pero yo no soy científico. Es por eso que le pedí al Dr. Todd Capson, una persona admirable que le ha dedicado su vida a la búsqueda de medicinas en nuestros bosques y mares, y un oficial de una institución impecable que no sólo goza de la más alta reputación internacional sino que tiene 100 años de presencia en Panamá, el Instituto Smithsonian, que me acompañara a las reuniones con la prensa y con el gobierno para que respondiera a las preguntas científicas. El temía quedar involucrado en un tema político conflictivo, pero lo hizo por el bien de Coiba, Panamá y la ciencia.
Hoy día, gracias a la campaña de divulgación que se ha estado realizando en estas últimas dos semanas, especialmente por este periódico, tanto el gobierno como los panameños han descubierto la biodiversidad e importancia de Coiba para todo el continente, y por lo tanto la Presidenta y miembros de su gabinete se han comprometido a hacer una ley mucho más estricta que evite actividades que pueden dañar la ecología tan frágil del parque. Actualmente, legisladores del gobierno y de la oposición, miembros del gabinete y grupos conservacionistas están trabajando para redactar esa ley. Esperamos que la misma sea adecuada y amena para proteger nuestra Coiba en perpetuidad.
La politización de un tema que debe ser no cuestión de gobierno sino de Estado, me asombra. Al gobierno se le acusa de mercantilismo, al Instituto Smithsonian de tener intereses económicos -una acusación ridícula y deplorable-, a los conservacionistas de querer detener el desarrollo turístico, a la oposición de manipular la información y ahora hasta al Dr. Capson de compartir mis opiniones impetuosas de hace semanas. Nadie ha salido ganando, pero Coiba y nuestro futuro ha perdido y sigue perdiendo enormemente, pues el parque necesita una ley adecuada urgentemente para que las organizaciones internacionales donen los fondos que son necesarios para frenar el rápido deterioro del parque.
Ojalá mis apreciaciones del pasado se entierren como un simple escrito de un autor alejado de la realidad en Panamá; sin embargo, esta desmentida final queda en las manos de los actores de nuestro gobierno. Por ello hago esta aclaración. Si ella contribuye a que cesen las acusaciones y la politiquería que mi correo electrónico causó, para que así el gobierno y la sociedad científica se puedan sentar a confeccionar la ley y el plan de manejo de este patrimonio de la humanidad, quedaré satisfecho y como panameño me doy por bien servido.