default

Sobre el Plan Nacional de Desarrollo


Quienes hemos tenido el honor de participar activamente, por decenios, en las complejas tareas de la Educación Nacional, celebramos un tanto optimistas la iniciativa de un posible "Plan Nacional de Desarrollo" en el que se involucre a representantes de todos los sectores de la vida nacional (gobernantes y gobernados) en busca de objetivos comunes. Acaso no nos sea posible aún, en este instante, apreciar los verdaderos frutos de este posible esfuerzo, ni siquiera estimar la medida exacta de los cambios inmediatos experimentados por nosotros mismos, a lo largo de enfrentamientos con nuevos hechos, ideas y sugestiones que puedan habernos llevado a confirmar, modificar o abandonar puntos de vista, convicciones o prácticas no suficientemente examinadas antes con sentido crítico.
Pero hay algo muy cierto en todo esto: en la medida en que hayamos logrado comprender en mejor forma el condicionamiento múltiple de la educación respecto de los demás factores del contexto social en que se proyectan los fines educativos y el efecto polivalente de la escuela sobre individuos y grupos, este posible "Plan Nacional de Desarrollo" habría de tener la importancia debida. Nos ayudaría no sólo a realizar progresos económicos y docentes, sino a remover resistencias de grupos indiferentes o adversos a las transformaciones sociales, haciéndoles comprender, sobre todo, que la educación no sólo incumbe a las instituciones escolares, sino a la sociedad toda, en la medida en que se reconozca que la educación es el factor más altamente dinamizador del desarrollo integral de la sociedad y del hombre y la mujer.
Cuando hablamos de un "Plan Nacional de Desarrollo", forzosamente tenemos que pensar en un sistema de planificación científico, con visión del país nacional. Y la planificación, hemos dicho, es un método que exige ser rigurosos y objetivos; pero cuando la planificación se aplica a la educación, a la formación de la persona, al pleno desarrollo de ésta, a la realización de los más altos valores del hombre y la mujer y de la sociedad, los maestros y profesores, que somos los responsables inmediatos de aplicarla, no podemos detenernos en discusiones ajenas a los grandes objetivos nacionales, sino darnos a la noble tarea de formar ciudadanos y ciudadanas. No valdría la pena la planificación si no contribuyera a humanizar la educación, a dar un auténtico sentido a la labor educativa, a redimirnos de la frustración y la rutina, a devolver a nuestro esfuerzo el vigor alegre, la confianza de que vamos yendo a alguna parte.
El sólo anuncio de la iniciativa de elaborar un posible "Plan Nacional de Desarrollo", en el cual participen el Gobierno, la empresa privada y todos los sectores de la sociedad panameña, nos llena de optimismo. Pensamos que ha empezado, tal vez, a establecerse entre nosotros -panameñas y panameños- una corriente poderosa de comunicación, una comunión verdadera en torno a los problemas nacionales, y en particular de la educación. Una comunión que nos da la certidumbre estimulante de que lo que hay que hacer es tarea de todos, y es tarea que exige lo mejor de nosotros, de nuestra inteligencia, de nuestra comprensión, de nuestra voluntad.
(*) El autor es, además, Especialista en Planificación y Administración de la Educación.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América