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Sobre cambios constitucionales


Me agradó leer la reseña sobre la reciente exposición del distinguido abogado Carlos Bolívar Pedreschi, por cierto, uno de los muy pocos verdaderos constitucionalistas panameños. No comparto todas las reformas específicas que menciona en su propuesta, pero ese no es el punto principal de mi comentario. De sus planteamientos me interesa destacar, en primer lugar, su razonamiento sobre la oportunidad para efectuar los cambios y, sobretodo, su claridad para señalar que, contrario a lo que sostienen algunos de los que consideran la convocatoria de una constituyente y a una "nueva constitución" como remedio de todos los males, las constituciones, por sí solas, no resolverán problemas cuya causas no están en los textos constitucionales.
El cambio constitucional, como destaca certeramente el doctor Pedreschi, debe ser el producto de un acuerdo de las fuerzas políticas, económicas y sociales. Comparto plenamente ese criterio. Por eso, para llegar a concretarlo, primero debiéramos determinar cuáles son las reformas que la mayoría de la nación quiere, y después decidir el método o la manera de convertirlos en texto constitucional. Los cambios constitucionales no deben responder a las preferencias de un sector en particular y mucho menos ser impulsados por intereses o emociones políticas electorales, sino los que reciban el respaldo del conjunto de la sociedad panameña.
En varios artículos he sostenido y lo repito ahora: la constituyente, por los costos y riesgos que representa, puede ser un tiro por la culata. Y también he afirmado que si los diferentes sectores de la vida nacional no podemos ponernos de acuerdo sobre un mínimo de reformas conceptuales, que sustantivamente no son más de diez, una constituyente tampoco resolverá nuestra falta de capacidad para consensuar el pliego mínimo de reformas que supere los muy fácilmente identificables problemas que se le señalan a la constitución vigente.
Las constituciones "integralmente nuevas", que algunos piden, como está demostrado, y a menos que un país cambie diametralmente su orientación político-ideológica, que no es ni le lejos el caso de Panamá, no existen. Ellas son una suma de valores agregados que las van perfeccionando y acomodando a la realidad de los tiempos.
Quien sostenga que la Constitución vigente es igual a la que existía en 1972, sesgadamente desconoce que sus sucesivas reformas, y especialmente el Acto Constitucional de 1983 la cambiaron radicalmente. Los cálculos electorales o las fallas, reales o inventadas, que se le atribuyan a los conductores de la coyuntura política no pueden ser los resortes para demandar cambios constitucionales o legales. Muy al punto me parecen los múltiples ejemplos que utilizó el jurista Pedreschi para ilustrar que las constituciones no autorizan conductas que puedan considerarse políticamente y socialmente objetables. No comparto, como decía arriba, algunas de las reformas que propuso el distinguido abogado, como, por ejemplo, la existencia de los llamados "diputados nacionales", el aumento de las penas de privación de la libertad hasta 50 años o la creación de un Tribunal Constitucional, pero sobre esos aspectos me extiendo en un trabajo que verá la luz pública en las próximas semanas. Por las otras también he abogado en escritos precedentes.
Para finalizar, deseo destacar que me satisface sobremanera que un expositor de la calidad intelectual de Pedreschi, en el resumen de sus propuestas mencione un número relativamente reducido, once según la crónica periodística. En muchas ocasiones he sostenido y vuelvo a mencionarlo: para mejorar la actual constitución no se requiere más que una docena, si acaso, de reformas sustantivas. ¿Porqué, entonces, no podemos ponernos de acuerdo y convenirlas por un consenso nacional, y aprobarlas de manera expedita en la Asamblea y ratificarlas en un referendo? Estoy convencido de que si no podemos alcanzar ese acuerdo, una constituyente, que no es una necesidad jurídica ni social, tampoco podrá lograrlo.
Se fue luego de radiografías, exámenes y con el malestar a cuestas, repasando en su mente qué le está causando los ataques. Media hora después salió Catalina. Volvió a cubrirse con su abrigo rojo, ya no con el mismo ánimo que en la mañana cuando la cobijó del rocío, con la diferencia que ahora la resguardaría de la fría brisa y del sereno de la noche.
Tanto la periodista que escribe esta nota como el fotógrafo se sometieron a atención en el cuarto de urgencia, paso importante para preparar este reportaje. Dentro del consultorio el tiempo es de unos 10 apresurados minutos, que se advierten porque el médico mira su reloj para darle fiel cumplimiento.
Le pregunta al paciente qué siente, si padece alguna enfermedad y luego de escuchar rápidamente, se procede a los exámenes de laboratorio, placas o la práctica de un electrocardiograma, si se requiere.
En segundos se tienen los resultados. Le da la receta y concluye la sesión. Todo esto en diez minutos. ¡Asombroso! La atención es rápida y no se le niega a nadie aunque vaya por un simple resfriado o un dolor de oído.
La disponibilidad y acción del personal palideció el rostro del fotógrafo de El Panamá América, a quien casi le practican una cirugía por un aparente absceso en la mandíbula. Su temperatura subió y de su boca ni palabra, sólo balbuceos, porque apenas el aire llegaba a sus pulmones.
Un segundo de vacilación hace que la galena tome la atinada decisión de consultar con un colega, quien le aconseja esperar los resultados de la prueba de sangre y la última palabra de un especialista.
El paciente se somete a los exámenes pero decide no ingresar a la sala porque el caso no requería ese tratamiento. Su temor ante un apresurado diagnóstico le asusta y lo espanta del cuarto de urgencia.
Al llegar a su casa tiene un mensaje: "Señor, debe volver al Cuarto de Urgencia de la Especializada para practicarle una cirugía". Ironías del destino, qué eficiencia para unos y qué penuria para otros, que volvieron sobre sus pasos sin un remedio a su mal.

101 años de Panamá América

 
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