Síndrome de violencia
El hombre, actualmente, vive inmerso en un mundo de violencia, en una cultura de violencia; la hay entre naciones, entre pueblos, la hay de carácter doméstico o intrafamiliar, entre vecinos, en contra de los animales y la naturaleza, inclusive, el hombre es violento consigo mismo, contra su propia naturaleza, manifestada cuando se suicida individual o masivamente.
Las razones de tal violencia son múltiples, habiéndola por egoísmo, por ambición, envidia o celos o por la simple discordancia de ideas u opiniones, observándola expuesta en su máxima expresión y crudeza, a través de los medios de difusión escrita, radial o televisada, que en su afán de mantenerse en la preferencia del consumidor de información, golpean nuestros sentidos y nuestra sensibilidad con escenas fijas o móviles de crímenes, violaciones, relatos dantescos, corrupción etc., manifestándose claramente y en gran medida el mundo convulsionado en que vivimos, huérfano de espiritualidad y en creciente descomposición de valores cívicos y cristianos, resultado quizás del excesivo apego por lo material, por lo pragmático en que se ha sumergido el hombre.
Como parte de esa espiral de violencia que sacude al mundo, nuestra sociedad, la panameña, no escapa de ello; de allí que recientemente hemos observado cómo esa vorágine de violencia institucionalizada que existe, se está trasladando a las aulas escolares.
La otrora inmaculada imagen de respetabilidad y veneración hacia el maestro, es hoy mancillada por una sociedad sin valores.
Como todo evoluciona en nuestro mundo, el educador de hoy ha pasado a ser un profesional más, sin embargo, en esencia, su misión apostolar, su cometido a cumplir, a pesar de todos los avatares, permanecerá inmutable y su labor reconocida por quienes consecuentemente vean en él un paradigma de abnegación y sacrificio.
Ante lo expuesto, somos del pensar que ese torbellino de violencia no terminará mientras existan individuos o grupos que, amparados con el falso ropaje de pulcritud moral, utilicen los medios para dar salida a sus bajos instintos y resentimientos, estimulando a otras personas mediante críticas mordaces e irrespetuosas, para que le acompañen en sus cruzadas maledicentes en contra de los educadores.
Opinamos que esta campaña de violencia, en detrimento del educador panameño, no concluirá mientras, no el Ministerio de Educación, sino la justicia ordinaria, sancione severamente -no como ahora se ha hecho- a los acudientes o padres de familia que incurran en agresiones verbales o físicas en contra de educadores.
Concluimos sosteniendo que esta violencia generalizada no terminará, mientras los estamentos gubernamentales y cívicos no actúen y sigan permitiendo que se continúe con la difusión de programas de radio y televisión que inciten a la violencia, al culto de la inmoralidad y a los antivalores, en lugar de propiciar una cultura de paz y de justicia en donde se acaten los cánones que rigen la vida en una sociedad civilizada como es la nuestra.
Las razones de tal violencia son múltiples, habiéndola por egoísmo, por ambición, envidia o celos o por la simple discordancia de ideas u opiniones, observándola expuesta en su máxima expresión y crudeza, a través de los medios de difusión escrita, radial o televisada, que en su afán de mantenerse en la preferencia del consumidor de información, golpean nuestros sentidos y nuestra sensibilidad con escenas fijas o móviles de crímenes, violaciones, relatos dantescos, corrupción etc., manifestándose claramente y en gran medida el mundo convulsionado en que vivimos, huérfano de espiritualidad y en creciente descomposición de valores cívicos y cristianos, resultado quizás del excesivo apego por lo material, por lo pragmático en que se ha sumergido el hombre.
Como parte de esa espiral de violencia que sacude al mundo, nuestra sociedad, la panameña, no escapa de ello; de allí que recientemente hemos observado cómo esa vorágine de violencia institucionalizada que existe, se está trasladando a las aulas escolares.
La otrora inmaculada imagen de respetabilidad y veneración hacia el maestro, es hoy mancillada por una sociedad sin valores.
Como todo evoluciona en nuestro mundo, el educador de hoy ha pasado a ser un profesional más, sin embargo, en esencia, su misión apostolar, su cometido a cumplir, a pesar de todos los avatares, permanecerá inmutable y su labor reconocida por quienes consecuentemente vean en él un paradigma de abnegación y sacrificio.
Ante lo expuesto, somos del pensar que ese torbellino de violencia no terminará mientras existan individuos o grupos que, amparados con el falso ropaje de pulcritud moral, utilicen los medios para dar salida a sus bajos instintos y resentimientos, estimulando a otras personas mediante críticas mordaces e irrespetuosas, para que le acompañen en sus cruzadas maledicentes en contra de los educadores.
Opinamos que esta campaña de violencia, en detrimento del educador panameño, no concluirá mientras, no el Ministerio de Educación, sino la justicia ordinaria, sancione severamente -no como ahora se ha hecho- a los acudientes o padres de familia que incurran en agresiones verbales o físicas en contra de educadores.
Concluimos sosteniendo que esta violencia generalizada no terminará, mientras los estamentos gubernamentales y cívicos no actúen y sigan permitiendo que se continúe con la difusión de programas de radio y televisión que inciten a la violencia, al culto de la inmoralidad y a los antivalores, en lugar de propiciar una cultura de paz y de justicia en donde se acaten los cánones que rigen la vida en una sociedad civilizada como es la nuestra.