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Síndrome de Bartleby


EL HECHO QUE narro ocurrió cuando nuestro equipo ganó la Copa Mundial de Fútbol, hace de ello apenas un lustro y a escasas semanas del anuncio oficial sobre el Premio Nobel otorgado al Instituto Georgias por el trascendente descubrimiento de la transcripción genética de las ideas obsesivo-compulsivas en la creación literaria.
Sería más fácil para mí y mucho menos doloroso para todos, explicar las fenomenales jugadas que llevaron al conjunto de La Colorada al histórico triunfo sobre el aguerrido conjunto local, pero la gravedad de las circunstancias hacen que deba dejar de lado las emociones violentas y los recuerdos placenteros.
No es que lo sucedido carezca de importancia, todo lo contrario, ya que en el devenir de los acontecimientos puede hallarse la explicación, verosímil o no, de ciertas interrogantes con que los intelectuales del patio, durante el primer siglo de la república solían alcanzar las madrugadas a través de las brumas de sus desvelos. No fueron pocos ni algunos, sino todos. Periodistas, escritores, filósofos con y sin toga, historiadores serios y noveleros, políticos de distinta laya y estudiantes con diferentes índices académicos. Entre todos destacaba un opinador obsesivo, cuyos artículos eran causa y consecuencia de aquel tradicional insomnio patrio, el de las instituciones oficiales y el de ciertos personajes cuyas ideas pasaban con enorme facilidad del cálculo del interés bancario a la propaganda de ciertas organizaciones cínicas con fines de lucro manifiesto.
No estoy muy seguro, pero según las gacetas oficiales consultadas tras reordenar la sintaxis y la ortografía de entonces, que ya revelaba en la ausencia del encantador pleonasmo, la influencia creciente del neologismo tautológico, del spanglish y del chateo a vuelo de pájaro, y de cuya trabajosa traducción solían interpretarse hechos diametralmente opuestos para beneplácito de abogados litigantes y disconformidad de los magistrados de turno ya que en la jurisprudencia pomposa predominante de la época, la confusión bien orientada y debidamente entendida, fue la filosofía con que se realizaron las reformas penales y las enmiendas que dieron lugar a la nueva constitución virtual actualmente vigente y cuyo preámbulo, dicho sea de paso, ha sido copiado por casi todas los gobiernos liberales del globo siguiendo las recomendaciones del BM y del FMI con el beneplácito posterior de S&P. Preámbulo que debe ser declamado diariamente, a primera hora, en todas las escuelas y medios de comunicación social reales o virtuales y que dice así:
"Nosotros, los representantes del pueblo de la nación, en virtud del voto en plancha y del cuarto cociente, logro humanista de los tribunales electorales vitalicios que sin descanso laboran para beneficio familiar y de los ciudadanos virtuales en cuyo nombre nos hemos reunido en cumplimiento de pactos secretos preexistentes, con el objeto de afianzar al partido oficial, promover la justicia vertical, consolidar la paz de los sepulcros y con el objeto de proveer nuestra defensa común para asegurarnos así los beneficios del libre mercado. Para nosotros, para los otros y para todos los habitantes del mundo que nos acepten como socios, ordenamos, decretamos y establecemos esta constitución para los accionistas de nuestra nación".
Luego de reformar las reformas al código reformado, el susodicho opinador cayó gravemente enfermo, se traba de un cuadro comatoso atribuido a una encefalitis de oxd, que en la jerga médica quiere decir: origen por determinar, es decir, que no se sabe nada. Al poco tiempo cayó con iguales síntomas otro contribuyente de un periódico rival al diario La Verdad con igual diagnóstico presuntivo. A las pocas horas se confirmaba, para regocijo gubernamental, una epidemia curiosamente limitada a los ciudadanos responsables devenidos en articulistas voluntarios de opinión general que cada semana exponen su libertad personal, la generosidad de su pensamiento y de su escaso tiempo para avivar a los muchos incautos que todavía quedan por engatusar.
Inmediatamente los uniformados gerentes de la disciplinada SS (Seguridad Social) ordenaron retirar todos los jarabes del mercado sin lograr resultado alguno. Pasó el tiempo y la epidemia se fue extendiendo a los articulistas contratados y luego a los periodistas de asuntos políticos, a excepción de los contribuyentes de las agencias neofascistas extranjeras. Primera pista para el novel descubrimiento.
Este fue el inicio del estudio del Instituto Georgias. Allí lograron determinar que para cierto grado de intensidad obsesiva la energía cuántica desarrollada en el proceso químico de pensar alteraba los genes de cierto locus del CGP (código genético del pensamiento) que en el período agudo de la enfermedad se manifestaba como una encefalitis estuporosa progresiva similar a la enfermedad del sueño provocada por la mosca tse-tse. Se ignoraba, como es obvio en los períodos iniciales de una nueva enfermedad, sus efectos a largo plazo.
Luego del silencio periodístico obligado por las circunstancias y tras el posterior boicot defensivo decretado solidariamente por los medios de comunicación, los políticos oficialistas así como los de la tenue oposición, ya sin la imprescindible exposición pública necesaria para la propaganda electorera -esencia de la democracia de entonces-, se vieron obligados a sentarse y cambiar las reglas del juego por otro llamado Concertación sin tocar, desde luego, al juego mismo, a los personajes, ni a los partidos políticos fracasados o subastados al mejor postor.
Como era previsible, la epidemia terminó en tragedia, pues entre los sobrevivientes la encefalitis obsesiva se transmitió como un carácter mendeliano dominante y ya pasados varios lustros, entre sus manifestaciones crónicas, una vez superada la etapa aguda, resulta en una severa apatía pública generalizada e irreversible. Por eso al mal se lo conoce hoy como el Síndrome de Bartleby, en conmemoración del famoso personaje del relato de Melville que ante cualquier requerimiento respondía: Prefiero no hacerlo.
(drjcal@psi.net.pa)
Hace poco se nombraron 50 inspectores de aseo adicionales, para atender el tema de la basura.
El año pasado, durante la limpieza de playas organizada por ANCON, se recogieron 65 mil 966 libras de desechos.
Los desperdicios estaban en Panamá Viejo, Costa del Este, Paitilla, San Felipe y El Chorrillo.

101 años de Panamá América

 
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