Síndrome de Noriega
Una de las acepciones del concepto síndrome es, un conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada. En esta ocasión me quiero referir a las tan cacareadas encuestas electorales.
Hace una década tuvimos la oportunidad de participar en la formulación, ejecución y evaluación de varios sondeos de tendencias en la decisión de por quién votar, en determinados circuitos electorales del área metropolitana en el interior del país.
Las consultas se hicieron siguiendo todos los protocolos propuestos para lograr la máxima objetividad. Los resultados paradójicos de aquella elección general de 1989, nos revelaron que el panameño tiende a responder lo que él intuye quiere escuchar quién le pregunta por un lado y por el otro, que conserva un temor insuperado aún, de que la calidad de sus respuestas puede afectarle en su vida personal y con mayor razón, si él o alguien que vive en el domicilio, trabaja como funcionario publico.
Dos consultas nacionales se han desarrollado después de la invasión que ahora ningún panameño pidió, y se avecina otra en este año de la reversión de toda el área canalera a manos panameñas, incluidas entre ellas, una gran proporción por aquello de los nuevos tiempos globalizados y concertados, que renegaron en forma furibunda de los Tratados Torrijos Carter, pero que ahora gozarán hasta el hartazgo de sus consecuencias.
Los resultados en ambas contiendas produjeron sorpresas infartógenas, que nos confirmaron nuevamente que el istmeño dice una cosa y hace otra, cuando está solo frente a su conciencia y lejos de cualquier instrumento que él reconozca como compulsivo.
Otro de los comportamientos peculiares del síndrome en mención, es aquél relacionado con la participación masiva en actos populares. Una y otra vez en las últimas dos décadas, hemos venido observando cómo la avenida Balboa, el parque Porras, la Plaza Cinco de Mayo y en cuanto lugar público se pretenda realizar un acto político, estos se llenan a rabiar y con mayor razón si ofrecemos transporte, comida, bebidas y música.
Cualquier observador objetivo se preguntará de dónde saldrá tanta gente, para que doce partidos, entre ellos dos gigantes, puedan poner tantos miles de personas en sus diferentes concentraciones, a no ser que el panameño común tenga una colección de gorras y afiches que le producen la posibilidad miniempresarial, que pueda prender el fogón día a día, gracias a la magnanimidad cíclica coyuntural de los políticos criollos.
Ustedes se imaginan una cabecera de provincia, que con la llegada de cada una de las tres nóminas presidenciales, pone a 10,000 habitantes en las calles y el distrito entero no tiene más de 15,000 personas. Bueno esto es también parte del síndrome de Noriega, por ponerle un nombre de moda, ahora que al parecer el general sólo tenía a Mario como amigo en Panamá. Pero estoy seguro que cuando regrese reciclado por los gringos, es posible que hasta lo inviten nuevamente a dar una conferencia en el Club Unión o a cortar la cinta del más moderno hospital que se inaugure en el 2006.
Para terminar, resumo el artículo de esta semana diciendo, que estoy convencido que la tendencia actual del electorado se identifica plenamente con el joven que se proyecta con capacidad, disciplina y motivación, por de veras ofrecer un gobierno que esté al servicio de todos los panameños.
Pero de allí a asumir como válidas las cifras de las últimas encuestas es difícil, por el recuerdo reciente de resultados electorales que solo sorprendieron a quienes convenía construir su propia verdad, olvidándose de que en esta vida, las cosas son como son, no como deberían ser.
Y de que, barriga llena produce un corazón contento, sobre todo si es la de uno mismo.
Hace una década tuvimos la oportunidad de participar en la formulación, ejecución y evaluación de varios sondeos de tendencias en la decisión de por quién votar, en determinados circuitos electorales del área metropolitana en el interior del país.
Las consultas se hicieron siguiendo todos los protocolos propuestos para lograr la máxima objetividad. Los resultados paradójicos de aquella elección general de 1989, nos revelaron que el panameño tiende a responder lo que él intuye quiere escuchar quién le pregunta por un lado y por el otro, que conserva un temor insuperado aún, de que la calidad de sus respuestas puede afectarle en su vida personal y con mayor razón, si él o alguien que vive en el domicilio, trabaja como funcionario publico.
Dos consultas nacionales se han desarrollado después de la invasión que ahora ningún panameño pidió, y se avecina otra en este año de la reversión de toda el área canalera a manos panameñas, incluidas entre ellas, una gran proporción por aquello de los nuevos tiempos globalizados y concertados, que renegaron en forma furibunda de los Tratados Torrijos Carter, pero que ahora gozarán hasta el hartazgo de sus consecuencias.
Los resultados en ambas contiendas produjeron sorpresas infartógenas, que nos confirmaron nuevamente que el istmeño dice una cosa y hace otra, cuando está solo frente a su conciencia y lejos de cualquier instrumento que él reconozca como compulsivo.
Otro de los comportamientos peculiares del síndrome en mención, es aquél relacionado con la participación masiva en actos populares. Una y otra vez en las últimas dos décadas, hemos venido observando cómo la avenida Balboa, el parque Porras, la Plaza Cinco de Mayo y en cuanto lugar público se pretenda realizar un acto político, estos se llenan a rabiar y con mayor razón si ofrecemos transporte, comida, bebidas y música.
Cualquier observador objetivo se preguntará de dónde saldrá tanta gente, para que doce partidos, entre ellos dos gigantes, puedan poner tantos miles de personas en sus diferentes concentraciones, a no ser que el panameño común tenga una colección de gorras y afiches que le producen la posibilidad miniempresarial, que pueda prender el fogón día a día, gracias a la magnanimidad cíclica coyuntural de los políticos criollos.
Ustedes se imaginan una cabecera de provincia, que con la llegada de cada una de las tres nóminas presidenciales, pone a 10,000 habitantes en las calles y el distrito entero no tiene más de 15,000 personas. Bueno esto es también parte del síndrome de Noriega, por ponerle un nombre de moda, ahora que al parecer el general sólo tenía a Mario como amigo en Panamá. Pero estoy seguro que cuando regrese reciclado por los gringos, es posible que hasta lo inviten nuevamente a dar una conferencia en el Club Unión o a cortar la cinta del más moderno hospital que se inaugure en el 2006.
Para terminar, resumo el artículo de esta semana diciendo, que estoy convencido que la tendencia actual del electorado se identifica plenamente con el joven que se proyecta con capacidad, disciplina y motivación, por de veras ofrecer un gobierno que esté al servicio de todos los panameños.
Pero de allí a asumir como válidas las cifras de las últimas encuestas es difícil, por el recuerdo reciente de resultados electorales que solo sorprendieron a quienes convenía construir su propia verdad, olvidándose de que en esta vida, las cosas son como son, no como deberían ser.
Y de que, barriga llena produce un corazón contento, sobre todo si es la de uno mismo.