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Sobre la pena de muerte y otras barbaridades


SON VARIOS LOS aspectos que distinguen a las sociedades protestantes de las católicas. Una diferencia tiene que ver con la pena de muerte. Los protestantes no la objetan y los católicos no la admiten. Es curioso que ambos rechacen el aborto y la clonación reproductiva basados en el concepto teológico de que la dignidad de la vida humana pertenece al orden sagrado. Resulta paradójico y en cierto modo enigmático que en los países protestantes ese argumento no tenga el mismo valor para el ser humano que ha delinquido. ¿Es posible entonces que los delincuentes no sean humanos o que su condición sagrada se haya perdido simplemente por haber cometido un delito?
Entre las múltiples características que distinguen al homo sapiens de los demás seres vivientes, la moral es una de las más notorias. Un animal no puede escoger entre el bien y el mal, en cambio el hombre pudiendo escoger siempre el bien, en no pocas ocasiones se decide por el mal, y para atenuar alguna crisis de conciencia, lo cataloga como mal menor. Si para salvar a muchos hay que aplicar tortura, eso resultaría menos malo que dejar a aquellos librados a su suerte. Se trata de un sofisma de principios invertidos, porque en este caso el fin justificaría los medios, cuando en realidad, desde el punto de vista ético es el medio el que debe legitimar los fines.
Otra característica de la conducta humana -que en realidad se desprende de la anterior- deviene de su carácter gregario y obedece a leyes mucho más complejas que las puramente instintivas o racionales y se refiere a su carácter hipócrita, que piensa o hace lo contrario de lo que cree, admitiendo así una doble escala de valores, lo cual convierte a todos sus actos en inmorales, pues en algún momento determinado lo que es bueno para uno resulta malo para otro. Tal es el resultado de aplicar una moral relativista. Donde lo relativo está, precisamente, en la ambigua justificación de los medios y no en su legitimidad. Esta concepción se afirma cada vez más en las sociedades autoritarias y en las opulentas, basadas ambas en premisas utilitarias o pragmáticas.
En cuanto a la pena de muerte, como la tortura, no tienen justificación alguna. Junto al suicidio, el aborto y la guerra, integra la lista de los fracasos humanos, en sus dos aspectos: individual y colectivo. Resulta imposible que a estas alturas de la evolución del conocimiento y del desarrollo social se le aplique al reo la Ley del Talión -a menos que para el reo le resulte mas digno morir que perder su libertad-, tal como ha sucedido en California con Stanley "Tookie" Williams, quien se negó a recibir una clemencia condicionada al perdón, para no tener que aceptar así crímenes que alegó no haber cometido. El condenado dejó una bien ponderada obra literaria escrita en prisión y destinada a evitar la formación de pandillas juveniles. La crueldad del Estado al parecer no termina allí, el Terminator republicano que gobierna California se ha negado nuevamente a dar clemencia a un anciano condenado a muerte... ¡hace 26 años! Como si la vejez no fuera suficiente, Clarence Ray Allen, ciego y sordo, se hallaba postrado en una silla de ruedas. Estando en prisión sufrió un ataque cardíaco casi fatal que requirió maniobras de resucitación sólo para que pudiera ser ejecutado luego, hecho que se efectuó a las 12:38 a.m. del día 16 de enero cuando el condenado estaba por cumplir 76 años de edad.
El artículo 30 de nuestra Constitución, contrario a la estadounidense, prohíbe la pena de muerte y debemos felicitarnos por eso. Todo individuo por perverso y bestial que parezca, es rehabilitable si tiene sus facultades mentales intactas. Nadie es la misma persona con el paso del tiempo.
La obligación del Estado y de la Justicia que lo guía, es hacer que un criminal se convierta en un sujeto moral, digno de sí mismo y para la sociedad. Es un fracaso social y ético admitir que un sujeto no pueda ser rehabilitado. Aún en el peor de los casos, donde el intento puede durar toda la vida del reo, la privación perpetua de su libertad tiene un sentido humano acorde con la legitimidad de su fin: buscar su redención social. Matar o torturar siguiendo justificaciones legales o de seguridad nacional, no se ajusta a la concepción materialista de la vida y mucho menos a la espiritualista. No debiéramos olvidar que lo que le sucede a un hombre también le sucede a todos y quien mata a un ser humano, en cierto modo, está cometiendo un genocidio potencial. Sabemos, desde la aurora de los tiempos, que el hombre es un ser imperfecto -lo cual parece contradecir la peregrina idea de un "creador inteligente"- y a lo largo de su periplo evolutivo siempre habrá un Caín que siga matando a Abel.
drjcal@psi.net.pa

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